209. Oleoturismo

Gonzalo Calvo Gandía

 

Haruko -luego me diría su nombre, en japonés “aquella niña nacida en primavera”-, acompañada de su madre, la diminuta señora Kimura, viuda, llegó a la finca de Jaén con un grupo de compatriotas un viernes temprano en autobús procedente de un hotel de la Costa del Sol. Yo -mi nombre es Paco- iba a entregar un paquete. Observé a la madre, observé a la hija. Me sonrieron ambas; una, más… Tonteamos… Giraron una visita guiada a la almazara de todo el proceso del aceite de oliva virgen extra: recepción del fruto; limpieza, batido y extracción, en el caso del AOVE, de la primera presión en frío con su máximo contenido en polifenoles y antioxidantes naturales; envasado, almacenaje y, por último, degustación -que los profesionales hacen en vasos de cristal azul para que su color no les condicione-. El grupo de orientales, disciplinadamente, se aplicó a saborearlo con pan. Entonces vino ella -soy un caballero y no diré cuál de las dos-. Me cogió por la cintura. Olivo discreto. Pechos firmes, blancos. Aureolas grandes. Ombligo profundo. Besos con lengua. Preservativo. Monte de Venus. Mi pene como caballo desbocado. Y éxtasis compartido. El domingo avión rumbo a Tokio. Entre los dedos sin sortijas de Haruko un frasquito con líquido entre verde oscuro y dorado fulge por el último rayo de un sol que escapa raudo hacia occidente. Aduana. El funcionario nipón mira con curiosidad el recipiente. “¿Alcohol?”, pregunta. La muchacha niega moviendo la cabeza. Abre el frasco y se lo acerca. Lo huele como si poseyera la nariz más experta de toda Asia.  “Ekisutorabājin orību oiru”. -afirma, más que preguntar. La señora Kimura le contesta esta vez.  – “Sí, aceite de oliva virgen extra.  De Jaén. Andalucía. España”. Y las dos mujeres, emocionadas, se conjuran para volver.