207. Esencias de vida

Lara hija

 

Mientras los hombres consumían sus vidas en trincheras o en cárceles, las mujeres e hijos intentaban sobrevivir dándole esquinazo a la hambruna perenne con cualquier cosa comestible que encontraban a mano. Pocas eran las familias que podían alimentarse de una siembra de garbanzos o patatas y del aceite de oliva racionado que se almacenaba en depósitos cuando la paz hizo posible la recogida de aceitunas de los bellos olivos de troncos retorcidos. Había hambre de pan de trigo. Pan blanco. Se hacía con otros cereales, incluso de altramuces, pero no calmaba el ansia por un canterón de hogaza de harina de trigo cocida en los hornos familiares.

La hambruna no alcanzaba igual a todas las familias. Hubo una en el pueblo que fue la que más penalidades soportó. La mayoría de las veces, la madre solo podía alimentar a sus cinco hijos con peladuras de patatas cocidas y aderezadas con un chorrito de aceite de oliva que derramaba mientras gritaba: ¡Tirorero! Los niños pedían siempre un tirorero más que no siempre podía darles la madre. Los juegos al tirorero de aceite y las mondas de aquel tubérculo que trajeron los españoles del Nuevo Mundo consiguieron sacar adelante a la familia.

Cuando acabó la guerra y el padre salió de la cárcel, abrió una panadería, donde todos trabajaban, y la familia tuvo comida en abundancia. La calle principal del pueblo se llenaba con el olor inconfundible de la masa y la corteza del pan recién hecho a primeras horas de la mañana.

Regresó con fuerza el aroma de las aceitunas trituradas en la molina donde los niños y niñas íbamos a tostar un canterón de pan en el horno después de haberlo introducido en un bidón del aceite del color del oro líquido. La mejor merienda del mundo.