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207.- Bendita almazara

Leyre Zárate

 

Nada más verla le llamó la atención por lo desenvuelta que era más que por su serena belleza morena. No era normal que las mujeres tuvieran ese desparpajo cuando hablaban y vendían sus mercancías y productos en el mercado. Y Arbeca tenía un mercado muy concurrido, tanto en invierno como en verano, donde se daban cita comerciantes y compradores venidos de toda la comarca de Las Garrigas y sus alrededores.

Joaquina despachaba en el obrador de pan de su padre, Luis Carbonell, sexta generación de una familia de panaderos. El primer Carbonell se asentó allí a principios del siglo XII. Hicieron falta entonces maestros de todos los gremios para abastecer a los nuevos pobladores de la comarca que empezaron a llegar de la mano de Berenguer de Torroja, fiel consejero de Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona.

Luis Carbonell, ayudado por sus dos hijos varones, Alonso y Pedro, trabajaba cociendo el pan cada día y después lo repartían ayudados por dos mulas, para los vecinos que no podían desplazarse hasta el obrador y para aquellos que estaban trabajando en los campos alrededor del palacio-castillo del XI duque de Medinaceli, barón de Arbeca y afincado en dicha localidad. De nuevo y después de seis siglos, la familia Carbonell tenía de proveer de pan a nuevos habitantes.

Corría el año 1748 cuando el duque trajo desde Palestina una nueva variedad de olivos a los que llamó “arbequina” homenajeando a la localidad. Y para atraer a nuevos pobladores que trabajaran estas tierras preparándolas para las arbequinas, prometió un real de vellón por cada olivo plantado, promesa que, aunque finalmente no cumplió, impulsó su expansión por toda la comarca e, incluso, llegando hasta Cádiz.

A Alonso y a Pedro aquella madrugada de diciembre les pareció mucho más fría que las anteriores y hasta que no volvieron al horno tras el reparto, no lograron entrar en calor. Joaquina siempre recibía a sus hermanos con dulces que especialmente preparaba para ellos. La vida de los panaderos era realmente dura y la comunidad los respetaba mucho. Vivían “a deshora” porque se acostaban antes de que los convecinos empezaran a cenar y se levantaban cuando muchos otros apenas acababan de irse a dormir.

Por suerte para Luis Carbonell, sus dos hijos eran muy trabajadores. Dios le bendijo dándole una hija, muy deseada, que seguro los cuidaría a él y a su mujer, Anunciación, cuando fueran mayores. Madre e hija ayudaban en el mostrador vendiendo a diario pan y dulces, atendían semanalmente el puesto que tenían en el mercado y organizaban todo a media tarde mientras el obrador estaba cerrado unas horas. Entonces aprovechaban los varones de la familia para echarse un rato, antes de volver a la faena para preparar la producción del día siguiente.

Los hijos iban creciendo y Alonso, como primogénito, tenía ya casi todo preparado para montar su propio horno de pan en Lérida con la ayuda de un primo carnal, Tomás, yendo los dos a medias en el negocio. Pedro seguiría trabajando con su padre.

Luis Carbonell fue ampliando el surtido de sus productos en el obrador gracias a las ideas que le daba su hija Joaquina. Sus dulces empezaron a ser muy reconocidos por toda la comarca y más allá. Egoístamente, él la quería mantener a su lado porque trabajaba mucho y bien. Pero sin saberlo ella, él ya había apalabrado su matrimonio, posponiéndolo lo máximo que le fue posible: cuando cumpliera los dieciocho. Ella, por su parte, tampoco quería casarse para no dejar solos a sus padres con el negocio, sabiendo que su hermano Pedro también querría tener su propio horno de pan en breve. Y así fue: un año después de irse Alonso, el mayor, Pedro conoció a una joven de Mollerusa y se estableció allí a finales de verano, no sin antes haberse encargado de buscar a tres mozos de su confianza para trabajar en el horno de pan de la familia. Su padre estaba cada vez más cansado y necesitaba mano de obra que no solo supiera cocer pan, sino también que respetaran a su madre y hermana como dueñas legítimas.

El otoño pasó con rapidez mientras que el obrador no solo seguía funcionando, sino que iba viento en popa. Los nuevos empleados trabajaban mucho y la experiencia de Joaquina unida a su desbordante creatividad generaba pingües ingresos que Luis Carbonell no dudaba en repartir justamente entre todos por igual.

Se hizo necesario hacer más grande tanto el horno como el mostrador para el despacho de los productos. Se apresuraron a empezar las obras para poder terminar antes del invierno que, por desgracia, llegó anticipadamente y fue duro para todos. Cuando ya estaba todo listo para dar una fiesta invitando a todos los vecinos de Arbeca para celebrar los dieciséis años de su hija e inaugurar el recién ampliado obrador de pan y dulces, Luis Carbonell empezó a tener fiebres altas. Murió de un día para otro.

Lo más difícil de aquel invierno fue aprender a vivir sin él, sin su buen humor y sus cánticos incesantes siempre que estaban trabajando. Repentinamente dejaba una huérfana y una viuda. Alonso y Pedro movieron cielo y tierra para que ambas se fueran a vivir con alguno de ellos, que ya estaban casados y tenían sus propias familias que las cuidarían y atenderían bien. Pero Anunciación no quiso dejar sola a su única hija porque no concebía su vida sin tenerla cerca. Y Joaquina no quería deshacerse del horno de pan. Era su pasión, su vida, era en donde tenía puesto su futuro. Era el vínculo que la unía con su padre y sus antepasados. Nada ni nadie podría romperlo, pensaba entonces ella.

Con la autorización de sus hermanos y de su madre, Joaquina tomó las riendas del negocio familiar. Siendo ya la única propietaria legítima del obrador, se veía capaz de sacar el negocio adelante, de poder pagar los salarios de los tres mozos, de pagar también los gastos de las materias primas necesarias, así como asegurarse su propio sustento y el de su madre, sin necesidad de tener un marido que lo hiciera por ella. Autonomía e independencia financiera no era algo común para las mujeres de aquella época. Siempre necesitaban un esposo, un hermano o un padre que las sustentara.

Recientemente acababa de asentarse en Arbeca un andaluz, un tal Pedro Merino, atraído por la posibilidad de ganar mucho dinero cultivando esa nueva variedad de olivos que prometían ser muy productivos y cuyo aceite parecía ser muy superior a los conocidos hasta entonces. Natural de Baeza, había crecido en diferentes comarcas de Andalucía como Iznalloz, Bujalance, Estepa y Antequera entre otras, acompañando a su padre que era comerciante de aceites. Acababa de enviudar y no tenía hijos ni familiares a quienes atender. Vendió su casa y el negocio de compraventa de aceites heredado de su padre que tenía en Baeza y mientras que muchos de sus paisanos le aconsejaron que iniciara la aventura del comercio de aceite con las Indias, él optó por trasladarse a Arbeca. Pedro no olvidaba el consejo de su sabio padre de “Más vale pájaro en mano que cientos volando”. A él tampoco le atraía la idea de emigrar.

Se trajo consigo una cuadrilla de quince trabajadores jóvenes, también de Baeza, junto con sus respectivas familias para empezar a cultivar arbequina en terrenos que pudo comprar a precio de ganga, aprovechando bien su experiencia en detectar rápidamente tierra que, aunque abandonada y poco fértil, se podrían recuperar en gran medida. Estos también iban a ayudarle a acondicionar una almazara dentro de unas amplias cavidades naturales ubicadas en el cerro, bajo la fortaleza, que también compró a bajo precio. Muchos lugareños lo tomaron por loco ya que esta especie de cuevas parecían no tener valor alguno en la zona, pero si alguien sabía de aceites y de cómo conservarlos bien, ese era él.

Su relación con Joaquina empezó el mismo día que Pedro llegó a Arbeca. Era día de mercado y allí acudió a comprar algunos víveres. Su mirada se clavó literalmente en ella y hay que decir que Joaquina, cuando se dio cuenta, no la evitó, es más, fue largamente correspondida por la suya.

Al día siguiente se presentó a primera hora en el obrador para negociar los precios, los pagos y las entregas de pan en su casa y en las casas donde se alojaban todas esas familias que se había traído consigo. Los dos fingieron no conocerse y actuaron como si no se hubieran visto antes. Incluso en algún momento Joaquina se sonrojó al cruzarse sus miradas y tuvo que salir del mostrador con la excusa de recoger un “no sé qué” en el horno para poder ocultar así sus sonrisas y temblores. Estas sensaciones eran totalmente nuevas para ella, pero no por ello las rechazó ni le hicieron sentirse mal. Todo lo contrario, se sentía feliz y pletórica.

No pasaron muchas semanas hasta que Pedro, aprovechando un momento en el que Joaquina estaba sola en el mostrador, le propuso visitar su almazara. Ya la tenía preparada para empezar a funcionar. Además, allí podrían hablar más tranquilos. Lo mejor sería a primera hora de la tarde porque los mozos de Pedro estarían fuera en los olivares o descansando en casa. Joaquina pensó que para ella también sería el momento en el que estaría más libre, ya que era cuando el obrador estaba cerrado. Pocas palabras salieron de boca de Pedro. Su sonrisa era la que más hablaba. Joaquina asintió empleando el mismo lenguaje que él. Y sin poder reprimirse más las ganas, lo besó levemente en la mejilla y le susurró un “sí” al oído.

Por fin llegó el día. Los días, las horas que pasaron desde que él le propusiera verse hasta aquel momento se le hicieron interminables a Joaquina. Nada más llegar a la almazara, Pedro la estaba esperando, sonriente y con los brazos abiertos. Era su primera vez solos. Los dos se fundieron en un abrazo, en silencio, escuchando tan solo la melodía pausada de la lluvia. Su primera vez tan cerca uno del otro. Había llovido toda la mañana sin parar y Joaquina estaba empapada. Él se ofreció a darle ropa seca o alguna manta, antes de enseñarle todo lo que había hecho en la almazara. Puso sus ropas a secar y en todo momento estuvo de espaldas, respetando su intimidad, mientras ella se desvestía al llegar y se volvía a vestir antes de marcharse. Pedro siempre sonreía de una manera que la volvía loca y Joaquina, antes de irse, sin poder aguantarse más, lo besó en la boca y salió corriendo. Estaba eufórica. Aunque lloviera aún más fuerte y se volviera a empapar una y otra vez. Nada le importaba en aquel momento.

A partir de entonces siguieron viéndose a menudo, casi todas las semanas, en aquella almazara, a la que ya empezaba a considerar como su segunda casa. Esa atracción mutua que no hacía sino aumentar e intensificarse con el tiempo, le cambió la perspectiva de la vida, del tiempo y de sus prioridades. Cuando estaban juntos, les costaba cielo y tierra separarse uno del otro. Pedro le enseñó a conocer los placeres del cuerpo y Joaquina aprendió a amar apasionadamente, como todo lo que ella hacía: con fuerza y pasión. Y después de aquellos momentos que pasaban disfrutando uno del otro, dándose placer mutuamente y saboreando cada centímetro de piel juntos, descansaban desnudos y conversaban plácidamente sobre la vida. Nunca quisieron hablar sobre el futuro. Los dos evitaban ese tema, quizás con miedo de olvidar disfrutar del ahora por un futuro incierto. La dicha de poder estar juntos y de gozar sin que nadie les molestara, esos ratos a solas, ese presente compartido, les satisfacía plenamente.

Así fueron pasando los meses hasta que un día Joaquina llegó completamente distinta, muy apagada y cabizbaja. Tras mucho insistir Pedro en saber qué le pasaba, ella le contó que se acercaba el momento de conocer a quien sería su futuro marido. La noche anterior, su madre se lo explicó todo mientras cenaban: su padre, estando vivo, la había prometido al primogénito de un pariente lejano suyo que vivía en Tortosa. Antes de conocer a Pedro, ella podría incluso haber aceptado la idea porque sabía que su padre lo hacía por su bien, para que tuviera un marido que la cuidara y para que formara una familia. Pero teniendo a Pedro en su vida estaba más y más disgustada ante la perspectiva inminente, ante la obligación de tener que celebrar ese matrimonio concertado con alguien que ni siquiera conocía. Era deseo expreso de su querido padre. Y no faltaban más que seis meses.

Nada más contárselo, se hizo el silencio. Ninguno de los dos se movió de su sitio. Pasado un rato, que se les hizo eterno a los dos, él levantó la cabeza, se acercó a ella, le cogió la mano derecha y mirándola fijamente a los ojos, con mucha serenidad, le prometió que él mismo se encargaría de liberarla de ese compromiso. Pero con una condición: ella tendría que jurarle que nunca le preguntaría sobre ese asunto. Ni una sola pregunta. Nada de nada. Joaquina, que hasta entonces había estado muy apagada, volvió a ser ella misma. Sonrió y lo besó. Primero con dulzura para, poco a poco, dar rienda suelta a su pasión. Y este beso les hizo, de nuevo, volver a excitarse evadiéndose de todo y de todos. Terminaron haciendo el amor como nunca.

Antes de separarse, Pedro le prometió que dentro de tres semanas todo estaría resuelto. Quedaron en verse allí, en su almazara, la de ellos dos.

Pasaron los días y Joaquina acudió a su cita con Pedro, pero él no apareció. Por un lado, le atormentaban las dudas sobre su futuro más próximo y por otro, las ansías de estar juntos y su amor correspondido por él le daban seguridad. Y sin olvidar la promesa que él le había hecho de liberarla. No era capaz de imaginar cómo podría lograrlo. Pero ella confiaba ciegamente en él. Se aferró a esa idea como a un clavo ardiente para no perder la esperanza.

A la cuarta semana Joaquina volvió a la almazara, pero él tampoco estaba. Ya cuando se disponía a salir, apareció. A Joaquina le dio un vuelco el corazón. Pedro tenía un semblante feliz, pero a la vez nervioso, como si tuviera prisa. Se abrazaron largamente, sin decirse nada y se besaron. Fue solo entonces cuando ella se percató de que él estaba vestido con ropas algo andrajosas, de que no llevaba su ropaje normal. Además, había traído consigo un par de hatillos y un pequeño cofre. Pedro le cogió de las manos y le dijo que ahora tenía que decidir si quería dejarlo todo en ese mismo momento, sin tiempo para despedidas e irse con él a Tudela o si seguía con su horno de pan y con su vida como hasta entonces. Le explicó que entre Tarazona y Tudela tenía él buenos amigos que les ayudarían a asentarse y a empezar a ganarse la vida. Pedro le contó también que ya había apalabrado con las mujeres de tres de sus hombres de confianza que fueran a trabajar al obrador con su madre. Todo seguiría funcionando. Su madre estaría bien. Estas eran las únicas dos opciones reales que tenía porque la tercera, la de casarse con el prometido que le buscó su padre e ir a vivir a Tortosa, ya estaba descartada. Y le volvió a recordar su promesa de no preguntarle nada. Sin dudarlo ni un segundo, Joaquina cogió el cofre entre sus manos e, indicándole con gestos que él se encargara de los hatillos, le dijo que ya se estaba haciendo tarde para salir de viaje.

Después de enviudar, Pedro nunca imaginó que fuera posible volver a enamorarse y ser feliz otra vez. La perspectiva de compartir la vida que le quedaba con la mujer de la que se había enamorado perdidamente le daba fuerza para enfrentarse a un futuro desconocido e incierto. Pero, al mismo tiempo, excitante y apasionado gracias a la energía que emanaba Joaquina. Volvió a besarla. Rodeándola por los hombros bendijo en voz alta aquella almazara que, estando bajo tierra, les había abierto el cielo. Los dos la contemplaron por última vez y salieron a toda prisa. El futuro les esperaba.

 

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