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203.- La redención de Oliva

Danilo

 

Y echaban fuera muchos demonios,
y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban.
(Marcos 6:13)

I

— Alguna vez te has preguntado ¿por qué a la mayoría de los humanos nos impresiona ver a la intemperie esas cosas que llevamos dentro? — cuestioné a Danilo mientras observaba el interior de aquel elegante frasco amarillo verdoso que, según la etiqueta, provenía de Andalucía. Danilo no dijo nada, pero me observó extrañado mientras cortaba una cebolla.

— No me refiero a los sentimientos — resalté para que tuviera claro que mis ojos aguados se debían al ardor por la cebolla y no a una extrema sensibilidad— tampoco me refiero a nuestros secretos más profundos, ni a esos extraños pensamientos que nos invaden de pronto; sino… a las vísceras, por ejemplo.

Para un vegano español que en ese instante me preparaba una ensalada, cuyo toque final sería aquel aceite extra virgen, que describía en un catálogo diminuto desde el meticuloso proceso de recolección de las aceitunas, pasando por la almazara, hasta la supremacía de aquel “oro líquido” en la gastronomía mediterránea; mi pregunta sobre la impresión que sentimos al ver expuestas las vísceras humanas, podría haber resultado algo asquerosa e inoportuna, pero Danilo era diferente.

Aquel cordobés me hechizaba con su acento extranjero. Era curioso, arriesgado, quería saber todos los detalles de mi vida. Apenas teníamos pocos meses de conocernos, y le gustaba que le contara cosas de mi pasado por muy desagradables que fueran.

— Imagínate mi impresión cuando vi subir aquello por las escaleras — comencé a contarle a Danilo, a propósito de mi pregunta inicial — No podía creerlo, una horrible bestia, un pequeño demonio que caminaba en dirección a mi hogar como si pagara una penitencia. Mis ojos temblaban tras el vidrio de la ventana, me sentía tan frágil, tan expuesta, tuve tanto miedo aquella tarde oscura y silenciosa.

Ahora recuerdo lo que me impulsó a asomarme por ahí. Un olor putrefacto que me perturbó aquella tarde. Joven y sola en aquella casa enorme, cualquier cosa extraña me resultaba aterradora.

— Te preguntarás, Danilo, ¿Qué tienen en común algo tan desagradable, con este delicioso aroma a oliva de Jaén que nos acompaña en nuestra velada? Ya verás.

II

Me asomé y vi, como quien mira a través de esta botella de aceite, un cuadrúpedo desfigurado, una cosa que jamás me hubiese atrevido a tocar, subía lentamente por las escaleras que daban hacia mi casa. No podía creerlo, Danilo. Me desesperé, hasta que luego de un rato largo se me ocurrió salir a ver de qué se trataba, pues ese olor perturbador llamaba insistente a mi puerta.

Ya fuera del recinto, en primera instancia, no vi nada. Pero como un sabueso me guié por el olfato y este me condujo hacia un agujero debajo de la escalera de cemento que conducía a la puerta de mi casa.

De niña a veces solía esconderme en ese agujero, pensaba que era una madriguera como Alicia en el País de las Maravillas, me ocultaba en ese apretado espacio cuando jugaba al escondite. Temía que no me encontraran, pero de eso se trataba el juego. Recuerdo que en alguna oportunidad dentro de aquella estrecha cueva sentí miedo. Creo que fue debido a ciertas alimañas que se refugiaban en el lugar, roedores, lagartijas, insectos.

Pero esta vez la pequeña cueva me resultaba más atemorizante, cuando me percaté que de ahí provenía aquel olor putrefacto. Moví algunas piedras, y en el fondo divisé aquella cosa. No sé en qué momento me percaté de que se trataba de un perro.

El animal sufría, pero no hacía mucho ruido, solo emitía un llanto que parecía murmullo. Tenía mucho miedo, no sabía qué hacer. Yo estaba sola en aquella casa enorme, donde crecí. Mi familia se había separado. Mi madre se había marchado con mi hermana menor a un pueblo, al que yo podía llegar luego de seis horas en bus.

Mi padre trabajaba todo el día, y a veces no llegaba a casa, tenía una amante. Era él quien llevaba a casa el aceite de oliva que más adelante resultaría redentor. Su profesión de contador le garantizaba a mi padre muchas relaciones públicas y almuerzos en la variedad de restaurantes gallegos del centro capitalino, de allí la influencia gastronómica que llevaría a la casa.

El resto de mis hermanos adolescentes, cada cual hacía su vida social; y en esos días, yo podía pasar largas horas completamente sola en aquella vivienda de varios pisos, me enfermaba mucho en aquel tiempo y me pasaron muchas cosas malas, que alcanzaría a escribir un libro completo de experiencias traumáticas.

Mi familia nunca les había dado confianza a los vecinos, además, en ese barrio popular caraqueño irónicamente había casas bastante grandes, separadas por muros, de modo que no me resultaba fácil comunicarme con ellos. Tampoco me hubiese atrevido. Pero me sentía muy sola, además, solía tener muchas pesadillas en aquel entonces.

III

De pronto, Danilo me quitó suavemente el frasco de aceite de las manos, lo colocó en el mesón, y pude notar en su rostro un destello de picardía, aquel gesto, su media sonrisa, ese brillo en sus ojos, toda su expresión me sugería de un modo burlesco que, posiblemente, me faltaba un tornillo en la cabeza, o la ferretería completa.

— Ja ja ja — me reí sarcástica. — Sé qué piensas que quizá estoy loca, por esto que te estoy contando, justo ahora, cuando podríamos estar charlando sobre el Barça y la huida fallida de Messi, o de la nueva canción de Shawn Mendes, quizá podríamos hablar sobre el coronavirus, como si ya no estuviera hasta la coronilla el tema. Sin embargo, te cuento estas cosas tranquilamente, justo porque he estado sometida a situaciones de bastante estrés, en las que otras personas quizás hubiesen enloquecido en este país, pero yo no lo he hecho, y eso demuestra que la verdad, cuento con una cordura de acero.

Danilo se puso algo serio, me ofreció una copa de vino. «Aceite y vino, bálsamo divino»– recordé. Al cordobés lo conocí en el trabajo, y debo confesar que al principio me caía mal. Había venido a Venezuela a trabajar como ancla de España para el medio de comunicación internacional para el cual yo redactaba notas de cultura, deportes y tecnología.

Él se especializaba en política internacional, cuestión que yo evitaba. Nuestras diferencias eran bien marcadas. Tanto así que un día terminamos en la cama de su residencia, y ahora estaba aquí, justo en mi cumpleaños, preparándome esa deliciosa ensalada de aguacate (palta), lechuga, cebolla, con ese exquisito ingrediente de ligero amargor macerado en la Madre Patria.

Aquel aceite de oliva verdoso dorado, contenido en una hermosa botella, resaltaba dentro de una cesta repleta de pequeñas muestras de albahaca, alcachofa, almendras, espárragos, frutos secos, hierbas, pimientos, hinojo, junto a algunas fresas, manzanas, naranjas, uvas y peras.

IV

Recuerdo que la etiqueta del aceite venía sujeta a un cordón en el cuello de la botella, tal como aquel perro del relato que minutos atrás le contaba a Danilo. Proseguí:

— Logré sacarlo de la cueva halándolo hacia afuera por una de sus patas, con mucho temor de que me mordiera, o me llenara de algo asqueroso. Ya en la luz, pude detallar al animal, era un cachorro todavía, pero había perdido gran parte de su pelaje y tenía un cordón atado en la nuca, una cuerda que alguien le había amarrado, imagino que para mantenerlo en un solo sitio, en un patio atado a un árbol probablemente. Supongo que el perro había intentado soltarse, posiblemente del hambre, pues estaba raquítico, y en su esfuerzo por soltarse, fue halando y halando la fina cuerda hasta que se fue casi degollando él mismo, hasta soltarse. Quizá la versión real de su historia era diferente, más terrible, pero jamás la sabré. Era increíble, Danilo, cómo ese pobre animal todavía estaba vivo. La abertura en su cuello era tan grande que su cabeza colgaba hacia un lado dejando relucir lo que parecían unos tendones vitales. Y lo peor es que la herida estaba tan infectada que de ella brotaban gusanos. No sé cómo estaba vivo, estoy segura que solo buscaba en aquella pequeña cueva un refugio para morir en paz.

En ese momento, Danilo destapó la botella de aceite y vertió un poco del aquel bendito ingrediente sobre la ensalada. Yo callé mientras veía deslizarse en el aceite entre las hojas de lechuga y el aguacate. Y luego seguí con mi relato:

— Levanté al perro con mucho miedo, lo llevé al baño, lo lavé con todo el miedo del mundo, le desinfecté la herida. Lo envolví en una toalla y decidí llevarlo a un veterinario. El doctor se sorprendió por el caso y no me cobró nada: Igual no tenía para pagarle. Recuerda, Danilo, yo era muy joven, no trabajaba, vivía enferma y cursaba la preparatoria. Lo anestesió y procedió a operarlo.

V

Parecía el perro de Frankenstein, pero sobrevivió. Efectivamente todavía contaba con los órganos vitales que conectaban su cabeza del resto de su cuerpo, el doctor hizo lo necesario allí dentro, limpió, cosió la herida, lo sometió por varios días a un fuerte tratamiento antibiótico.

Pero el olor desagradable había quedado en mi casa o en mi memoria, junto con el perro zombie. Hasta que una mañana el aceite de oliva hizo el milagro.

Era costumbre entre las damas con mi apellido humectarse el cabello y darle brillo con el virtuoso óleo vegetal, de modo que decidí untarme un poco en la cabellera para hidratarla. El aroma impregnó toda la casa, se llevó los malos recuerdos, y me pareció tan cautivante que decidí frotar un poco al perro con el aceite. La idea era ayudarlo también a recuperar su pelaje. Y vino a mi memoria aquella frase de la abuela: “Aceite de oliva, todo mal quita”.

Y así pasaron los días, cumplía con la rutina cada semana, un poco de aquel bálsamo para mi cabello, y otro poco para Oliva, mi perro macho con nombre femenino, que había crecido y se había transformado en un hermoso ejemplar de golden retriever.

Lo bauticé como Oliva, una tarde florida de mayo mientras untaba un poco del aceite extra virgen sobre su cabeza peluda, dorada y firme.

VI

Mientras comíamos la ensalada, Danilo me miraba y cuando no masticaba, sonreía. Parecía contento de que mi historia haya tenido un final feliz, y de haber elegido un buen regalo para mi cumpleaños, aquella bonita canasta con frutos y especias del mediterráneo alrededor de esa botella que contenía un sabor agradable de su cultura. Ese aceite que en aquella velada me hizo recordar la redención de Oliva, un capítulo de mi adolescencia.

Ya avanzada la noche, mientras me duchaba, pensé en lo mucho que nos parecíamos aquel animal y yo. Cuán solos estábamos, qué profunda puede ser la herida del abandono, y cortante la desesperación. Qué mortal es la resignación. Cómo tuve que enfrentar mis demonios y hacer algo por esa pequeña bestia, por mí, restaurarnos, crecer. Ciertamente, la oliva amarga, una vez machacada, produce aceite dulce. Al desatar esa cuerda, me liberé de mis propios miedos. A Oliva no lo redimí yo, él me redimió a mí; cuando vivía temerosa, frágil, encerrada en aquella casa tan grande, enferma y me echaba a morir; cuando todavía me faltaba tanto por vivir, como dicen los viejos…

Aquella noche, ya en la recámara a luz de las velas, mientras Danilo me besaba la espalda, me hizo saber sus deseos de viajar conmigo a otro país, cuando abrieran los aeropuertos y controlaran la pandemia. No dije nada. Continuó acariciándome con sus labios. “Sueles escurrir tu anhelo como el aceite bendito que afloja las ataduras”, susurré.

 

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