203. El abuelo

Jesús Francés Dueñas

 

Razonan con él como cuando se intenta convencer a un niño, sin argumentos o con argumentos peregrinos, frágiles, débiles, naíf, sobrecargados de condescendencia y chantaje emocional, con voz meliflua o en falsete, ofreciendo contrapartidas como caramelitos y fruslerías a modo de incentivo que serán concedidos cuando el abuelo acceda a lo que le piden. En la segunda fase del acoso y derribo los hombres venidos desde muy lejos, que no han pisado un olivar en su vida, enarbolan la bandera del progreso, los beneficios que este proyecto traerá al pueblo y los réditos altamente ecológicos que aportará toda esta tecnología punta, el turismo sostenible, la proyección de futuro, los miles de puestos de trabajo dignos, la felicidad de los vecinos, la repoblación de esta comarca vaciada y que no verlo sería de ciegos o de retrógrados como parece insinuar el que lleva la voz cantante. Como el abuelo no cede, los hombres de negro y corbata recién llegados desde la ciudad de los despachos infinitos, pasan a la fase tres, la de las amenazas tácitas o explícitas, la tala masiva del olivar, la expropiación forzosa en aras de un bien superior, la vertebración de los territorios en el pleno siglo XXI, trenes de alta velocidad y circunvalaciones, plataformas logísticas y torres de control en aeropuertos fantasmagóricos, centros comerciales repletos de gente ansiosa de ocio dominguero. Cuando al final del proceso y con la connivencia de las autoridades locales le enseñan la sierra eléctrica y de lejos ve aproximarse las retroexcavadoras, el abuelo solo puede defenderse con lo único que tiene, la memoria y su tronco retorcido recuerda con cariño a aquellos buenos fenicios que lo plantaron y su último esqueje vuela, como una nueva vida vegetal y libre, hasta encontrarse con sus primos lejanos de Getsemaní.