201. Última cosecha

Nsquita

 

Hay algo inefable en trabajar la tierra. Quien lo vive, lo disfruta, lo alardea.  Cada mañana en el olivar, al alba, veo cómo comienzan a brillar sus frutos, veo los rayos de sol filtrarse entre las ramas, acaricio sus hojas perennes con mis dedos y cierro los ojos. Respiro cada amanecer, que fortuna la mía.

Pero hoy no. Hoy mis olivos lloran. Lloran conmigo, por verme triste, frustrada, rendida, inundada por la melancolía.

Hace meses que llegó la carta en la que nos comunicaban definitivamente que debíamos abandonar estas tierras. Que debíamos dejaros morir.

¿Quiénes sois vosotros para decir cuando debe el olivo florecer en primavera? ¿De qué manera deben dormir en invierno? ¿Cuánto elixir deben sus frutos dar?

¿En nombre de que valiente razón, queréis vaciar los campos y nuestras vidas?

El aire moverá vuestros molinos, pero nadie lo sentirá en la cara. El sol generará vuestro poder, pero nadie sonreirá al saborearlo.

Ésta será vuestra última cosecha.

Me inunda una profunda sensación de vacío y no sé cómo explicar que os abrazaría uno a uno, para que supierais lo feliz que me habéis hecho desde los albores, en cada instante de vuestras vidas.