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200.- En el olivar

Elguezio

 

La labor en el olivar siempre fue difícil, porque precisaba aplicar inteligencia, esfuerzo y sacrificio por igual. Hombres, mujeres y niños participaban en las distintas tareas de mantenimiento de suelo y árboles y en la recolección de la aceituna de verdeo y de almazara. Sí, durante décadas, o siglos, los niños tuvieron que aportar su trabajo sobre todo en la cosecha del preciado fruto…

 

Se aproximaba el final de la década de los setenta y el viejo olivar, herencia de antepasados, llegaba de nuevo a manos de familias que no se dedicaban al campo. Josefina Cortés-Hernández, matriarca, madre de tres hijos y abuela de siete nietos, había decidido testar, estableciendo sine qua non conditio la prohibición de la transmisión mientras ella viviera, así como la debida conservación y explotación de la propiedad. En virtud del legado, la finca sería el único inmueble compartido por los hijos, como deseo de la anciana mujer, de que sirviera de nexo de unión que no de disputas en la parentela.

Conocido como el Pino Verde, se encontraba en una hondonada al inicio del valle del Sotobosque, llamado así por ser éste el tipo de formación de árboles, arbustos y plántulas que otrora dominara aquella cuenca. Terreno umbrío, muy frío y húmedo, en otoño e invierno, en el que en muchas jornadas la helada permanecía intacta, rociada, hasta pasado el mediodía, en verano se mostraba caluroso y seco, algo nada extraño en las tierras del sur. El Festón, caudaloso en las estaciones frías, bajaba el nivel a final de primavera y se convertía en casi un hilo de agua en la época estival, lo cual no era óbice para que la fuente de la alberca, sita dentro del dominio, mantuviera el mismo ras de agua fresca todo el año.

La finca, de cuatro fanegas y media de tierra fértil (allí poco más de 29.000 metros cuadrados, casi tres hectáreas), descendía por la ladera de la sierra de Castillochico, en tiempos coronada en su cumbre por una torre de vigilancia mora. Duro de trabajar, incluso de recorrer a pie, única forma de explorar cada uno de sus hermosos rincones, la parte más alta del olivar lindaba con un roquedal, que a simple vista parecía amenazar con echar a rodar. Y destacado sobre rocas y matorrales, un piñonero dominante vigilaba todo el paisaje, orgulloso de ser motivo de litigio entre vecinos, por las blancas almendras de sus semillas.

De aquel alto, caía en vertiginosa pendiente hasta el camino vecinal, que dividía el terreno, y a partir de ese paso, bajaba de nuevo para acabar ante el riachuelo. Aquí abajo se arraigaban los árboles de mayor grosor y que más olivas proveían. Este terreno, un suelo de gran calidad en el que crecía con facilidad todo lo que sobre él caía, terminaba en un suave rellano, antes de topar con el brusco terraplén que se deslizaba hasta el arroyo.

Destacaban sus cuatrocientos aceitunos centenarios, espléndidos, de troncos robustos, brazos firmes, ramas recias y hojas perennes… siempre verdes. Perfectamente alineados, seguían siendo una composición hermosa y generosa, primero en septiembre con la aceituna de verdeo, y después, a finales de año e inicios del siguiente, con la de almazara. Algunos enormes, grandes como elefantes, daban para llenar casi 3 sacos de 40 kilos. Las diferentes variedades de olivos (pico limón, picual, cornicabra, morisca, verdial, manzanilla), compartían terruño con un centenar de higueras repartidas en dos hileras a ambos lados del vial comunitario. Y al final, cruzando aquel riachuelo, situados sobre una loma separada cual isla del resto, lucían una veintena de membrilleros, de vernales flores rosáceas y navideños frutos amarillos, acompañados de un denso bosquecillo de pinos y robles, vestigio de la flora de otra época.

José, el hijo menor de Josefina, tenía claro que la única forma de cumplir los anhelos maternos, consistiría en explotar la finca en armonía con sus hermanos Nicanor y Lorenzo, más las respectivas proles de ambos. Así, cuando los más pequeños alcanzaron una edad cercana a la pubertad, allá por 1979, José creyó que era el momento adecuado para pactar con sus hermanos el que fueran los chavales los encargados de cosechar los diferentes frutos de la tierra. Sería precisa la ayuda de algún profesional contratado, encargado del vareo, de la limpieza, del ensacado y del transporte con mulas. También en expertas manos deberían descansar tareas como el arado, las curas o las talas.

José, calculador funcionario de hacienda, sabía que el coste de mantener el olivar era elevado. Las curas de los árboles, el arado y abonado, la poda, la limpieza y la quema de los ramones y además la recolección de los diferentes frutos, suponían unos gastos que con el valor de las cosechas no se podían saldar. La situación además se agravaba por el hecho de que los aceituneros habían encarecido sus servicios y no querían trabajar por menos de un buen sueldo o casi el 100% del valor de lo cosechado. Este dispendio ocasionaba malestar entre los hermanos mayores, Nicanor, dependiente asalariado de comercio textil, y Lorenzo, sastre de ropa de caballero con mucha competencia dentro del pueblo.

Por si fuera poco, a finales de los setenta, el precio de la aceituna se desplomó y la única solución para conseguir cubrir los gastos, consistía en reducir el coste de la mano de obra. Así que, dado que era imprescindible contratar algún experto, la idea de entregar el trabajo de peón a los chavales tuvo buena acogida en la familia.

Resuelta la incógnita, los hijos de José, Paco de 15 años y José Manuel de apenas 12, participarían con sus primos hermanos Antonio y Joaquín, ambos de 12, en la recolección de frutos. Por suerte (?) para los chavales, la época de las principales cosechas, coincidía con tiempo de vacaciones escolares. Todos era inexpertos, sólo José Manuel tenía verdadera vocación agroganadera, afición adquirida en el seno de familia materna, por lo que, lejos de temer, esperaba con ganas la faena en el campo.

Obligados o encantados, las vacaciones de Navidad de 1979, supondrían el verdadero estreno para los chicos: los cuatro primos hermanos, más un pariente lejano, Eloy, de veintitrés años, conocedor de la actividad y que aportaba dos mulas. El objetivo: recoger la aceituna de almazara, la destinada a la elaboración del aceite de oliva. De los demás cultivos y frutos de la finca (higueras y membrilleros; y aceituna de mesa, de verdeo) José no dijo ni mu; para evitar tener que dar más explicaciones y solicitar mayor compromiso a sus hermanos, él asumiría costes y sus hijos el trabajo que fuera preciso.

El primer fruto que daba la finca era el higo verde o fresco. La dificultad de la tarea y el hecho de que desde hacía varias temporadas no había mercado para este producto, se tradujo en que Paco y José Manuel se ocuparan de cosechar algunos kilos para autoconsumo.

En septiembre llegaba el turno de los higos pasados o secos que, en su mayoría, ya habían caído al suelo, tarea que exigía hincar la rodilla y doblar la espalda, buen entrenamiento para lo que vendría en diciembre. Una nada despreciable cantidad de higos que aún se encontraba colgando del árbol, también se desprendía a mano y se procedía a su secado, por medios naturales, mediante su exposición a los rayos del sol utilizando para ello las parveras.

En las primeras semanas de otoño, los lugareños degustaban los higos secos de diversas maneras, como los típicos casamientos que consistían en introducir una bellota dulce dentro de un higo y tomarlo como tentempié o merienda, como si de un dulce se tratara. Los bombones de higo, los higos fritos, el pan de higo, eran parte del elenco de preparados que aquellas gentes elaboraban en casa.

En octubre llamaba al tajo la aceituna de mesa que, escasa y sin mercado, el propio José, con la ayuda de sus hijos, se encargaba de recolectar. Las variedades manzanilla, verdial y morisca, encontradas en algunos árboles desperdigados por el olivar, eran las elegidas para cosechar y repartir entre la familia. Mercedes, la esposa de José, era experta en el endulzado y aliño de las olivas. Bien con sosa cáustica y después en salmuera, con o sin aliño (ajo, pimiento, laurel, orégano y sal), bien machacadas y utilizando idéntico aderezo, el resultado era espectacular.

A todo fruto se le sacaba algún beneficio y en las matanzas de otoño e invierno se servían las aceitunas aliñadas y los higos secos, así como toda la variedad de dulces y preparados que de estos se obtenían, haciendo acto de presencia en cualquier otra celebración que se diera… mientras quedaran existencias.

Y por fin, llegaba el momento más esperado: la recogida de la aceituna de almazara. En aquellos años, aún no se habían producido los avances tecnológicos que tanto facilitarían la labor de recolección: vareadores eléctricos y de gasolina, vibradores autopropulsados (los conocidos Buggy), paraguas, vaciadoras de mantas, recolectoras en continuo, recogedoras de aceituna de suelo o barredoras, limpiadoras y tantos otros que vinieron con el boom de la mecanización del sector olivarero. A la sazón, los medios se reducían a la vara de membrillero o de pino, a las mantas de redecilla verde, a los cestos y esportones y a la destreza con las manos, cualidad ésta que si no se tenía, se alcanzaba con el paso de los días.

¡Ah!, y el combustible… el coraje y las ganas.

Coger aceitunas en aquella época era un oficio muy duro y los aceituneros… tíos bragados. Y que no se enfade nadie: las aceituneras, objeto de atención en otro relato, fueron componente esencial en las cuadrillas dedicadas a la actividad durante décadas, siglos.

De madrugada, José despertaba a sus hijos, para que fueran en busca de sus primos y de Eloy, que ya les esperaba aparejando las bestias. Se partía, a pie, cuando todavía no había luz. Era la única forma de estar en el Pino Verde antes de las 9 de la mañana.

El camino rural, de tierra, quebrado, estaba flanqueado en casi todo el trayecto de antiguas paredes de piedra y pasamontes, zanjas que recogían el agua de lluvia, evitando el encharcamiento del centro de la calzada. Las pronunciadas cuestas, hacia arriba y hacia abajo, se iban alternando para castigar a todos, hombres y animales, como anuncio de lo que esperaba a lo largo de la jornada. José Manuel siempre encabezaba el convoy, deseaba ser el primero en avistar el Pino Verde desde lo alto, dar de beber a los animales en la charca que había justo a la entrada de la finca y ayudar a quitar los aparejos a las bestias.

Como ya sabían los improvisados peones, cada día de otoño e invierno la helada golpeaba sobre el valle de Sotobosque. Y en el Pino Verde, sus efectos permanecían inalterables hasta pasadas las 12 de la mañana. Por esto, una de las primeras tareas consistía en encender un fuego que se alimentaba con madera de olivo. Los jóvenes trabajadores, siguiendo las indicaciones del veterano Eloy, echaban piedras en la candela, que después se metían en los bolsillos y utilizaban para calentarse las manos cuando, una vez empezada la recolección de las aceitunas en el gélido suelo, quedaban paralizadas, agarrotadas por el frío.

Eloy iba colocando mantas bajo los árboles que vareaba con uno de los palos de madera, que había buscado el primer día de trabajo entre pinos y membrilleros. Entretanto los chicos cogían las aceitunas del suelo. Uno tras otro los olivos eran vaciados mediante una tarea que no todos desempeñaban con la misma habilidad. No obstante, a la hora de recibir, todos percibirían la misma parte. Era un pacto y se trataba de la familia. El trabajo en el olivar proporcionaba enseñanzas que iban más allá del aprendizaje técnico de un oficio: esfuerzo, equipo, colaboración, respeto, solidaridad, entre otros. Valores que se supone están en la naturaleza del ser humano, pero que hay que cultivar para que crezcan paralelos al hecho biológico.

Las manos iban recibiendo su ración de maltrato: al poco de empezar, las uñas quedaban completamente desgastadas, desapareciendo el borde libre, mientras el color de la tierra quedaba impreso en la piel, en sus surcos; la hojas secas se clavaban en los dedos y aparecían los padrastros que se infectaban de suciedad. Alguno pretendía hacerse dedales para laborar sin sufrir este deterioro, pero eran circunstancias a las que había que adaptarse rápidamente o no se podía rendir a un buen nivel.

Transcurría así la mañana, rodilla al suelo o en cuclillas, con la espalda inclinada, intentando cada uno coger más aceitunas que el compañero de al lado. Cosas de chavales, pero esa competencia funcionaba, daba resultados y los olivos iban cayendo [eliminado tramo] a buen ritmo, a pesar de la falta de hechuras de los peones. Después de 5 horas ininterrumpida faena, llenando esportones y vaciando el contenido una y otra vez en los sacos, que se apilaban en el lugar elegido por Eloy como más favorable para la carga, se producía el único parón del día: la hora de comer a eso de las dos de la tarde.

El momento de aquel almuerzo venía por tanto como agua de mayo. Los chavales, con hambre desde las diez de la mañana, traían en las fiambreras lo que sus madres les habían preparado: chorizo sobrante del cocido, una hoja de panceta curada, tortilla francesa, tocino frito, huevos cocidos, queso; a veces, se asaba tocino fresco en la candela y la degustación de aquel manjar, sobre un buen trozo de pan de pueblo, dejaba en los muchachos el mejor rato del día; y de postre, fruta de temporada o dulce casero elaborado con membrillos cosechados días atrás dentro del propio olivar.

Pero de lo mejor a lo peor se pasaba en un instante. La vuelta al tajo después de comer al calor del fuego [eliminada coma] se convertía en un suplicio. Con las piernas agarrotadas, las articulaciones y la espalda doloridas, el sueñecito poscondumio y el frío que apretaba, volver al suelo, antes de las tres de la tarde, suponía una importante demostración de fuerza de voluntad.

De esa manera, con poco descanso, se afrontaba el final de la jornada, pues a las seis y media, más o menos, empezaba a anochecer. Los jóvenes empeñaban las últimas energías en coger la aceituna de suelo de un buen número de olivos y en ayudar al bueno de Eloy a montar lo que él llamaba el circo. Era el remate de la jornada, después del cansancio acumulado en la dilatada jornada. Toda la aceituna recolectada en las mantas, mediante el vareo de los olivos, se amontonaba en una de esas redes; a unos metros del montón, entre dos árboles, se amarraba otra manta, haciendo como si de la red de una portería de fútbol se tratara; una manta más se extendía a los pies de esa red colgante. Una vez preparado el montaje, Eloy lanzaba a dos manos puñados de aceitunas, que chocaban contra la red frontal cayendo prácticamente limpia a sus pies sobre una manta, mientras las hojas, pequeñas ramas y demás, que no debían ir a los sacos, al pesar menos que las olivas, por la resistencia del aire, caían al suelo, quedando separadas las aceitunas de los residuos no deseados.

En aquellos días de campo, de olivar, José Manuel, el que más interés ponía en todo, ayudaba a poner los aparejos a las mulas, aprendía a llenar los sacos, a amarrarlos con cuerdas cuando estaban casi rebosantes de aceitunas, a agarrarlos desde el suelo para, de una arrancada, colocar los más de 40 kilos de peso encima de la mula. Pero, es de justicia reconocer que todos colaboraban en las diferentes tareas, eran un equipo. Al cabo del día, entre los 4 primos y el joven Eloy, lograban recolectar cientos de kilos. Antes de que empezara a anochecer, la cuadrilla partía de vuelta a casa. Los dos equinos transportaban la carga hasta el pueblo, a través de un camino accidentado, lleno de cuestas, que los animales padecían, expeliendo sonoras ventosidades.

A José Manuel siempre le gustaba adelantarse, llegar el primero al Molino del Maestre, una gran nave antigua, situada en el pueblo, en la que el corredor Manuel Ledesma recogía las olivas que iban llevando los agricultores. Allí, José Manuel ayudaba a los mayores a descargar sus animales y a pesar el producto, que a continuación había que vaciar en un patio, en el que la pila de aceitunas alcanzaba bastantes metros de altura. Lo hacía gratuitamente, pura satisfacción personal.

Esas fueron durante una década las vacaciones de Navidad de José Manuel, su hermano Paco y de vez en cuando, de alguno de sus primos, a los que se sumaron ocasionalmente Alicia y Marta, miembros de la familia que quisieron vivir la experiencia en sus personas. Los cuatro primos cursaron estudios universitarios, obtuvieron sus títulos y no se dedicaron a actividades relacionadas con el campo. Bueno, tan sólo José Manuel, compaginó su trabajo en la banca privada con la crianza de cerdos ibéricos. Pasados unos años, en las reuniones familiares todos hablaban del carácter pedagógico de la vida de aquellas maravillosas jornadas como olivareros

El olivar, arrendado a vecinos, fue destinado a explotación de porcino ibérico en extensivo, como gran cerca de una granja instalada en el colindante y con consecuencias nefastas para suelo y árboles. Los olivos dejaron de cuidarse como se hacía antaño y su producción cayó de manera drástica en calidad y volumen. Como denunciara una asociación que ahora no vamos a nombrar, hay más de cien mil hectáreas de olivos abandonadas en España.

La tierra es la madre de todo ser vivo, de la naturaleza. Y el hombre, como parte y señor de todo, es el depositario de los cuidados a aquella y a sus diversos hermanos.

El olivo enseña y da… mas requiere.

 

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