199. Sabor supremo

Manuela Cámara Peragón

 

Aquel amanecer lluvioso, Romo Quintana, sin otra explicación a Petra de que había llegado la hora de solucionar el problema, tomó su auto rumbo a Barcelona. Salió lento, como quien no quiere marcharse, por el camino del conde, protegido por tres mil hectáreas de atávicos olivos que para él estaban despiertos. Despacio fue borrándose del retrovisor el cortijo nuevo que Romo levantó cuando Petra esperaba su primer hijo. La esposa le insistió. Tenía claro que no quería criar a sus vástagos en el caserío viejo, un lugar umbrío y deplorable y con el desván lleno de «martinillos». Romo levantó la casa nueva cercana a la hilera de olivos de la familia. Uno por cada miembro de los Quintana. Junto al de su abuelo, al de su padre y al suyo, Romo añadió con los años, nuevos olivos por el nacimiento de cada uno de sus hijos.

Antes de salir detuvo el auto junto al acebuche del abuelo, el único olivo silvestre, y por un momento fue como si volviera a recordar aquellas enseñanzas pausadas, trasmitidas con voz rasposa y profunda.

–Romo, tu padre es torpe, pero buen trabajador, sabrá mantener el cortijo hasta que seas mayor. ¿Comprendes, hijo mío?
–Sí, yayo.
–Tú eres listo, encontrarás la forma de entender al campo como yo lo hago. Porque es obligación nuestra al vivir en la naturaleza, aprender a actuar con ella ¿Comprendes, hijo mío?
–Sí, abuelo, hay que ayudar a que la finca gane con nuestra presencia.
–Así es, hijo. Siempre debemos enriquecer el lugar que habitamos porque el mundo nunca está quieto, o mejora o empeora. No lo olvides.
–No lo haré abuelo.

Romo aprendió a amar su herencia, recorriendo sus terrones, tirando de los manteos y juntando leña después de la corta, siempre acompañando al abuelo. Pero aprendió a comprenderla y a entrar en simbiosis con ella con el crecimiento de sus hijos.

El picual, que plantó el día que nació Julián cumplía ya veintinueve años. Era un olivo frondoso y oscuro. En altura apenas se distinguía del suyo, excepto por el tronco más delgado. Desde que el árbol cumplió los 10 años, comenzó a llenarse de pájaros en primavera. Esto despertó el aliciente en Julián de construir casas nido para las aves. El chaval, alto y curioso, portador de las manos grandes y los ojos azules del abuelo, aprendió con habilidad el manejo del martillo. En las largas tardes de verano, cuando Romo terminaba de aventar la parva y trillar las mieses en la era, se entretenían en el granero, donde Romo cortaba las maderas y Julián se encargaba del resto de la construcción.

–¿Cuánto mide el agujero de esa puerta Julián?
– Treinta y cinco milímetros, estas casitas las ocuparán carboneros, o gorriones, o herrerillos.
–Es pequeño el agujero
–No ¡qué va! Cada animal necesita su tamaño de entrada para que no los alcancen depredadores.

Padre e hijo los domingos por la tarde cargaban en la parte trasera del todoterreno la escalera extensible y las casas de los pájaros y emprendían camino siguiendo las directrices de Julián que llevaba planificada su ubicación perfecta.

– Allí padre. ¿Tendrá aquella rama unos tres metros?
– Sí, más o menos.
– Tenemos que orientarlas al norte para que les llegue el primer sol de la mañana, si miraran al sur, los nidos se recalientan por el sol constante y los pájaros no regresan.

Romo tomó la autovía mientras escampaba, tres horas de carretera y ¿qué le diría después de tanto tiempo cuando lo tuviera enfrente?

Julián, desde que se aficionó a los pájaros, se convirtió en un pequeño ornitólogo sobre las especies de la zona. A veces desesperaba porque las aves tardaban en llegar, pero al invierno siguiente terminaban ocupando todos los nidos. Por insistencia del muchacho, construyeron e instalaron, además, casas para mochuelos y búhos y las colgaron en el centro del bosque, donde los árboles son viejos, robustos y apartados del ruido. Y por último, casas para murciélagos, imitando el alero de los tejados a escondidas de Petra, que insistía en que esas aves son del demonio. Y daba igual que Julián se esforzará en explicar a su madre que murciélagos, búhos y lechuzas ayudan a controlar las plagas de roedores, por eso es tan importante que vivan entre nosotros.

Al llegar el invierno, Julián construyó sin ayuda de nadie comederos para sus pájaros a imitación de unos dibujos de una enciclopedia inglesa que insistió en que le compráramos junto a un pesado diccionario. Con trece años, ya conducía el todoterreno para limpiar los comederos y bebederos en el menor tiempo posible. La limpieza era vital.

Su estudio y constancia dieron frutos en los años siguientes. Aparecieron aves desconocidas que ninguno habíamos visto por estos parajes, disminuyeron las plagas de moscas y mosquitos, tanto en el campo como en la huerta. Mientras Lores se afanaba en poner espantapájaros para mantener a los nuevos habitantes lejos de sus verduras, cosa que fue totalmente imposible.

Una tarde, al volver del trabajo Romo observó el olivo de Julián, ya más alto que el suyo, con una rama tronchada.

– ¿Qué es esto? ¿Cómo ha podido pasar?

Se extrañó no encontrar a nadie en casa. Tras asearse y mudarse de hato, escuchó los gritos de Petra a lo lejos, llamándolo. Venía agarrando a Julián con un brazo roto.

Petra se desvivió con toda suerte de mimos y atenciones hacia su hijo. El impedimento de Julián hizo que la familia al completo participaran en el cuidado y limpieza de las aves. Romo vio qué habían aparecido al menos otras dos especies desconocidas. Llegada la época de la cura, se percató que no necesitaba utilizar tantos productos abrasivos, porque los pájaros hacían la función de limpiar la mayor parte del campo de insectos, pulgones y moscas del olivo.

La más beneficiada de la discapacidad temporal de su hermano fue Lores, que ahora, al regresar de sus excursiones, traía pequeñas bolsas de tela con todo tipo de hierbas. Después las extendía sobre la mesa de la cocina, y con la enciclopedia de botánica en mano, gastaba las interminables tardes de lluvia, pasando hojas hasta que encontraba la foto de sus hierbas. Julián ideó un sistema de sobres en los cuales escribía los nombres, atesorando una generosa muestra dentro. Después lo guardaban por orden alfabético en una vieja caja de transportar fruta y ocupaban un lugar sobre una rústica mesa en la habitación de los trastos. Pronto, parte de la mesa se convertiría en una estantería llena de tarros de cristal con etiquetas.

Las flores disecadas, las hierbas aromáticas, las tisanas y manzanillas empezaron a ser la cubierta del mundo de Lores. Esta adoraba cada día más su bosque. Cuando desaparecía toda la tarde con el pequeño Fabián, no había que preguntar dónde estaban.

Fabián, jugando en el bosque, observó cómo algunos animales entraban y salían por un agujero entre las piedras. Llamó a Julián, los tres hermanos apartaron parte de los peñascos hallando un pequeño venero donde los animales abrevaban. En unas horas, el pozo de Fabián, como así pasó a llamarse, quedó al descubierto. Apartaron las rocas menos pesadas, con un almocafre sacaron parte del barro y ampliaron la superficie. Al día siguiente subió Romo, cavó un poco más e hizo un círculo mayor con piedras voluminosas, también una salida al agua, formando un surco de varios metros ladera abajo. Desde ese momento Lores insistió en que alrededor del bosque, en las lindes, plantáramos tomillo, romero e hinojos para hacer de nuestro campo un lugar limpio donde apenas se necesitaran pesticidas. Convenció a Romo para que dejara crecer jaramagos, amapolas y otras plantas silvestres, como ajoporros, esparragueras y olivadas, ya que todas ellas en su conjunto servían para proteger el suelo formando un manto natural.

– Padre, las olivadas en las zonas más apartadas hacen que crezcan depredadores que se comen las moscas del olivo y la mostaza blanca y los jaramagos actúan de fumigadores de hongos. Hay que conservar las hierbas silvestres

Romo vio en cada cosecha mejorar la calidad de su aceite. Favorecer el alojamiento de las aves, proteger la tierra con su manto silvestre, dejar un espacio virgen para que abejas, hormigas y otros animales tuvieran un sitio donde crecer y desarrollarse, dio su resultado. Dada la poca acidez que daba sus muestras de aceite, una conocida marca le ofreció comprarle la cosecha temprana, cosa que incrementó sus beneficios.

Una noche Julián anunció durante la cena que pensaba marcharse a la ciudad no solo a estudiar, sino también para vivir. Discreparon. En los días siguientes volvieron a discutir. Un amanecer vio como su hermana lo llevaba a la estación. De eso hace ya diez años, en los cuales no se han vuelto a hablar.

El año que Julián se fue, el campo se llenó de pulgones. Romo detectó hormigas entre las hojas y se puso en alerta. Enseguida aparecieron pequeños insectos verdes. Comunicó a su familia que iría al día siguiente a la ciudad para comprar los líquidos necesarios. Pero Lores no podía consentir que se destruyera aquel vergel donde todo estaba creciendo de forma autóctona, y le hizo otra propuesta.

– Todavía son verdes y pequeños, por qué no lo hacemos de manera natural.
– Probemos –dijo Petra, que no solía inmiscuirse en cosas que no fueran de su cocina.

Lores subió a la cámara, bajó con varias ristras de ajos. Madre e hija pasaron horas pelando los dientes e introduciendo cuatro de ellos por litro de agua en garrafas de diez, añadiéndoles un picante y dejándolas reposar por un día completo. A la noche siguiente, Fabián ayudó a hervir la mezcla por quince minutos y a pasarlos a la cuba del tractor pequeño. Cuando ya no daba el sol sobre los campos, condujeron hasta la zona afectada, tiraron de la manguera y rociaron con el preparado las estacas. Por dos semanas cada tres días estuvieron hirviendo ajo y picante y repitiendo la operación. Mientras, Lores cortaba papel secante amarillo en rectángulos de tres por diez centímetros, con una aguja gorda de lana perforaba uno de los extremos, introducía un trozo de cuerda para colgarlo en las ramas. Cuando ya parecía que no quedaba insectos, fue enganchando las tiras amarillas entre el ramaje y brocha en mano, las dejaba bien impregnadas por ambos lados con aceite de oliva para que los alados se quedarán pegados y no pusieran nuevas larvas al saltar entre las hojas.

Lores al año siguiente también se marchó a estudiar botánica. Romo no se sorprendió. Pero sin Lores la casa era una funeraria. Dejó que la pradera creciera silvestre como ella quería, permitió que jaramagos, amapolas y esparragueras alcanzarán su altura natural sin entrometerse. Pero ni el color festivo del suelo consiguió devolverle la alegría.

Cada final de octubre, Romo cumplía con su ritual anual. Tomaba una canasta de esparto, recolectaba a mano la aceituna del árbol de Julián, la llevaba hasta el granero donde guardaba la antigua prensa manual del abuelo y trituraba la aceituna. Ponía la pasta con sus manos sobre el rondero de esparto, encima otro rondero, otra capa de amasijo y encima otro rondero. Y así iba formando una pila hasta la altura de su cintura. Hecho esto, ajustaba las pesas de arriba y dejaba que destilara el oro líquido tan verde como la pradera. Después lo filtraba y guardaba en damajuanas. Hacían lo mismo con los otros olivos de sus hijos, de tal forma que cada uno tuviera el aceite puro virgen de su árbol, la mejor medicina del mundo. Con los años, Romo aprendió a reconocer el aceite por su olor como los mayores expertos. El de Julián olía a manzana y frutos secos, el de Lores a romero y hierba fresca, el de Fabián como el suyo, a tomatera y alcachofa. Los tres, tan distintos, encerraban un sabor supremo. Lo único que no terminaba de comprender era, que plantados todos en la misma hilera, olieran tan diferentes. Pasadas unas semanas, Petra y Fabián viajaban a la ciudad y repartían a cada uno el aceite de su árbol. Mientras Romo quedaba en la hacienda con su galgo Callejuelas, con aquel dolor huérfano en el pecho, avejentado y arrepentido por aquella distancia que crecía imparable.

Terminada la recolección y envasado de los aceites de los árboles familiares, comenzaba la cosecha temprana. La cuadrilla tomaba las aceitunas directas de la oliva y cada día los camiones de la empresa, las llevaba con rapidez a su molino para hacer el mejor AOVE. La misma cuadrilla se encargaba después del lampante del suelo que Romo transportaba a la almazara más cercana.

Una mañana observó en el olivo de Lores algunas hojas amarillas. Lo vigiló durante toda la semana para determinar si le faltaban nutrientes o estaba enfermo. Examinó cada uno de los síntomas. Las hojas verdes caían sin estar totalmente amarillas. Estas aparecían en la parte inferior del árbol. Tras dictaminar que era enfermedad, supo de inmediato que algo le pasaba a Lores. Al día siguiente obligó a Petra a hacer la maleta, y llevar aceite milagroso de su árbol a su hija. En efecto, Lores estaba con anemia. Petra le anunció a su esposo que volvería con ella a la hacienda hasta que se recuperara. Romo cubrió el árbol de Lores con nutrientes naturales, lo regaba con especial esmero, y le pedía al acebuche del abuelo que ayudara al de su pequeña. Entonces observó saliendo del tronco del olivo del abuelo un chupón.

Y no llegó a verlo, pero sintió la presencia del abuelo junto al árbol y que este le decía:

–Plántalo aparte. Prepararlo para el nuevo Quintana. Y el problema con Julián, soluciónalo, no vayas a perder la mejor cosecha.

Fue tanta la intensidad con la que sintió la presencia del abuelo, que arrancó el chupón de inmediato, fue al granero por una espuerta de goma y abono natural. De la misma tierra llenó el capazo, hizo un hoyo de veinte centímetros, puso un puñado de sustrato e introdujo la nueva estaca. Compactó la tierra, lo regó y lo dejó al sol en el mismo sitio.

Romo aparcó el coche al principio de la calle donde vivía Julián. No hizo falta buscar el número, aquel jardín con dos olivos en la entrada lo indicaba. Tocó el timbre, su hijo abrió la puerta. Sin mediar palabra se fundieron en un profundo abrazo que prometía recuperar el tiempo perdido.

– Pasa – le invitó Julián– tienes que conocer a alguien. Ana, mi padre.
– Me gustaría que nos acompañaras hasta que nazca – dijo Ana acariciando su pronunciado vientre.

Por quince días estuvo Romo lejos de su tierra, esperando a su primer nieto. Y otros veinte cuando nació porque no encontraba el momento de separarse de él. Petra y Fabián fueron en tren a conocerlo y consiguieron llevarse a Romo de nuevo al campo. Este, por primera vez en su vida, dejó el terreno en manos del manijero y se olvidó de podar, curar y desbalagar los abonos.

A principios de verano la casa volvió a llenarse de vida al juntarse los hermanos. El pequeño Romo era el foco de aquella algarabía. Nada más llegar, Julián plantó el nuevo olivo de su hijo junto al de su hermano Fabián. El abuelo Romo llevaba a su nieto de cinco meses en brazos a todas partes. Un día echaban de comer a las gallinas, otro revisaban las casas de los pájaros, al siguiente subían hasta el pozo del tío Fabián. Y otras veces Julián lo veía pasear alrededor de la casa, hablándole bajito para que se durmiera. Contándole el mismo sermón que le narraba a él de chico, cosa que le arrancó una sonrisa.

– Debes saber, pequeño Romo, que tu padre es torpe, pero sabrá mantener la tierra hasta que tu seas mayor. Tú, en cambio, eres listo como tu bisabuelo. Encontrarás la forma de hacerte entender con la naturaleza como yo he hecho. ¿Comprendes, hijo mío?

Y continuaba hablándole aunque el niño estaba dormido. Esa tarde lo dejó en la cuna y le puso la mosquitera. Pasó por la cocina y se sirvió un vaso de té fresco y se sentó en la mecedora en el porche. Escuchaba a través de las ventanas las risas dentro de la casa, la dulce voz de Petra. Cerró los ojos. El cansancio, el calor, los años, todo resbalaba como aceite entre los dedos sobre la tierra. El tiempo volaba zigzagueante ante sus ojos. De pronto el árbol del pequeño Romo estaba alto y crecido y junto a este se levantaban tres más. La casa fue ampliada y reformada y frente a los olivos familiares lucía una hermosa piscina. Los niños corrían y los perros ladraban y de pronto todo quedó en un pacífico y prometedor silencio. El campo se llenó de flores violetas y amapolas. Romo intentó respirar profundamente, pero ya no lo necesitaba. Ahora, sintiéndose uno con todo, vio la grandeza y el alma de su tierra, la solera de sus olivos, era el tiempo de los frutos. Esa tarde, los pájaros desconocidos que llegaron a anidar a lo largo de los años en la finca, volaban en bandadas alrededor de la casa. Romo vio salir una silueta blanca del árbol del abuelo.

– Sabía que no me equivocaba – dijo el cuerpo nítido del abuelo acercándose– lo has hecho muy bien. ¿Marchamos, hijo mío?
– Si, yayo.

Ambos se fueron difuminando sendero arriba, sin el crujir de los pasos sobre el camino, seguidos por las bandadas de los pájaros, dejando la tierra más llena de vida que cuando ellos llegaron.