MásQueCuentos

199.- Debilidad

Rebeldebuey

 

Tres personas comían animadamente en un tradicional restaurante del micro-centro de la ciudad. Los tres eran más que conocidos, aunque la palabra amigos en este caso resultaba excesiva. Se trataba de ex compañeros del colegio secundario que, a pesar de finalizar sus estudios hace ya quince años, habían conservado la costumbre de juntarse a cenar una vez al mes.

Esa noche Sandra tuvo el honor de elegir mesa y optó por una ubicada en un lugar discreto. Durante toda la cena, los tres camaradas intercambiaron las novedades laborales, familiares y chismes en general sobre lo ocurrido en el último mes.

Mientras escuchaban a Sergio sobre su último ascenso en el banco, Sandra estaba dando buena cuenta de una jugosa carne; Marcos -en cambio- había elegido una ensalada mediterránea regada por aceite de oliva y el olor a res a medio asar proveniente del plato de Sandra le revolvió el estómago, y no pudo evitar un gesto de rechazo.

—La cena sin una buena botella de vino y una porción de carne no es cena –dijo Sandra, alzando su copa, un poco alegre por la ingesta de alcohol.

—Así es. Donde haya un buen tinto y un buen plato de carne siempre habrá un argentino que se precie de tal —acotó Sergio.

—Aplaudo lo del vino y el placer que genera beberlo, pero con respecto a lo otro… No quiero ser un bicho raro pero defenderé mi estilo de vida vegetariano —expresó Marcos tajante—. Ayer, por ejemplo, vi por televisión un documental que me dejó en claro algo importante: las vacas que son llevadas al matadero saben que van a morir…

—Por favor, Marcos… ¿En serio crees en esas cosas? —exclamo Sandra con vehemencia.

—Sí, lo creo y te lo afirmo: el cerebro de una vaca tiene el nivel de desarrollo de un nene, pero esto a nadie le importa salvo a los que defendemos los derechos animales.

—La producción a gran escala de proteína animal y leche exige no tener esa consideración a las especies que están debajo de nuestra escala alimentaria —se justificó Sandra.

— ¿Dónde leíste eso? —quiso saber Marcos vivamente—. No hace falta matar animales para obtener proteína, Sandra. En mi escala de valores eso es asesinato.

—La proteína de origen animal tiene alto valor biológico, ya que tiene aminoácidos esenciales —replicó ella—. Además nuestro aparato digestivo está hecho para una alimentación omnívora.

—Buen intento, pero creo que la inteligencia sirve para modificar nuestros hábitos animales. Y, sin ánimos de ofender, nunca podré entender cómo alguien como vos, que trabaja en un zoológico, puede estar a favor de la muerte de animales — expreso Marcos a modo de reclamo.

—El que hizo el mundo determinó que el pez grande se coma al chico… ¡así es la vida! —aseveró con fría calma Sandra. —Lo que la civilización aportó son reglas para disminuir el sufrimiento de los animales que comemos. Además, el hombre por su anatomía es omnívoro, no es vegetariano.

—Ojalá pueda verlo con tus ojos. Solamente no puedo justificarlo, ni deseo hacerlo. —opinó Marcos. — Agradezco su interés en intentar cambiar mi postura. Pero no puedo evitar un gesto de asco cuando veo los restos de ese animal muerto entre tus dientes…

— ¡Marcos! —exclamó Sergio, mirándolo asombrado.

El centellante rostro de Sandra parecía molesto y herido por la contundencia de Marcos, pero si fue así ella se dominó con maestría y, con cortesía, sonrió y se limitó a replicar:

—Déjalo, Sergio —rogó suavemente Sandra—. Marcos está siendo sincero, y esa franqueza habla bien de él. Después de tu magistral clase tengo que reconocer cuando estoy derrotada. No intente «convertirte» y me disculpo si fue así como lo percibiste.

—La Naturaleza es cruel en esencia, lo que lleva a justificar nuestras acciones —terció diplomáticamente Sergio—. Además los dos nunca se van a poner de acuerdo: Marcos es del mundo intelectual e idealista, y vos hablas del mundo terrenal y mundano, Sandra.

—Lamento no estar de acuerdo con vos. Pero respeto tu criterio y perdóname si te irrité con el tema. No hablemos más de eso.

La charla entonces derivó hacia temas más intrascendentes y menos conflictivos, hasta que –media hora más tarde- Sergio miro su reloj de oro, poniéndose abruptamente de pie.

—Gente: la cena termino para mí… mejor llegar temprano a casa porque mañana será un largo día.

Los otros dos compinches coincidieron con Sergio y antes de despedirse con el beso de rigor convinieron la fecha de la próxima reunión.

*                                 *                                 *

Sandra no pudo evitar un gesto de fastidio al abrir.

— ¿Vos otra vez? —preguntó malhumorada.

Eran las dos y media de la madrugada. Afuera la noche estaba tibia y salpicada de estrellas. Y allí estaba Marcos, con el rostro algo convulso y una chispa de decisión en sus ojos, entrando en el salón y cerrando la puerta de manera furtiva.

El ex compañero de secundaria, Marcos, el intelectual e idealista, hizo un paneo completo del cuerpo de Sandra y no pudo evitar una sonrisa libidinosa.

Sandra tenía unas piernas contorneadas que parecían no acabar nunca, unas caderas prominentes y nalgas altas y firmes. Una hembra cuyo cuerpo estaba hecho para placeres de la carne, no precisamente culinarios.

Marcos, en cambio, llevaba consigo unos estrafalarios anteojos con aumento; agréguesele a esto su cuerpo escuálido y encorvado. Un ser poco agraciado por la naturaleza, en suma.

—Ya te dije… voy a insistir… —dijo Marcos, trago saliva, y siguió avanzando.

—Ya hablamos de esto —dijo Sandra, sin estar alterada en lo más mínimo, pese a la actitud de Marcos encendería la alarma de cualquier mujer.

Estaba a medio metro de distancia de Sandra, la cual no se movía. Marcos respiraba fuerte, y el olor a vino llegaba con nitidez al olfato de ella.

—Parece que necesitaste alcohol para animarte a venir —dijo— Andate, Marcos. Voy a gritar…

—No, no… No sos de las que piden auxilio… Parecés muy serena, aunque en el interior tenés algo de miedo. Te conozco como la palma de mi mano…

—Si no te vas ahora el que va a tener miedo vas a ser vos.

Marcos rio por la ocurrencia.

Estando los dos solos él era el rey allí.

Y ahora que había llegado hasta ese punto, no iba a retroceder.

Y se abalanzó sobre Sandra; ella tenía las manos a la espalda, detrás de la biblioteca. Para Marcos fue muy fácil rodear la cintura femenina y se encontró con toda clase de facilidades; era como si, a fuerza de aburrimiento o hastió, Sandra finalmente se rindiera a sus propuestas…

Todo fue breve: un descuido de Marcos, el golpe con un contundente florero ubicado en la biblioteca y la caída al piso. Sandra lo tomo del brazo y lo arrastro adormecido hasta el cuarto contiguo. Luego lo colocó sobre la cama, quitó sus ropas con sumo cuidado: desabrochó los botones de la camisa y bajo sus pantalones.

“Necesito un cuchillo…”, dijo en voz alta, como si alguien más la estuviera oyendo. Caminó nerviosamente por la casa, hurgo en multitud de lugares y rincones. En el anteúltimo cajón de la tercera alacena encontró finalmente un juego de cuchillos. Se decidió por el de mayor envergadura.

Volvió a la habitación y, ya un poco más calmada, comenzó a estudiar diferentes sectores y al final se decidió por una zona en particular de la anatomía de Marcos… Tomó el cuchillo y realizó una incisión no demasiado grande.

Contempló extasiada cómo las gotas de sangre surcaban su cuerpo hasta caer al suelo.

El rumor de la sangre se confundió en su boca con un cálido espesor que apagó el débil grito de agonía de Marcos. Untó, excitada, esa sustancia bermeja en todo su cuerpo mientras la vida de Marcos cesó definitivamente.

Amplio aún más el corte, comenzando desde el esternón hasta el pubis. Retiró delicadamente sus intestinos. Lentamente corto pequeños trozos de carne que fueron deshaciéndose con deleite en su boca.

Durante cuatro días, la mujer caníbal cortó y comió del cuerpo de Marcos hasta que ya no pudo más y dejó el resto para más tarde.

*                                 *                                 *

El portero del edificio fue el primero en llegar. Había decidido tirar la puerta abajo luego de golpearla insistentemente para ser atendido. Detrás de él llegaron dos efectivos de la policía. El motivo de la violenta intrusión: las reiteradas denuncias de dos vecinos sobre fuertes olores provenientes de la casa de Sandra.

La encontraron degustando las ultimas partes de lo que alguna vez había sido un hombre.

Otros restos también fueron localizados en la heladera.

Sandra confesó lo que había hecho y sus descripciones fueron tan detalladas que el juez declaro su incompetencia para juzgarla.

La chica fue condenada por un período indefinido en el asilo para enfermos mentales de la ciudad. La evaluó un comité de psiquiatras organizado para tal fin y este comité dictamino la poca posibilidad de éxito de una curación. Sin embargo, el padre de Sandra -hombre de poder e influencias en un país poco adepto a la honestidad-, logró que su hija permaneciera internada solo nueve meses allí y al cabo de esa fecha fue puesta en libertad.

Una vez libre, Sandra se convirtió en una celebridad. Escribió varios libros, apareció en televisión y llegó a mostrar en videos cómo había matado, cortado y comido a Marcos. Incluso fue homenajeada con una canción de rock que hablaba sobre la única mujer caníbal que asistía a los espectáculos de televisión y a los talk-shows para hablar sobre su hazaña. Su rostro asomaba en la portada de los semanarios sensacionalistas del momento para explicar cómo el hábito de comer carne se había transformado en su debilidad.

Aquí bien se podría decir que, efectivamente, el personaje mediático se devoró a la mujer caníbal.

 

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Scroll Up