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198.- Recuerdo

Z. Vidad

 

No contaba con más de diez años cuando me llevaron por primera vez a ayudar a varear los olivos del campo en el pueblo. Recuerdo el día como todo un acontecimiento para mí. Hacía frío, mucho frío. A pesar del magnífico sol que ya se podía ver en el horizonte, una finita capa de escarcha se apreciaba en los tejados de las casas.

—Y, ¿por qué tenemos que ir tan pronto al campo? —preguntaba con los ojos todavía pegados del sueño.

—Venga Martín, no te quejes que has estado todo el año dando la paliza para venir en temporada a ayudar —replicó mi madre sin parar de hacer cosas de un lado para el otro.

—Ya lo sé mami… —dije retorciéndome entre las sábanas para terminar de desperezarme y coger las fuerzas suficientes para tirarme de la cama y comenzar a vestirme.

Me asomaba por la ventana de mi habitación. Ventana pequeña, reducida, pero por la que entraban en la casa los primeros rayos de sol de la mañana, aquellos que dotaban de vida e iniciaban un nuevo y excitante día. Aquella ventana por la que observaba el paisaje que aún a día de hoy, casi jubilado, permanece en mi recuerdo intacto.

Fueron muchos años los que pasé en la casa de mis abuelos. Temporadas enteras en época estival viviendo con ellos, mientras mis padres trabajaban en la ciudad. Para mí, la casa de mis abuelos era mi segunda vivienda. A veces la confundía con la primera. Muchas mañanas, al despertar, debía pararme a pensar para saber si estaba aquí o allí. ¡Qué tiempos!

—¿Estaremos toda la mañana? —pregunté inquieto mientras desayunaba un tazón de leche calentito.

—Y todo el día también —me contestó mi abuela, que estaba metiendo en una cesta de mimbre acolchada con tela, una buena cantidad de carne y pan.

—¿Todo eso es para comer?

—Claro. Y otra igual que ya ha metido tu abuelo al tractor.

Se me iluminaron los ojos de oír aquella palabra. Me encantaba subir con mi abuelo a aquel viejo pero singular vehículo de grandes ruedas y ruido atroz. Mi madre me renegaba porque decía que no era seguro, pero no había otra cosa que me emocionara más que mover el volante grande y fino que tenía.

—¿Podré subir con el abuelo?

—Bueno, eso creo que tendrás que negociarlo con tu madre.

No pude evitar que me bajara la euforia, ya que sabía que ella no me dejaría. Me tocaría jugar, aunque fuera cuando estaba parado. O, como siempre, camelarme a mi abuelo mientras no estuviera mi madre, para que me diera una pequeña vuelta. Bueno, me las apañaré…, pensé ideando ya cómo podría hacerlo.

Había mucho ajetreo en la casa. Todo era un ir y venir sin parar, sacando bolsas, cestos y objetos que serían utilizados durante el día en el campo.

El remolque del tractor estaba lleno de las lonas para poner en el suelo alrededor de los olivos, de las largas varas que emplearían para golpear las ramas y hacer caer las olivas, así como de grandes canastos o cuévanos para llenarlos con aquellas preciosas bolitas que caían del árbol. Incluso llevábamos dos cepas secas para hacer el fuego con el que nos haríamos la carne para la comida.

Observaba todo el movimiento que había fuera y dentro de la casa con verdadera admiración. Estas cosas no pasan en la ciudad, me decía sonriendo. Aunque no me dejaban, yo intentaba ayudar sacando algún cesto o utensilio que veía acumulado junto a la puerta de la casa. Se podía decir que, al menos para mí, era un día de fiesta. Así lo sentía. Aunque no tanto para mis padres cuando llegaba la noche, que volvían molidos después de todo un día de duro trabajo. Primero golpeando con las varas hacia arriba las ramas de cada uno de los olivos. Y luego recogiendo las olivas desde la lona y transportándola al remolque posteriormente en los cuévanos.

Ese día me servía para jugar más con mis primas, ya que, para hacer honor a la verdad, nos dedicábamos más a saltar, correr y a cualquier otra actividad similar que a ayudar a nuestros padres.

¡Qué bonitos recuerdos tengo de los largo días en el campo! Lejos de la comodidad de la casa, pero con la libertad del aire libre. Alejado de la seguridad que dan cuatro paredes, pero con el entusiasmo de saber que ese día había pocas reglas que cumplir. Distante de las ataduras de una responsabilidad, pero con la plenitud de conocimientos que da ejecutar actos distintos y conocer otras maneras de convivir y relacionarse.

Pocas cosas me han dado en la vida tanta libertad como trabajar al aire libre, en un campo, en un huerto, en un monte o en mar abierto. La innegable sensación de felicidad que da el viento sobre la cara. La efectiva impresión de vida que ofrece los rayos de sol incidiendo en las zonas de piel desnuda. O la inequívoca percepción de autonomía que consigues con el trabajo de tus propias manos. Todo ello dota a la existencia de un compromiso distinto frente a la vida, frente al día a día, llegando a sentirte más pleno sin la necesidad de tener objetos tecnológicos cerca constantemente. Con esto, siempre he logrado desviar la mente a actividades más edificantes y activas que las propias acciones sedentarias que dan una televisión o un dispositivo móvil. No haré apología de su inutilidad, ya que son necesarios y hasta imprescindibles, pero ello se relativiza mucho en un ambiente más rural o con acciones al aire libre.

Volviendo a aquel día en particular, el cual fue una aventura de principio a fin y así permanece en mi recuerdo, estuve especialmente activo ayudando a mis abuelos en la recogida de la oliva. Me dejaron una vara, cogía con mis manos las que estaban en ramas bajas e incluso hice de mochuelo (palabra que siempre me encantó) subiéndome al propio árbol para acceder a lugares que era imposible llegar desde el suelo y con la vara.

—Ten cuidado, hijo —me decía preocupada mi madre.

—Mamá… —replicaba yo—, que no soy un niño, que tengo ya diez años —decía orgulloso, ante la repetición verbalizada de mis años por parte de ella, con un cierto tono de incredulidad, subido como estaba ya al olivo.

Veía a mis primas jugar entre los árboles y no me daban envidia. Estaba disfrutando realmente con la actividad que estaba haciendo. Ya no era que me sintiera útil y que mi familia alabara el trabajo que yo realizaba, sino que era mucho más que eso, era el placer que me proporcionaba ejecutarlo, la sensación de plenitud interna que me invadía. Es difícil describirlo, pero creo que ese día marcó un antes y un después en mi vida. La visión del campo para mí, cambió radicalmente desde entonces.

Más adelante fui consciente de que un trabajo exclusivamente en el campo limita bastante la vida; ya no la propia, sino la de los que te rodean. Sobre todo, por ello fue por lo que he desarrollado toda mi vida laboral en la ciudad, donde han crecido mis hijos y mi mujer ha hecho una exitosa carrera en una gran empresa. Pero cualquier día que tenía libre, cualquier tarde que podía, me escapaba hacia el pueblo para realizar tareas en el campo o en el huerto. Ello me daba la vida. Ello me hacía seguir con renovadas fuerzas los largos días que había entre los fines de semana en los que me podía quedar unos días en el pueblo, libre de otras responsabilidades.

Por todo esto no me lo pensé cuando tuve la oportunidad de dedicarle más tiempo a esta forma de vida, tras largas décadas de años en la ciudad, en mi trabajo, en mi día a día.

Ahora, con la jubilación en mi mano, inicio una etapa que me ilusiona como la que más, alejado del ruido de los coches, de las urgencias y absurdas prisas con el móvil, del estrés de la inmediatez.

Desde aquella casa en la que vivía de pequeño en las épocas estivales, ya sin mis queridos abuelos, ni tan siquiera con mis adorados padres, percibo la vida como un devenir atractivo y sin celeridades. Donde cada instante está para vivirlo, no para pasarlo como un tren expreso. Donde cada detalle se saborea de manera precisa y relajada.

Me asomo como cuando era un niño por aquella ventana pequeña, reducida, y vuelvo a observar el paisaje que me ha acompañado toda mi vida desde la distancia, pero ahora saboreándolo en vivo. Lo degusto como quien se regodea con el olor de la cafetera, como quien activa sus sentidos al contacto de las primeras gotas de café ingerido en su cuerpo cuando pasan directamente al torrente sanguíneo.

Me puedo pasar horas mirando por aquella ventana. El tiempo está detenido a mi alrededor. La vida me proporciona una pausa que necesitaba con auténtica devoción y yo la agarro con la necesidad de quien sabe que es la decisión más importante de lo que me queda de existencia.

Serán dos meses, seis o un año. Supongo que no mucho más. Eso no lo puedo saber. No está en mi mano. Pero lo que sí puedo saber, es que el tiempo que sea, los pasaré aquí, disfrutando de aquello que no he podido hacer hasta hoy con la plenitud que quería.

Degustaré cada momento como si fuera el último. De hecho, lo será.

 

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