198. Los últimos días de una princesa

De Rosa

 

La fiebre y los escalofríos no la dejaban pensar con claridad. A la sombra de aquel olivo se preocupaba por el estado de su hijo, que cada vez se debilitaba más. Ninguno de los ancianos de Cástulo había conseguido aliviar sus dolores, ni siquiera bajar la fiebre.

Imilce hizo un esfuerzo titánico para levantarse. Caminó, con ayuda de la única sirvienta que le quedaba, hasta el interior de la vivienda.

Aquella enfermedad había dejado la casa casi sin sirvientes. La mayoría habían muerto y solo quedaban la joven que le ayudaba, que aún no se había contagiado, y dos hombres, ya mayores, uno de los cuales estaba en peor estado que Aspar, su hijo.

El olor nauseabundo de la enfermedad impregnaba las paredes de la vivienda; y la suciedad, antes ausente, se acumulaba por los rincones.

Se dejó caer en un triclinium, de las pocas cosas que le gustaba de los romanos.

Pensó en Aníbal, ese hombre testarudo, pero, a la vez, valiente. Asediaba Roma, pero según había oído, no avanzaba. Ella le expresó sus temores a la hora de partir, pero él, terco como buen general cartaginés, ni siquiera la oyó. Se giró sobre sus pies y se fue.

Suspiró al recordar a su marido, tosió y el quejido salió cavernoso y profundo, aquello no tenía buena pinta. Presta en la ayuda, la sirvienta corrió hacia ella, pero Imilce, con la mano levantada, le impidió acercarse.

Había oído a los ancianos decir que la enfermedad se contagiaba con la tos y la saliva, y no quería que enfermara la única ayuda que le quedaba en aquella casa.

Cerró los ojos, cansada y exhausta por la fiebre y recordó tiempos mejores.

Desde el mismo día que conoció a Aníbal, en el templo de Auringis, supo que aquel hombre era especial. Casi no le prestó atención. Ella no era tonta y sabía que su matrimonio era un acuerdo entre su padre, el rey Mucro de Oretania, y Aníbal. Pero le llamó la atención aquel hombre rudo y valiente.

Esas fiestas en el templo de Auringis fueron el inicio de su vida con Aníbal.

En los días posteriores, mientras preparaban la boda, pudo hablar con él un par de veces. Ahí comprobó que era un hombre especial, destinado a gobernar el mundo; un hombre hecho para la guerra. Sabía que no podría retenerlo mucho tiempo a su lado, pero se propuso que ese tiempo fuera feliz.

Un nuevo escalofrío recorrió su cuerpo tumefacto por las inflamaciones y pústulas propias de aquella enfermedad, para recordarle que la muerte se acercaba a pasos agigantados.

Llamó a la joven sirvienta Neitin y le instó a que le untara el cuerpo y las heridas con aceite de oliva. Según los ancianos el líquido que se extraía de aquellas aceitunas de sus campos tenía propiedades curativas. Lo cierto es que, dudando de la veracidad de las afirmaciones de los expertos, aquel líquido le aliviaba cada vez que se lo ponía.

Neitin tomó un pequeño Kalathos con líquido dorado y tonalidades verdosas, y con un paño suave lo fue extendiendo por el cuerpo de la princesa. El olor impregnó su cuerpo, llegando hasta su nariz, con ese aroma a hierba fresca recién cortada. Cuando terminó con ella, Imilce le instó a que fuera a untar el cuerpo de su hijo, y así aliviar su malestar.

El dolor de Imilce era más mental que físico, al ver como su hijo se apagaba poco a poco. Se quedó dormitando, en una especie de duermevela en la que soñó con el día de su boda.

El Templo de Tanit en Qarst-Haddast estaba engalanado con todo tipo de flores traídas desde las montañas que rodeaban la ciudad. Grandes candelabros de oro circundaban el altar dedicado a la diosa, consorte del dios Baal. Todo acorde al enlace entre una princesa ibera y un gran general cartaginés. Ella suspiraba ante aquel alarde de opulencia por parte de Cartago. El ejército rodeaba a su general mientras se encaminaba al altar y ella esperaba fuera a que le hicieran un pasillo para acceder al templo. Estaba muy nerviosa, nunca había salido de las inmediaciones de Auringis y Cástulo; y aquel gran viaje fue el primero de su aún corta vida. Se acomodó el suave vestido, ligero y que se adaptaba a sus leves curvas con elegancia. Tomó porte de princesa, dejando atrás, en las afueras del templo, esos nervios propios de un gran día. Se irguió y entró al lugar con la cabeza levantada, ayudada por dos jóvenes que su padre, el rey Mucro de Oretania, había asignado para que fueran con la expedición hasta la ciudad cartaginesa.

Atrás habían quedado esos primeros días en que la pareja no se ponía de acuerdo y ella, con un carácter fuerte y una posición digna de la realeza, se oponía a un enlace solo por un tratado. Así se lo hizo saber a Aníbal y a su padre. El joven general, terco como una mula, no dijo nada en ese momento, pero poco a poco, fue haciéndole ver que sería un buen marido para ella. La princesa, aunque lejos de estar enamorada, comenzó a sentir atracción por aquel hombre. Estaba segura de poder enamorarse del general.

Se acercó hasta el altar, en el que ya estaba su futuro esposo, y agachó la cabeza en señal de respeto hacia unas creencias que no eran las suyas y que iba aceptar junto con su nuevo marido.

La celebración, digna de un enlace real, fue opulenta y dejó extasiada a Imilce. La Puls Púnica, base de su alimentación, ocupaba un lugar preferente en las mesas. Aunque una gran cantidad de pescado salado se dispersaba entre los invitados. Las verduras, fritas con aceite de oliva, también estaban presente y, como plato principal, carne de liebre y de conejos, asados y condimentados con tomillo y romero. Toques de hojas de menta inundaban el ambiente con su olor agradable.

Abrió los ojos febriles. Un picor creciente le hizo llevarse las manos hasta sus párpados. El olor a menta de sus sueños había tornado al nauseabundo hedor a enfermedad. Recordó dónde estaba. Ese malestar le estaba provocando delirios. Bajó sus manos hasta el cuerpo y notó la suavidad de su piel bajo aquella película de aceite que le aliviaba. Su padre, el rey Mucro, acudió a su mente: había conseguido una gran cantidad de aceite para los oretanos y así paliar en lo posible los síntomas de aquella enfermedad.

Llamó a Neitin. «¿Cómo está Aspar?», le preguntó. Un velo de tristeza acudió a los ojos de la sirvienta, que se recompuso rápido con una sonrisa forzada. «Bien, señora», le respondió. «Le he untado el aceite por las heridas y parece que la fiebre le está bajando». Imilce asintió sabiendo que la enfermedad aquella no tenía remedio. Nadie se había salvado en los últimos meses y ellos, por muy de la realeza que fueran, no iban a ser especiales. Lo único que no quería era que su pequeño, de poco más de seis años, sufriera.

La sirvienta colocó un vaso de agua fresca en una mesilla junto al triclinium y se fue a atender al pequeño.

La princesa, recompuesta del sueño, pensó en las batallas que había ganado su esposo y que la que ella libraba nadie podría ganarla nunca. La peste, como llamaban a la dolencia, no tenía remedio. Ni siquiera los médicos griegos habían conseguido curarla.

«La batalla», pensó. Se había opuesto a la guerra de Cartago contra Roma. Pero el terco de Aníbal no la escuchaba, decía que era su deber para con Cartago, y que tenía que ganar aquella guerra. Quizás por eso se negó a que le acompañara. Quizás por eso se abrió un cisma entre ellos. Recordaba a la perfección las palabras que le había dicho a su marido cuando ella se percató de que no había marcha atrás en la decisión del general. «¿A mí me impides acompañarte sabiendo que mi vida depende de la tuya?¿En tan poco estimas el matrimonio y la cesión de mi virginidad, como para impedirme cruzar contigo las montañas?¡Confía en la hombría femenina! No hay fuerza que supere al amor conyugal. Pero si solo soy juzgada por mi sexo, y has resuelto despedirme, me avengo y no interpongo demora al destino. Que la divinidad te asista, hago votos. Marcha con buen pie, marcha con el favor de los dioses y conforme a tus deseos. Y en la batalla, en el sangriento combate, acuérdate de mantener vivo el recuerdo de tu esposa y de tu hijo.»*

Esos pensamientos la hundieron en una oscuridad densa, la del dolor por no poder volver a ver a su esposo. Un ataque de tos la hizo doblarse sobre sí misma en una posición que le provocaba un dolor casi insufrible. Se limpió con el paño que había en la mesilla y comprobó que había dejado restos de sangre. Una lágrima corrió por la mejilla derecha. Se limpió y, altiva, se rehízo. No quería que la vieran llorar. Siempre había sido una mujer fuerte, tanto con su esposo como con los demás, y eso no iba a cambiar por muy cerca de la muerte que estuviera.

Las cartas que le enviaba Aníbal auguraban una guerra larga, no en vano llevaba más de cinco años fuera, desde que decidiera llegar a Roma por el norte, una locura según algunos, una genialidad decían otros. Pero la guerra se estaba enquistando y no tenía visos de terminar.

Volvió a sentirse muy cansada y se durmió. No supo cuánto estuvo durmiendo, solo que la despertó Neitin, que portaba un papiro enrollado.

—Acaba de llegar, señora. ¡Noticias de su esposo!

Se levantó rápido y tomó el rollo. Lo desplegó con ansiedad y comenzó a leer el contenido. Tras la presentación y los deseos de que estuvieran bien tanto Aspar como ella, una crónica somera sobre los avances de las tropas cartaginesas hacia Roma, el asedio y las complicaciones con las tropas que mandaba Quinto Máximo. El final, el que temía, aquella guerra se presuponía larga. Le deseaba salud para poder volver a verla.

Una cantidad inusual de lágrimas inundaron el rostro de la princesa que se tapó la cara para no poder ser vista por la sirvienta, que agachó la cabeza ante el gesto de su señora. Se atrevió a preguntar:

—¿Malas noticias, señora?

—No del todo, Neitin. Aníbal avanza y asedia Roma, pero tardará mucho en volver. Para cuando lo haga, ninguno de nosotros estará aquí.

 

*Púnica(Lib. III). Silio Itálico