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197.- El Cantante

Martin pescador

 

Estando Popeye sentado, por no decir tirado, en el quicio de la puerta, miró hacía a lontananza.

¿Qué hacer?, se preguntó.

Tras bambalinas, más allá de los visos de su fama, de lo que aparecía en la pantalla, otra cosa en secreto le estaba corroyendo; el editor y productor de su programa no se había interesado por penetrar en lo profundo de su vida y es que él también era un ser y por tanto susceptible de cambiar,  quizá fueran los años que le atravesaron esta encrucijada, que para él no era de menos importancia, que su supuesta fuerza ganada a punta de desocupar un tarro y otro y hartarse de espinacas. Y no es que estuviese harto de ellas, quizá colmado el tintero de ese tipo de aventuras, en que el músculo siempre lo envolvía.

Hubiera perdido, en parte, los encantos suficientes, que en un principio le dieron el vigor para ser centro y suficiencia para representar casi el total de su existencia, era como una especie de decaimiento, algo que en parte le suspendía el resuello… como si su tenacidad estuviera envuelta en una bruma, por lo cual acudiendo al principio de que el estómago también necesita de descanso se había propuesto pasar por un ayuno, de aquella verdura feliz que al triunfo lo había llevado.

Filosóficamente preparado y listo para asumir tan colosal empresa, marchó con paso decidido hacia la Warner Bros, donde los estudios se encontraban, entró en la oficina principal donde se definía todo lo concerniente a su trabajo y sin pelos en la lengua, dijo lo que tenía que decir haciendo de tripas corazón, en un santiamén.  Mandó a freír espárragos, es decir de vacaciones, a todo su equipo de trabajo, decir que no hubo reparos sería dar por verdad una mentira, pero así y discusión que va y discusión que viene se acordaron unos lapsos.

  • Popeye vemos tus razones y las entendemos, ve tranquilo y descansa, en un mes se pondrá todo en marcha.

Dijo condescendiente, el jefe del tinglado.

Todo estaba ya dispuesto y más pronto de lo previsto y al final no había sido tan difícil, se vio de improviso libre del empleo y con la responsabilidad de hacer lo que quería, 

Sabía qué iba a hacer, pero ¿dónde?, aquí no, debía ser en otro lugar. No más empezando por los vecinos, al saberlo desocupado, a uno se le iba ocurrir llamarlo para que le pasara de aquí para allá cualquier mueble, sin el trabajo de desocuparlo; a ese otro, a levantar el carro para cambiarle una llanta pinchada, por que se le había refundido el gato… y así todo el  barrio no lo iba  a dejar tranquilo en la tarea que tenía en mente, darle un descanso al cuerpo y reactivar el alma. 

Para intentar salir de ese sopor que lo estaba consumiendo, desconectarse era la opción más acertada.

También tenía que tener claridad para hacerle la propuesta a Olivia, así que dirigió sus pasos hacia el malecón, caminar lo relajaba.

 

Oliva, si lo había notado diferente. Desde hacía unos meses, se acostaba temprano y no se quería levantar por la mañana, cada cosa que hacía le costaba como si hiciera más de lo que podía, se mostraba cansado y perezoso, lo cual era una novedad en él, de naturaleza siempre brioso. En su alegría tan presente había cambiado. Como sino tuviera razones de vivir, también en su trabajo, no lo  hacía del todo bien  y había que repetir con frecuencia sus escenas, tanto, que hasta ella, le había propuesto que se dieran un reposo, quizás un viaje. Pero él callado apenas asentía y a veces parecía como si le estuviera fallando además el otro ojo, como si las espinacas hubieran perdido su poder y estuviera sufriendo una tenaz enfermedad.

Al otro día de mañana muy temprano, no queriendo tomar por sorpresa con tal acto su alegre convivencia, llamó a su esposa.

  • Oliva, dijo, es hora de cambiar de rumbo.

Feliz se puso Olivia, pues a pesar  de  todo y con todo lo ganado y a pesar de que en el programa de su esposo ella no era un personaje secundario, pero a los dos se los había llevado por delante, dejando de lado los otros encantos de que no carece toda realidad.

Siendo Popeye un marino, no dejaba de dejar las huellas de sus pies marcadas por la playa, alternando el caminar y el reposar, como a cualquier otro, se sentaba en una piedra, en la arena, en un tronco dejado por la marea o en una cueva cuando el sol lo  demandaba, y curioso como era, se detenía aquí y allá y de esos paseos recogía todo tipo de cositas, semillas, palitos bien pulidos por el agua, frutas exóticas de quien sabe donde, con sabores y aspecto también desconocidos, piedrecitas brillantes del orden de preciosas, conchas, caracoles, lo que es del mar al mar ha de volver era uno de sus lemas, se repetía cuando pasaba con una bolsa sobre el hombro, cargada de basura, por  la mitad del pueblo y de lo cual, se había hecho a otra fama… la  de ser reciclador, tenía una huerta alimentada con compost y le mostraba a Olivia los tesoros encontrados,  siempre por las tardes y juntos se les veía pasar con ellos a dejarle al mar lo que era del mar y soñar con volver a visitar y conocer más de lo que estaba más allá.

Detenido ante tanta inmensidad como le mostraba el mar, agua y cielo  juntos lo hacían cabecear, en uno de esos paseos, al arrullo del ir y venir del vaivén del oleaje, multiplicado por el eco que producía la cueva donde se había metido, huyéndole al sol, escondido allí, fue tomado por el sueño en pleno medio día y despertado por  un objeto frío que había rodado hasta su pie, quizá traído por alguna una ola hasta golpearle el dedo gordo, si le hubiera dado en la cabeza no hubiera sido menos fuerte la fuerza del llamado, abrió los ojos como platos, dirigió la mirada hacia adelante y abajo, siendo y no siendo el Popeye que todos conocemos, y para él también desconocido, pues se sentía como una melcocha derretida, así y todo en un acto reflejo  mandó la mano a recoger aquello que hasta él le había llegado por obra y gracia de su suerte, era una botella de cristal con un corcho tapándole la boca. La levantó a la altura de sus ojos y así como

estaba sin saber si despierto o soñando le dio la vuelta la miró de arriba abajo y por todos lados. Le llegó como una nube algún recuerdo de las mil y una noches, uno de los pocos libros que tenían en un estante y de una de las lecturas que Olivia le había hecho y que como costumbre echaban de ojear hasta antes de apagar la lámpara y perderse en el  reposo de la noche, se le vino a la memoria la historia de los genios, de la lámpara maravillosa de Aladino y miró la botella como si estuviera en los estudios ya listo para escuchar: Uno, dos,tres, Cámara, Acción: tomó el corcho por la punta que sobresalía, en un un poquito, por el borde, dispuesto a sacarlo y mirar  qué había allí dentro.

Recapacitó un instante pues sus bríos de verdad estaban en creciente menoscabo, la sacudió y escuchó algo como unas bolitas que dentro golpeaban las paredes mientras agitaba la botella. Estando en esto, le llamó la atención algo en la etiqueta que venía pegada… tenía en color una reproducción de la prensa en cuña para moler aceitunas, siendo golpeada por dos hombres fortachones, así,que se hablo a si mismo: 

  • Esto debe ser un tónico, un reconstituyente.

Y sin importar el genio que estuviera allí dentro, la descorcho y se comió las aceitunas, una a una, dejando una manotada para Oliva, se sintió mejor sin duda y dijo en segunda instancia:

  • Nada de malo hay en ayudar las espinacas.

Y como todos sabemos y la experiencia muestra que si se mete un papel escrito en agua, se va deshaciendo con el tiempo y la tinta de letras y palabras va perdiendo claridad, se confunden el sentido de las frases y hasta se crean otras palabras y esto fue lo que encontró Popeye impreso

en la etiqueta: Olivias u Olivas, que al fin al cabo para él era lo mismo,  de Andalucía, España.

Dio un respingo al ver el nombre de su compañera en plural, en aquel lugar, en aquel objeto, que por el estado en que él estaba y la forma de aparición se le mostró como un sortilegio, que denotaba un viaje desde aquella región de España, Andalucía y tomándolo como una profecía, producto de un Oráculo, en tercera instancia, aseveró:

  • Listo, el viaje está listo.
  • ¿De turismo ecológico?, Popeye, pero que es esa ocurrencia, yo pensé en un hotel de cinco estrellas.

No más de tres cosas dijo  Popeye a Olivia.·        

  • Pero más me complace lo que dices, le respondió  ella, convencida hasta los tuétanos.

Y para qué son patitas, se puso de una vez en manos a la obra.

Ya estando adelantada la faena, las dos pipas de caña de maíz, el gorro blanco de marinero, la pantaloneta de bolitas, que tanto le gustaban a Popeye, ya guardados en su valija predilecta y los  lentes oscuros, envueltos en un pañuelo, por si le seguía molestando el ojo,  y como quien  no quiere la cosa, desde la habitación gritó a la sala.

  •       Mi amor, ¿llevamos unos tarros de espinacas?

Popeye cómodamente recostado en la tumbona,  con la pipa puesta a un lado, descansando de no hacer nada, como era ahora su costumbre, sintió aquella pregunta como un vaso de agua fría en medio de la cara y así sacado del reposo del impacto se puso en pie de un salto, acto seguido con su manaza acariciándo la barbilla, se puso a dar vueltas de un lado para otro, en tono pensativo, mientras Olivia, con los ojos puestos en lo alto y la cabeza ladeada prestaba oreja a ver  con qué respuesta le salía. La actitud meditativa de Popeye solo duró por un momento.

  • Llevemos unas cuantas.
  • ¿Cuántas son cuantas?, Popeye, replico Oliva

Otros pasos más marcando un ritmo por la sala, concentrado por dar con el número apropiado, pero era como si se le hubiera olvidado su paso por la escuela o como si en lugar de ir a clase de matemáticas se hubiera quedado jugando en el recreo y se le confundiera en la cabeza, sin encontrar la relación de la palabra: cuantas, con las cifras.

Después de un lapso  de tiempo, no despreciable.

  • ¿Serán pocas, no sé, o muchas, si llevamos  trece?, dijo Oliva, ocupada en cerrar algunas cremalleras, de dos maletas que ya estaban ajustadas.
  • Me suena ese número, llevémonos las trece, le respondió con tono agradecido, pues la aritmética nunca había sido su fuerte.

 

 

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