197. Chiclana 1811

Antonio Belizon Reina

 

 

El atrevimiento de Napoleón Bonaparte invadiendo nuestro país, le llevó hasta el sur de España; una vez conquistados diferentes enclaves de Andalucía, cedió las riendas de su imponente ejército a su hermano José, conocido en la provincia como Pepe Botella.

La ubicación de Cádiz se convertía en objetivo directo y decisivo para el devenir de la guerra, por lo que marchó hacia este emplazamiento gaditano con intención de tomar la llamada Tacita de Plata, asestando el golpe que podría ser determinante para lograr el triunfo total y adherir España al todopoderoso imperio francés.

Fuerzas inglesas y portuguesas al mando del general inglés, Sir Thomas Graham, se situaron adecuadamente en distintas zonas limítrofes, como Medina Sidonia, Tarifa y la Isla de León, la actual, San Fernando, en un intento de impedirles la entrada hacia la ciudad de Cádiz, baluarte español en aquel momento.

José Bonaparte ordenó al Mariscal Víctor que tomase la ciudad a cualquier precio, pero antes tenían que desarbolar la resistencia española, que salvaguardaba los principales reductos que hacían de parapetos como principal protección de la capital de la provincia.

Como si fuese un tablero de ajedrez, los batallones de una parte y de otra se dispusieron estratégicamente para no dar un paso en falso.

Tras una jornada de calma tensa, el primer paso lo realizó Ruffin, general gabacho, que intentó una maniobra de distracción comandando a sus temidos voltigeurs, una compañía perfectamente entrenada, con armas modernas para aquel tiempo, como eran sus mosquetes de largo alcance.

El general español Lapeña junto al general Pascual de Zayas intentaron tapar el flanco derecho del llamado Camino de Roche, produciéndose un primer cara a cara entre franceses y españoles, que contaban con los hombres que Wellington había trasladado a la península, más una legión de soldados lusos.

Por otro lado, en el llamado Caño de Santi Petri, se había producido una segunda incursión francesa, aprovechando el factor sorpresa del primer ataque, que los situaban en primera línea, al filo de la mismísima playa de la Barrosa en Chiclana.

Esta maniobra de los hombres de Bonaparte hizo que Lapeña ordenase a Graham

tapar ese descubierto, avanzando hasta Torre Bermeja, que era la puerta, la entrada de la playa, y provocó con su decisión el desabastecimiento de la Loma del Puerco dejándola casi indefensa.

Todo esto ocurría en una mañana fría, donde un molesto viento de levante empezaba a dar la cara, con una mar encrespada y un oleaje continuo que salpicaba la orilla de espumas de sal.

La playa de la Barrosa tiene forma de concha, donde uno de sus extremos termina en elevadas dunas repletas de flora típica de una zona arenosa.

Sobre ese montículo se extendía un acantilado rocoso, no demasiado alto pero difícil de doblegar si tienes que trepar por sus afilados riscos.

Arriba del todo, donde terminaba la colina, se abría una extensa pinaleta formando un sotobosque de pinos y abetos, rodeada de algún campo de cultivo, huertas y arboleda de cítricos y otras frutas.

En aquel enclave encantador, en aquel paisaje idílico se desarrolló la batalla de Chiclana del 5 de marzo de 1811.

Visto desde arriba, en el altozano, se divisaban las trincheras de los dos bandos que pugnaban por situarse en aquellos lugares donde poder refugiarse de las andanadas de los disparos y bombas que continuamente se lanzaban unos a otros, como también del fuerte viento, muy conocido en la zona, así como del enérgico oleaje que topaba con las rocas y dispersaba el agua por doquier.

En un lugar tan estratégico del litoral gaditano y genuinamente chiclanero como era la llamada “Torre del Puerco”, se dilucidaba aquel día del mes de marzo una de las batallas más cruenta de la guerra de la Independencia española.

El bramido de cañones y los escopetazos de mosquetes sonaron por doquier y en aquella inhóspita mañana la lucha cuerpo a cuerpo fue dejando un reguero de cadáveres.

Varias horas más tarde se hizo un silencio de miedo; una pausa sigilosa gobernaba tanto la parte baja de la playa como en las grandes dunas cercanas al acantilado.

Las tropas comandadas por Ruffin se replegaron escondiéndose en las trincheras cavadas en la misma arena de la playa.

Por la parte local, los soldados que quedaban en pie de las huestes inglesas y portuguesas formaron un contingente que avanzaron hacia Torre Bermeja, dando un rodeo por los campos del Sotillo, una extensa campiña cubierta de pinos, abetos y pinsapos, todo ello aprovechando la oscuridad de la temprana noche de aquel mes invernal.

La Torre del Puerco, era un reducto fundamental en las posiciones de ataques de los españoles, situado como un faro vigía para las incursiones por mar y psicológicamente, el rey si se jugara una partida del ajedrez, una pieza importante que no podía caer en manos del enemigo ya que se convertiría en un jaque mate.

Aquella noche nadie durmió, había tensión, nerviosismo, miedo y por ello, todos hacían guardias en sus puestos de combate.

Un centenar de chiclaneros con la ayuda y colaboración de otros tantos de Conil y una veintena llegados de Barbate, se pertrecharon entre lentiscos y matorrales para intentar parar el avance de la infantería francesa que intentaban subir por los montículos arenosos pegados a las rocas del despeñadero.

Se iba a convertir en una lucha desigual.

Era una guerra de guerrillas, con las armas que se tenían a mano, que en su mayoría eran aperos de labranza del campo, algún trabuco antiguo y varias escopetas de patillas, las menos, que había que morderle el cartucho para utilizar la pólvora y la bala, que en determinados momentos de su utilización tan repetitiva, soltaba la chispa correspondiente y ponía en ebullición a los restos del polvillo que se había derramado en el propio brazo, provocando quemaduras, heridas como si fuesen lesiones y mutilaciones del fuego amigo.

Aquella contienda tan dispar, debida a la superioridad militar del ejército gabacho, convirtió la lucha en una auténtica escabechina para los lugareños chiclaneros y los llegados de la comarca de “La Janda”.

El conocimiento del terreno por parte de aquella brigada española le hacía entrar en acción, dar el golpe y retirarse a unas cuevas cercanas, extraordinariamente disimuladas con una portada de ramajes y hojarascas, una especie de mimetismo que las hacían invisibles a los cada vez más confusos y desorientados soldados franchutes, que veían como les salían guerrilleros por todos lados.

Una y otra vez, los combatientes de uno y otro bando percutían con crudeza hasta terminar doblegado los valientes y decididos campesinos, en su mayor parte, a causa de su poca formación militar y su menor número de combatientes.

Había una tregua no escrita, no acordada, pero que servía para que cada bando retirase a sus heridos y fallecidos y fuesen, estos últimos, llevado hasta el pueblo, a pocos kilómetros de distancia del lugar del enfrentamiento.

En aquellas cuevas que hacía las veces de cuartelillo, de almacén, de guarida y hasta de hospital, se intentaba remediar los arañazos, los cortes de bayonetas y las heridas de bala con todo lo que te proporcionaba el campo que estabas pisando en aquellos momentos, ya que hasta allí no llegaba ningún destacamento que proporcionara asistencia médica y todo lo que médicamente sirviese para remediar las heridas de aquella brava milicia, y por tanto, tenían que buscarlas entre las plantaciones existentes por allí cerca.

Los alrededores de aquel inapropiado campo de batalla estaban cubiertos de algunas viñas, que cultivaban una magnífica uva palomina, principal ingrediente del mosto que se vendimiaba en Chiclana y que daba lugar a un vino fino típico en la comarca como era el fino Reguera.

Justo al lado, casi unido con las viñas, se levantaban una hilera de acebuches y olivos centenarios que siempre habían dado una excelente aceituna de mesa y otras diferentes, que se trituraban en una improvisada almazara de las de entonces, que proporcionaban un aceite que servía para todo.

Era, por llamarlo de alguna manera, el bálsamo milagroso.

Aquel aceite recién apretujado, unido y mezclados con diferentes plantas del lugar, tomillo, romero y otras, era mano de santo para aliviar y curar muchísimas heridas y golpes recibidos tras las escaramuzas.

En algunos momentos en que los soldados del ejército de Napoleón escalaban el acantilado y estaban a medio subir, se les rociaban con aceite hirviendo, tal como se hacía en aquellas legendarias batallas ocurridas en la Edad Media.

Se hacía todo lo posible para que aquellos despiadados franceses, que no tenían miramientos con su enemigo, no lograran el objetivo de llegar a la Torre.

Respecto a la comida, poca manduca había para llevarse a la boca. Alguna fruta de una arboleda perdida por aquellos andurriales, tomates y lechugas de un improvisado huerto encontrado por allí y lo poco que traían los encargados de arrastrarse unos kilómetros para llegar y volver de Chiclana con lo que se pudiesen, entre ellos, alguna hogaza de pan, que con el aceite por encima, hacía las delicias de aquellos combatientes, que se chupaban hasta los dedos cuando el líquido verdoso se derramaba sobre sus manos.

Algunas mañanas se convirtieron en verdaderos calvarios para muchos de estos soldados, que a falta de alimentos, comían de lo que fuese y algunos habían ingeridos unas desconocidas plantas que le provocaron una descomposición, unas diarreas de caballo y otras afecciones estomacales.

El mismo aceite de oliva sirvió para que en ayunas, un buen y generoso trago le sirviese para aliviar y remediar su despropósito, ya que a los pocos minutos aquel divino bálsamo realizaba su efecto reparador.

Hubo soldados que dormían con una alcubilla de aceite en sus manos.

De esta manera, las idas y venidas a aquella destartalada almazara, se convirtió en una ruta oleica obligatoria para aquel batallón tan desasistido y dejado de la mano de dios, posiblemente, con toda seguridad, este hecho se puede considerar la primera ruta que existió en la historia del olivocultivo.

Cuentan las crónicas humorísticas del pueblo, de este día y de los sucesivos, que la milicia chiclanera junto a los conileros y barbateños, nunca tuvieron unos tubos digestivos tan limpios y sus heces fecales, regadas por todo el contorno, tuviesen un aroma mucho más llevadero para las narices de los milicianos, porque que los que llegaban de la otra parte francesa dejaban mucho que desear.

¡¡Cuánto hubieran dado estos chicos de Bonaparte por un buen bidé!!

Los guerrilleros chiclaneros y jandeños recibieron a la mañana siguiente la inestimable ayuda de un batallón llegado desde Torre Bermeja, bien provisto de avituallamiento y suministros armamentístico, y sobre todo y principalmente, descansados y alimentados.

Fue la puntilla para el Mariscal y los suyos que agonizaron en su intento de tomar aquella colina, dejando sus vidas en ello y a la postre se rindieron a la fuerza local.

La batalla de Chiclana se convirtió en el inicio del desmembramiento francés y con ello el comienzo de su posterior retirada de la provincia gaditana, de la misma Andalucía y finalmente de nuestro país.

Hoy día el lugar, el contorno, la zona donde se produjo esta batalla lleva por nombre la ruta Napoleónica.

Es un extenso parque rodeado de plantas silvestres, arbustos, matorrales y rodeándolo, un maravilloso bosque de pinos, abetos y pinsapos, es decir el mismo paisaje, la misma pintura del mismísimo Goya que en aquel entonces.

Es un espacio creado por los rectores de la ciudad de Chiclana para recordar aquel episodio que marcó la libertad de España.

Por muchos de sus rincones, se pueden observar distintos monolitos que nos recuerdan en cada uno de ellos, un hito de aquella batalla, figurando los nombres de generales, capitanes y soldados que dieron su vida por la reconquista y libertad de nuestro país.

Un parque creado para el esparcimiento del que quiere dar una vuelta, de respirar aire puro, estirar las piernas, simplemente pasear por aquellos icónicos parajes.

Cuando penetras por aquella entrada y caminas hacia la loma, teniendo enfrente su torre, si cierra los ojos y te evades, es fácil que te traslade en el tiempo.

Tal es ese punto mágico de Chiclana, que entre el paisaje forestal y los recuerdos reflejados en esos monolitos, te metes como en un túnel del tiempo que te hace llegar a aquel 5 de Marzo y escuchas el ruido producido por los cascos de los caballos galopando entre matojos y retamas, el jadeo incesante de los soldados llevando encima su macuto de guerra, el olor de la pólvora recién disparada y piensas que en cualquier momento, detrás de un olivo o de un pino, te va a salir un gabacho, bayoneta en mano y espera que tras un lentisco surjan los valientes guerrilleros chiclaneros que acuden en tu ayuda.

El espíritu, el alma de los caídos en la Batalla de Chiclana se elevan en el aire hasta llegar al infinito y de esta secuencia nace la historia, la leyenda, la realidad de los ocurrido en la Torre del Puerco.

Cuentan los historiadores que en aquel día de invierno, un soldado español de la localidad de Santisteban del Puerto, afincado en Chiclana, sacó una botella de aceite de su tierra, botella que le había enviado su madre, de aquellos paquetes enviados al frente, confeccionado con el amor que solo una madre puede dar, y echó un chorro prolongado, generoso y auténtico dentro de un casco olvidado en el campo de batalla.

Ese casco contenía seis o siete tomates, unos pocos de pimientos, una hogaza de pan y media cebolla; con todos estos ingredientes, pudieron saborear un delicioso gazpacho mientras ondeaban al aire la bandera de España.