196. Acabar

Manuel Peris Junco

 

Quitó la capucha negra a su bolígrafo y lo apartó cuanto puedo. Lo mordisqueó con ganas, hasta que se desprendió el tapón superior en su boca. Lo escupió lejos y escribió: “Querida Leonora:”.

«Pero nunca la llamaba así. Para él siempre había sido Leo. No, no pondría Leo. Podría interpretar que nada había cambiado, y no quería darle falsas esperanzas».

Mordió desesperado el extremo del boli, hasta reblandecerlo. «¿Y querida? Si ya no la quería. Ese era el objeto de la carta. Bien pensado, se trataba de una forma de cortesía que se ajustaba al caso».

Alcanzó el capuchón y cubrió con él la masa informe del extremo. Escribió: “No quiero que te enteres de esto por ningún otro”. El capuchón tampoco sirvió para salvar sus acometidas. Lo prensó hasta casi fundirlo con el boli.

Sintió su estómago oprimido por un embarazoso hambre conejil. Se levantó de un salto y rebuscó en la cocina, pero tan solo encontró la barra de pan. Impaciente, su mirada recorría estantes y alacenas hasta que descubrió la botella de aceite de oliva. Al tomarla en sus manos la acarició, respiró profundo y alcanzó un platillo sobre el que vertió un tembloroso chorro del ansiado líquido.

Comió pan mojado en el aceite, al principio a grandes bocados que engullía, pero poco a poco actuó en él como un bálsamo lenitivo. Tras un último pedazo disfrutado con delicadeza, se sintió satisfecho. Recordó con esfuerzo qué tarea había interrumpido antes. Envolvió la totémica botella en una mirada de agradecimiento y se encaminó con calma al escritorio. Con el pulso sereno, se dirigió a su mortificado bolígrafo cómplice con un «perdóname» con el que comenzó la siguiente frase de su escrito.