195. Angelitos

Dr J

 

Las labores domésticas de Judith son sistemáticas. Comienza por lo más grande como pisos hasta una serie de angelitos en la pared principal.  Asea las piezas con una mezcla de olivo y ajenjo.  Es la actividad que más cuidado y tiempo requiere por eso no molesta a su esposo quien permanece echado en la cama.

Toca las pieles de 33 angelitos, colocándolos en hilera con sumo respeto a la sacralidad.  El tacto le produce una epifanía. Sentir esos rostros infantiles y sin sexo enternecen su religiosidad. Pero se santigua con desesperación, al contemplar una pequeña pero contundente aberración: uno de los ángeles, San Miguel, tiene la cabeza al revés, torpemente pegada y casi imperceptible.  Monstruosidad evidente solamente para ella. Le es imperativo un rezo ante la escultura demoníaca y engrasada.  Toca el cuello resaltado por la brillantez del menjurje.  Sospecha de la torpeza de esposo por eso lo mira enfurecida.  

Sueños de ahorcamiento devienen en la noche.

Al otro día, su esposo yace visiblemente en la cama. Los olores de aceite y ancianidad molestan. Deja al final la limpieza del grotesco ángel. El pegote en el cuello del ángel es notorio.  Lo toca con vehemencia de adoratriz. Esa cabeza le atraviesa como daga ardiente. Es otra mística, una verdadera experiencia. Duda demasiado. Exsuda el amor guardado por años gracias al leve roce del deforme. 

Hay un inusual esplendor en ese hogar. Sonríe, dientes aparecen en su rostro ensombrecido. Sus manos son afectadas por una especie de esfera invisible que protege la cabeza invertida. Se escucha una leve agitación. Debe oprimir fuertemente pues la esfericidad impide tocarla; hasta que, por su impetuosa fe acaricia nuevamente al ángel.

La cabeza del esposo con una línea delgada y violeta recorriendo el pescuezo, es el verdadero milagro.