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194.- La promesa de los trenes

Escoleño

 

Las calles de Los Encinares están vacías cuando el hombre sale de la casa. Lleva colgada una capacha de esparto y apoya sobre su hombro derecho el astil de un legón. Piensa en Ligera, a la que mataron hace tres años; la echa de menos cuando tiene que salir al campo. Los olivos a los que va están en el carril de Garciez. Por allí acaba de pasar el Casto con las ovejas; se dirigía a los barbechos de don Joaquín, como todos los días, bien temprano. Las ovejas han llenado el carril de cagarrutas. El polvo se levanta fácilmente y se le pega a las abarcas, por lo que el hombre decide atajar por las lomas, en los espartizales.

El frío de la madrugada se pega a los huesos y el hombre sospecha que va a llover. Todavía no ha salido el sol cuando llega al haza; no se ven las estacas que Marcelo, el capataz de don Joaquín, le encargó labrar ayer.

–Quítales los jamargos y los yerbatos rózalos en lo que se dice el ruedo –le mandó–. Y lábralas bien. Las camás las segaremos más adelante, cuando apriete la calor.

Ayer por la tarde la pasó en el quiñón y esta mañana el hombre pensaba regresar allí, pero al anochecer Marcelo fue a su casa y le dijo que había que labrar las olivas que don Joaquín tiene en Pajarejos. El hombre metió el legón en agua y la Juana preparó diligentemente la capacha. Se acostaron pronto.

El hombre hace años que no habla con don Joaquín; creyó que no le iba a avisar nunca más. Es Marcelo el que siempre acude a llamarle y el que le paga, siempre tarde. Otra cosa es que dé trabajo a Francisco cuando regrese. Pero el hombre confía en que lo haga; Marcelo y Francisco eran amigos.

Lejos, muy lejos, suenan las campanas de la iglesia de Jimena. Al hombre se le ha escapado la primera, pero consigue escuchar las otras cinco. El sol es perezoso en salir esta mañana, pero ya se pueden ver los troncones. El hombre se detiene un rato en el olivo que hace linde; deja allí la capacha y el agua y se quita las abarcas, que son nuevas; lo esconde todo entre las ramas. Después se queda escuchando y piensa en el largo silbido de los trenes que paran en la estación de Begíjar.

Marcelo le dijo que se pasaría más tarde. Siempre lo hace: llegará montando en la vieja yegua overa que le regaló don Joaquín y le indicará cómo debe labrar los olivos. Siempre está protestando.

El hombre comienza a arrancar jaramagos con la mano. Algunos salen sin dificultad; otros se resisten. Tiene las manos tan endurecidas que apenas si siente las minúsculas espinas que recubren el tallo. Diez años atrás llevó a Francisco a arrancar jaramagos. Por primera vez. El zagal no podía con algunos; otros los desenterró después de caer de espaldas por el esfuerzo hecho. El hombre había decidido sacarle de la escuela; la Juana hubiera querido llevarlo al internado de los curas o emplearlo como mozo en la tienda de la capital donde trabajaba su hermano. Quizá hubiera sido lo mejor.

Cuando el hombre termina de arrancar los jaramagos, coge el legón y comienza a labrar el olivo. Tiene cuidado de rozar bien los yerbatos que han quedado y de echar tierra sobre el troncón.

La primera luz de la mañana le permite contemplar la labor. Es agradable ver el trabajo que uno hace. El borde del ruedo está lleno de jaramagos que en unas horas, con el sol de abril, quedarán fláccidos. En dos días, estarán totalmente secos, todavía con un puñado de tierra agarrado a las raíces.

El segundo olivo tiene dos troncones, que se abren en direcciones contrarias. El hombre deja el legón en mitad de la camada y comienza de nuevo a arrancar jaramagos. Son grandes, porque aquella es buena tierra para los jaramagos. Cuando se agacha para coger el legón tiene el primer ataque de tos. Baja la cabeza y no trata de aguantarse. Sólo lo hubiera hecho delante de la Juana o de Marcelo. Afortunadamente, la tos se corta sin que tenga que ir al hato a echarse un trago de agua. Al principio el hombre creyó que era un resfriado mal curado, pero han pasado dos años desde los primeros ataques y éstos persisten. Ahora se cansa demasiado, más que antes. La Juana le dice a veces que se están haciendo viejos. Cuando regrese Francisco, el hombre dejará de dar jornales; bastante tiene ya con el quiñón.

Una paloma sale de las ramas del olivo al que se dirige. El hombre sube al troncón y observa los huevos. El pájaro ha volado chocando contra las ramas. Coloca una piedra entre los troncones para recordar el sitio. Después piensa que es lo que hubiera hecho Francisco.

En medio del olivar hay un blancar donde no crece hierba. Allí sólo han agarrado ocho o diez árboles raquíticos que apenas dan medio saco de aceitunas cada año. El hombre calcula que llegará a esos olivos dentro de dos días.

Marcelo aparece repentinamente; no son más de las ocho. El hombre sólo ha quitado una hilada.

–¿Cómo vas?

–Bien, bien. Hay mucha yerba.

Acaba de arrancar los jaramagos de un olivo; Marcelo coge el legón del suelo y, rápidamente, labra la tierra alrededor del troncón.

–Así tienes que hacerlo, que cunda más –le regaña.

No ha cavado mucho, ni ha cortado las raíces de los yerbatos, de modo que en unos días retoñarán.

Marcelo saca la petaca y prepara un cigarro. Hábilmente, lo enciende a la primera con el pedernal. No le ofrece al hombre, que hace más de un año que no prueba el tabaco. Ya ni siquiera lo cultiva en el quiñón; sólo guarda unas hojas secas por si regresara Francisco.

–Se está poniendo el día pa llover –dice Marcelo–. Viene una oscurana por la cañá de Grañena.

El hombre no responde nada.

Marcelo le observa trabajar durante un rato mientras fuma. Da cortas y pensativas caladas al pitillo. Repentinamente se despide y sigue carril abajo, caminando deprisa; no ha traído la yegua. El hombre se para a descansar cuando se queda solo. Las manos le sudan, por lo que debe restregárselas con tierra cuando coge el legón.

A las diez, llegan las cansadas campanadas de la iglesia de Jimena. El hombre lleva labrados unos veinte olivos, poco menos de tres hiladas.

Regresa al olivo donde tiene colgada la capacha. Todo lo llena el olor de hierba cortada. La Juana le ha echado media barra de pan y longaniza; a saber lo que almorzará ella. El hombre decide repentinamente ir a comer habas. Al otro lado del carril, en el haza de Froilán, están sembradas entre las hiladas de olivos. Le llevará unas pocas a la Juana para que las prepare en la cena: habas fritas con un huevo estrellado. Cogerá los huevos del nido de paloma, que están recién puestos.

Llena la capacha de habas y la cuelga entre las ramas de un olivo que todavía no ha labrado. Coloca también las abarcas que había hecho para Francisco y que utiliza desde hace unas semanas. El hombre se sienta; ha decidido descansar un rato. Ahora le estaría echando un coscorrón de pan a Ligera. Le dijeron que la galga estaba ahorcada en los olivos de Moragón, cerca del abeto de la fuente. El hombre desató el ramal y evitando pasar por el pueblo fue al barranco de los huesos. Allí arrojó a Ligera. Cuando regresó a la casa no dijo nada a la Juana. Ya tendría tiempo de enterarse.

Durante un tiempo los zagales entraron en el quiñón. Cortaban el caz con piedras y tierra, arrancaban las ramas de la higuera y robaban los higos. A veces se cagaban en los plantones de alcaparra. Hasta que se cansaron y comenzaron a olvidar. A Los Encinares llegó por fin otro cura; la Juana, los sábados por la tarde, barría la iglesia y la preparaba para la misa del día siguiente. Marcelo le avisó para dar jornales.

De vez en cuando, silenciosamente, regresaba otro encinareño de la guerra, cansado, envejecido a los veinticinco años. Saltaba en el apeadero de Begíjar y caminaban los diez kilómetros hasta el pueblo. Luis, el de los Prietos, quemó el uniforme antes de entrar en el pueblo, en Gindolín. Hizo una lumbre y lo tiró todo allí; solo guardó los botones, que rescató de las cenizas, y el cinturón, demasiado bueno para quemarlo.

El hombre les preguntaba por su hijo. Los que regresaban traían noticias del frente de Madrid, de Aragón, de la última retirada en Cataluña. Unos se habían pasado a los pocos meses, otros habían permanecido encerrados largos e inciertos meses en el campo de prisioneros, hasta conseguir el aval. Ninguno sabía nada de Francisco. Habían separado a los de su quinta en Albacete, los habían destinado en distintos batallones. Sí, regresaría, como ellos habían regresado. Acaso se pasó a Francia.

–¿Por qué tuvo él que pasar a Francia? –les preguntaba el hombre.

Quizá esté luchando en Rusia.

Los trenes que venían de Madrid siempre pitaban al llegar a Begíjar. Paraban furtivamente para lanzar una saca de correos o para dejar un pasajero, que se tiraba al andén. Después aceleraban, seguían su marcha hasta Granada o Almería.

El hombre oía los silbidos en la cama. En mitad de la noche se despertaba creyendo escuchar el tren de Begíjar. Pronto se dormía diciéndose que era imposible, que los silbidos solo se escuchaban más allá del cerro, nunca en Los Encinares. Sólo Lucas, que pasa el día en las esquinas, dice que oye el tren de Begíjar.

–¿No escucháis el pitío del tren? –pregunta a veces.

Tal vez lo dice por decir algo. Pero el hombre pasa las horas siguientes esperando que aparezca Francisco por el portón con el macuto al hombro, moreno, recio, hecho un hombre.

No hablaba de esto con la Juana, pero sabía que ella también pensaba en su hijo. Cuando limpiaba el arcón, sacaba y doblaba la ropa de Francisco. Y rezaba continuamente a la Virgen de la Ermita.

No le sorprenden los primeros goterones. “Cuando me enfríe”, piensa.

El hombre estuvo en la capital; esperaba que le dijeran dónde estaba Francisco. Con un mendrugo de pan envuelto en una servilleta, el hombre se puso en camino; tres horas desde Los Encinares. La Juana ya estaba despierta, el hombre la sintió despierta, pero no le dijo nada aquella mañana; ya le había abrumado de advertencias por la noche. Las recordaría mientras se acercaba a los cerros del Jabalcuz, a espaldas de la capital.

Él hubiera preferido dejarlo todo en manos de don Joaquín. Pero la Juana creía que era mejor no meter al patrón. La guerra terminó hace ya mucho tiempo, tres años, casi cuatro. Los tiempos de antes de la guerra, de huelgas y protestas, quedaron atrás. Pero don Joaquín nunca podrá olvidar lo que le hizo Francisco.

La capital de la provincia le pareció al hombre una ciudad diferente, más grande de lo que recordaba, llena de casas nuevas cerro abajo, en la carretera de Madrid. La gente iba bien trajeada, y abundaban los uniformes verdes. El hombre trataba de descubrir en los rostros de los soldados los rasgos de Francisco.

Le preguntaron el nombre de su hijo. El hombre apenas podía decir nada más; no había sabido de él en siete años, cuando se marchó con los otros mozos del pueblo.

–Los separaron a todos en Albacete –le dijo al capitán, que tenía una recia y rencorosa grieta en la mejilla.

–¿Se pasó?

Le cuesta responder. No, Francisco seguro que no se pasó.

–No lo sé. Le dije que debía hacerlo, que no se metiera en problemas.

El ceñudo militar añadió algunas palabras al folio que había sacado cuando adivinó por fin lo que el tímido campesino quería. Tiene una letra torcida, apretada. El hombre no sabe lo que puede estar escribiendo.

–¿Perteneció a algún partido de izquierdas?

Francisco llevaba a casa folletos de la UGT y sacaba libros de La Casa del Pueblo, que leía trabajosamente bajo la luz del caprichoso candil. A veces la Juana le preguntaba qué estaba leyendo; el hombre nunca lo hacía, sólo le importaba que por la mañana su hijo estuviera dispuesto para salir a los campos de don Joaquín.

–No, no perteneció a ningún partido.

Francisco participó en las huelgas que se organizaban continuamente. Vivían entonces en la casa de don Joaquín en Pelotoso. Ardieron algunos cortijos en Jódar y Bedmar, incluso en Jimena, pero ninguno en Los Encinares.

El capitán le dijo al hombre que buscarían a su hijo. Los soldados de la República hacían la milicia en el ejército nacional, o permanecían en los campos de prisioneros. Había que evitar que los culpables de crímenes y violaciones salieran libres. Así se lo explicó al hombre el capitán de la cicatriz.

Le hablaron de las listas en el gobierno civil, las listas donde estaban los afiliados a los partidos del Frente Popular y todos los que aparecían en los registros de La Casa del Pueblo. En Los Encinares, a finales de marzo, cuando corrió el rumor de que Madrid había caído, quemaron La Casa del Pueblo; dijeron que habían sido los falangistas, esos que de noche llenaban las paredes de pintadas cada vez más amenazantes. Mucho después Marcelo presumió de haber sido uno de los incendiarios.

–Le enviaremos una carta cuando sepamos algo –le dice el funcionario–. Escriba aquí sus datos.

El hombre confiesa que no sabe escribir, por lo que es el funcionario quien tiene que escribir su nombre. Habían arrancado el letrero de la calle. Durante la República la llamaron de Ferrer Guardia; antes era la calle de Alfonso XII. Ese es el nombre que el hombre da. Al principio de la calle, cerca de la plaza, había estado La Casa del Pueblo. Ardieron todos los libros y quizá los registros. Desde que la quemaron había permanecido cerrada, aunque decían que se la había quedado don Joaquín.

El hombre ya ha labrado otros dos olivos después de descansar. El cielo sigue adornado con negras nubes, pero ha dejado de llover. Hace un rato ha creído escuchar un pitido apagado procedente de la estación, pero ha sido demasiado corto

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