193. Prismas

Freya

 

Las vitrinas son puertas dimensionales  y atractivas.  Su transparencia está para dejar entrever su contenido y a la vez, para que el viandante distraído tenga un sentido de la ciudad. Son paralelepípedos que interrumpen el circuito cotidiano.  Algunas pequeñas están colocadas por fuera del establecimiento comercial.  Hay maniquíes en diversas poses. Hacen del comercio, el sitio ideal del mundo humano.  Lo que está en su interior como la joven de sonrisa permanente —expresión tal cual cicatriz en su cara—  o las botellas de aceite de oliva, parecen estar a la venta.

Pero la forma de prisma es enigmática. Invierte la noción de exterioridad y quién cree ser el comprador en realidad es la mercancía. Entre los que habitan diariamente esos locales comerciales, lo económico se rige por otros algoritmos.  Se vende tiempo, para contemplar la reacción de quien con su seguridad exige atención. Las botellitas solo sirven de celada. Y en la lógica de esos seres, el precio está dado por las reacciones: una risa, el fastidio ante las cucharadas de prueba, la gruesa nariz olfateando el producto, la maledicencia. La joven de la sonrisa cicatrizada es quien  mejor maneja esta trampa de la economía, bofetea  a aquel que se atreve a ofrecer dinero por algo más que su amable venta. El atrevimiento previsto hace parte de la economía.

Son puntos extras al final cuando recibe la quincena.