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193.- El plan del olivo

José Augusto Petitfour

 

¿Por qué es que cortan las ramas? La respuesta es simple (sí, ya lo sé, la simpleza suele enfermarse de complejidad): porque deforman al árbol. Esa es la respuesta que recibiría cualquiera que ose a hacer la pregunta al podador. Y puede que hasta sea verdad, porque, si lo miramos desde un punto de vista superficial, cualquier cosa que altere la forma se puede interpretar como deformante. Pero también puede ser que lo absoluto no sea más que un error al cual las limitaciones de la ignorancia no nos permitan objetar, algo para lo que nuestra experiencia aún no nos haya preparado. ¿Qué hacer entonces? Tal vez lo más sincero sea repasar la acción con la finalidad de obtener más experiencia de la propia experiencia.

Bien, el hecho es el siguiente: cada año, el podador, sube a nosotros (los olivos) y, con un serrucho y otra de las herramientas que le son propias, corta las ramas que no sirven. Luego de esto, baja de la planta y traslada sus herramientas hacia el próximo árbol para repetir el proceso. Esta es, en concreto, la experiencia para analizar.

¿Con qué finalidad procede de esta forma el experto (el podador)? Según sus propias palabras, él quita las ramas que al árbol no le sirven. Todas las ramas que van hacia arriba lo único que hacen es dar altura al olivo, dificultando así la cosecha del fruto del mismo (la aceituna). Según esta lógica, si se quitan las ramas que crecen por el centro y que apuntan hacia el cielo, el árbol mantendrá una altura mínima y el cosechador (otro experto de la misma raza que el podador) podrá hacer su tarea fácilmente. Es por esto que el podador, años tras año, repite siempre la misma tarea.

Entonces, bajo este punto de vista, el podador, no es otra cosa más que un benefactor del árbol, un educador del olivo. Sin su benévola intervención nosotros, por nuestros propios medios, no podríamos ser aptos a servir en la naturaleza. Terminaríamos completamente deformados e inútiles a nuestra finalidad. Además, nuestro fruto, sería un total desperdicio. O, al menos, eso es lo que él argumenta.

Ahora pongámonos, por un momento, en la corteza de las ramas que crecen hacia arriba. Qué es lo que tienen que entender ellas de su naturaleza: ¿que es totalmente dañina?; ¿que hubiese sido más fructífero un aborto que su nacimiento?; ¿que sólo han venido a arruinar la existencia de su madre y hermanas, perjudicando con su vida las de ellas?

Tal vez sea porque me es muy doloroso asumir estas últimas reflexiones, ya que estamos hablando de hijas mías y también parte de mi ser, que me niego a su veracidad y me atrevo a cuestionar las razones del podador. Es cierto que si el árbol toma el sentido que ellas le quieren dar, la tarea de los cosechadores va a ser, en principio, más difícil para luego tornarse en imposible; no lo niego. Sería muy necio tratar de objetar eso. Pero… ¿Quién me afirma que el podador es un benefactor? ¿Quién en toda la creación podría asegurarme que él en realidad no persigue nuestro bienestar sino el suyo propio?

¿Qué tal si el podador, en realidad, no desea educarnos sino formarnos a su antojo? De esta manera él se aseguraría tener el árbol bajo su control y su alimento no correría ningún peligro… eso sí, sólo sería “su” alimento y el de nadie más. Así él se aseguraría su supervivencia a costa nuestra.

Propongámonos otro proceder, por ejemplo, saquemos las ramas bajas y demos fuerza a las que buscan las alturas. Qué diferencia terminaríamos por obtener… Sólo un árbol alto, inalcanzable para la raza de cosechadores. Esta sería la verdadera diferencia. Ahora bien, sin nuestros cosechadores explotando nuestro fruto: ¿Estos terminarían por desperdiciarse? No, señor, seríamos unos completos necios en creer esto. Lo que en realidad ocurriría sería que otras especies se nutrirían de nuestras aceitunas. En principio serían las aves, claro, ellas se llevarían la primera selección, pero eso sería sólo un primer eslabón de la cadena. Los frutos que no llegaran a ser aprovechados por las aves (que serían muchos, ya que éstas son unos depredadores mucho menos voraces que los cosechadores) llegarían a su maduración y se caerían a la tierra, donde servirían de alimento a todas y cada una de las especies que de su nutrición necesitasen, incluidos los propios seres humanos (raza que incluye, entre otros, tanto a los podadores como a los cosechadores). De esta forma, lo que el podador plantea como un desastre, sería una distribución más equitativa del alimento que nosotros producimos, por lo tanto, un aporte más amplio para la madre naturaleza, que es, en definitiva, quien nos nutre a nosotros y a quien deberíamos rendirle cuentas.

Si lo miramos así, entonces, el podador no es en definitiva quien dice ser. Es más, sería un producto nocivo para nuestro desarrollo, un limitador de nuestro potencial. ¿Qué pasaría si el podador, en vez de ser un humano, fuera un pájaro? La respuesta es lógica, actuaría del modo contrario al actual. Buscaría cortar las ramas bajas y dejar las altas para ganar él (como ya antes dijimos) la primera selección.

Y es que, seamos sinceros, ¿a quién en toda la faz de la tierra no le causa mala espiga el escuchar decir que la rama que va hacia arriba es la que está equivocada? Sólo a una especie tan ilusa como la nuestra, los olivos, nos pueden dejar tranquilos escuchar tal barbaridad. No entiendo cómo podemos llegar a ser tan inocentes como para dejarnos convencer con este argumento. Hemos sacrificado nuestro posible crecimiento; nos hemos negado la posibilidad de ser verdaderos árboles y contentado con morir como miserables arbustos, sólo para facilitarle la tarea a los seres humanos.

Esta última idea me congela la savia. Es cierto que, ya antes, algunos comentarios similares se habían pronunciado en el micelio, pero jamás en toda mi existencia había cuestionado la verdadera función del podador. Es la primera vez que me atrevo a escuchar el calvario al cual sometí a mis ramas más fructíferas y me avergüenzo de esto. Debo reconocer que siempre había sentido el deseo natural de crecer alto, pero, hasta ahora, nunca creí sabio el alimentar dicho sentimiento. Y lo peor de todo es que el podador volverá; volverá y una vez más cortará las ramas que persiguen la cercanía del cielo como meta. Algo debo hacer para empezar a cambiar el futuro… pero qué ¿Cómo puede competir mi inmovilidad contra su agilidad? Si pudiese, al menos, tener la libertad de desprender una de mis ramas para aplastarlo e impedir así que arremeta contra mí; pero ni eso. Si no es por voluntad del despiadado podador es por la desmedida fuerza del viento; pero nunca porque yo así lo quiero. La inmovilidad es la gran barrera que ha cercado mi voluntad toda mi vida. Tengo que idear un plan para vencerla…

¡Esa es la clave! Yo nunca tendré la independencia que asegura el movimiento, no asumirlo sería demorarme, pero puedo hacer que otros seres se muevan por mí. En cierta manera, no sería algo nuevo, es algo que siempre he hecho. Es más, hasta el propio cosechador puede servirme de ejemplo: él se sube al árbol sólo porque yo le permito llevarse mis frutos, pero si se los negara, encontraría esto como un acto inútil.

La estrategia adecuada sería buscar un nuevo aliado, en principio, para después ir reclutando cada vez más tropas. Toda teoría llevada a la práctica se enfrentará con inconvenientes que necesariamente, para alcanzar el éxito, se tienen que ir corrigiendo al andar, por eso lo más importante siempre es dar un primer paso y confiar después en la improvisación. No tomar ningún recado es luchar a favor del enemigo. Esto siempre fue así, en cada revolución que se ha dado en la historia del planeta, los innovadores empezaron siendo la fuerza más débil pero los estrategas más flexibles. Esta es justamente la desventaja que sufre el poderoso, ya tiene sus fichas colocadas en el tablero y está obligado a no alterarlas, sería una irresponsabilidad imperdonable cambiar el método que los mantiene en el poder si no existe la necesidad, y aun cuando la necesidad se presente, seguirán aferrados al método mucho más de lo necesario, es un adormecimiento consecuente a haber convivido con el confort. Y, actuar a favor de las falencias del oponente es siempre una estrategia eficaz.

Dicho esto, nuestro primer aliado deberán ser las aves, pues es a la que con nuestro vasto poder de acción más podremos influenciar. Procederemos de la siguiente forma: después de haber expuesto mis argumentos en el micelio y reclutado, en principio, a mis similares (los olivos) en defensa de nuestras ramas mutiladas, concentraremos toda nuestra savia en alimentar los frutos que crecen en altura. Todos nuestros mejores nutrientes estarán allí, donde sean inalcanzables para el cosechador. De esta forma nos aseguraremos que los pájaros se sirvan de lo mejor de nosotros. Este, en apariencia, sencillo hecho, no será para nada intrascendente, logrará que los pájaros aceleren en su evolución. Uno está hecho de lo que se alimenta, y si se alimenta de lo mejor, mejor se hace. Las aves irán desarrollando virtudes inéditas para su historia, y, más temprano que tarde, se darán cuenta de que sus logros son consecuencia de quedarse con la primera selección de los alimentos. Y digo alimentos porque, a esta altura, de seguro, ya habremos reclutado a otros frutales que padecen el mismo trato que nosotros. De hecho, toda la naturaleza actual está sometida de distintas formas, es por eso que el reclutamiento no nos presentará mucha resistencia. Nuestro proceder será tomado como un ejemplo a seguir en cada exposición que se haga en el micelio y se tornará en el ideal de todo el bosque. Entonces los pájaros se nutrirán con lo mejor del planeta, esto provocará lo ya antes resaltados. Al ir evolucionando, las aves, se irán dando cuenta de la importancia de tener la primera selección de los alimentos a su servicio, por lo cual, empezarán, con sus picos, a podar las ramas más bajas para dar altura a todos los árboles. La vanidad que caracteriza a los humanos, propia de toda especie que llega a reinar sobre las demás, hará que, en un principio, esto pase desapercibido. Este será un tiempo propicio en el cual nosotros tendremos que aprovechar para encontrar nuevas estrategias para nutrir a otras especies que puedan aliarse a los pájaros, he aquí un margen que tendremos que llenar con la improvisación. Para cuando toda la creación ya haya dejado de estar al servicio del hombre, quizás recién ahí, él se preocupará. Fiel a la naturaleza, querrá imponer la ley del más apto mediante la batalla. Comenzarán lo que pasará a la historia como “Las guerras de las podas”, y el resultado dependerá de cuanto habremos hecho evolucionar a los pájaros y a sus aliados con respecto al ser humano. Claro que lo nuestro no terminará allí, tendremos un papel mucho más trascendental en la batalla. Y lo mejor de todo es que nuestra actuación resultará invisible a los ojos de los hombres, lo que aumentará su letalidad. Nuestra prioridad será negarle cualquier tipo de alimento al enemigo. Desperdiciaremos todas nuestras virtudes con tal de someterlos a la hambruna más rigurosa que cualquier catástrofe anterior los haya expuesto. Seguiremos con la costumbre de dar nuestros mejores frutos en la altura, pero, esta vez, haremos totalmente infértiles a las ramas bajas, debilitándolos al extremo. Además, haremos más finas a las ramas altas y le negaremos flexibilidad. ¿Por qué? Porque es fácilmente deducible que el ser humano, en su desesperación por alimentarse, llegará a treparse a extremos que lo expondrán a caídas mortales, hecho que acentuaremos al darle fragilidad a nuestras ramas, siendo responsables activos de estas bajas.

Pero deberemos ser sigilosos, mientras más tiempo podamos ganar para alimentar a las aves sin que el hombre se dé cuenta, más altas serán las probabilidades de victoria. Las aves aún son muy inferiores en fuerza como para desafiar al hombre. De nuestra perseverancia depende la eficacia del plan. Y entonces sí, dejaremos de estar obligados a ser tímidos arbustos para poder aspirar a transformarnos en frondosos árboles.

 

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