192. Una boda de mañana que fue al anochecer

Juana Delgado Robles

 

Ya estaban los invitados en la mezquita cordobesa.

La novia llegó de negro con diadema de princesa. El novio estaba muy triste con la mano en la cabeza. Novio y novia en el altar comenzaron a explicar. Comentaron sus motivos: ¡No se podían casar!

—¿Motivos? ¿Y qué motivos? —proclamaba el padrino colorado como el vino—. ¡Estos dos se casan hoy como que me llamo Juan! ¡Si no es a la una a las diez se casarán! ¡Nos bajamos al convite mientras ellos se adecentan y vamos cogiendo sitio, las bebidas se calientan!

Los invitados bebían, los novios aún no llegaban. ¡Nadie sabía qué era ni tampoco qué pasaba! Cuando el hambre apretaba y miraban los relojes, aparecieron los chicos eufóricos dando voces.

Solo el niño de Lucía se lo pasaba genial: entraba y salía al estanque vestido con el pañal.

La comida deliciosa, exquisiteces, por cierto, cocinadas con AOVE traído de algún convento.

¡Benditas manos de monjas que los olivos mimaban, recogían las aceitunas que ellas mismas cuidaban!

Pequeñas botellas de aceite todos los años envasan y la madrina las compra y después las decoraba.

Las botellas aplaudían extendidas en la mesa, como regalo de bodas a toda la concurrencia; ¡con el paso de las horas de pena languidecían!, y en la mesa se quedaron, pues, corriendo tras la novia… ¡¡a las diez, se fueron los invitados!!