191. Epifanía

Innuendo

 

La angustia es cabeza, algo descentrado y descorporeizado. El cráneo de Holofernes es una desesperación imposible de acongojar ante mis ojos. En su testa deformada por el corte, subyace un dolor. No me importa su dueño, solamente esa esfera que me mira a lo lejos como una monstruosidad sagrada.

—En las antiguas escrituras, el extranjero es tan solo una cabeza sin vida —insiste mi padre, al solicitar la prueba de solidaridad con nuestro pueblo. Cuando guardo la ensangrentada pieza del dictador, todo en derredor es una imagen abominable. En el éxtasis de mirar mi labor realizada, borrar todo sufrimiento es posible.

Los colores dorados y argentados de esa cama —que fue suya como un trono—  hacen del cuerpo otro ser.

No puedo reconocerlo. Quien daba su vida por mis besos, es tan solo una masa amorfa con barba ungida de olivo. La muerte no borra al otro, lo hace otro, inconmensurable. A la vera del esplendor de la imagen, la sonrisa de lo terrible se asoma entre mi hacha y su testa.

Su rostro florece como epifanía.