190. Cambuche

Jhon Felipe Benavides Narváez

 

—¡Aprovechá mientras puedas, miserable burgués!  —grita al hombre encadenado. Ella conoce su posición de poder, por eso somete al hombre a ser esclavo de la piel ungida de aceite de oliva y perfume barato. Para evitar que su sexo no desfallezca ante la posición incómoda, el hombre —cuyo nombre no importa— persigue una hormiga roja por el pecho abultado; un extraño pensamiento cruza en ese instante, al ver a esa mujer gimiendo con la seguridad de su último placer. Los helicópteros se sienten cercanos. La mujer es una figura camuflada de rojo en ese cambuche.

Ella —amazona de una guerra sin fin— espera estrechar a su improvisado amante con los mismos brazos que alguna vez fueron tentáculos asfixiándolo. Tenerlo ahí, por la necesidad de caricia, es algo que prefiere mientras pasa el ejército.

Su orgasmo es tan fuerte que sirve de guía a los soldados.

Los primeros en llegar testifican la terrible escena: el cuerpo del secuestrado con un tiro en la sien y sus labios aferrados a una mujer vestida de camuflaje quien sigue amándolo mientras dura la erección. Sus gritos de placer son la única certeza de humanidad en esa montaña.