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189.- El paquete

De Rosa

 

El ruido provenía de la parte alta del olivar, esa donde la pendiente se hacía casi imposible de salvar, al menos para él. Ricardo no estaba para esos trotes. Pero aquel ruido, mientras desvaretaba olivos aquella mañana de julio, no podía ser nada bueno.

Aceleró el paso y comenzó a salvar la pendiente. Se tuvo que agarrar varias veces a algún olivo y, posteriormente, apoyando las manos en el suelo y reptando hasta salvar los últimos metros de cuesta.

Estaban bonitos los olivos, pensó. Casi diez años tenían, ya casi en plena producción. Olivos de un solo pie para ser recolectados cómodamente. Y redonditos, bien redonditos. Eso era culpa suya, que era quien se encargaba de podar y guiar a los que se contrataban para tal menester. Estaba orgulloso del trabajo con esos olivos, y de esa finca, aunque no fuera suya.

Cuando alcanzó la parte más alta de la loma vio el fuego.

¿Qué sería aquello que ardía entre las claras de los olivos?

Estaba muy lejos de la carretera para que fuera un coche. Y menos por el ruido que había hecho. Aunque hubiera chocado contra uno de los olivos no habría hecho ese ruido, eso lo sabía bien. Pero, ¿qué era?

Decidió acercarse, no sin temor, sobre todo, a lo desconocido. Alguna idea fantasiosa le pasó por la cabeza, pero ya no era un niño para creer en ovnis y extraterrestres. Sin embargo…

Un fuerte olor a combustible impregnaba el ambiente conforme se acercaba al objeto. Se tapó boca y nariz con la manga para evitar tragar el fuerte olor y el humo.

Con los ojos un poco llorosos pudo ver una especie de cola con una pequeña hélice, como de una aeronave, pero era pequeña para cualquier aparato que él conociera.

Pensó en un dron. Últimamente los chavales tenían cosas de esas, pensó, pero él creía que esos aparatos eran eléctricos, que no tenían combustible. Además, por lo que él sabía, no eran tan grandes como aquello que divisaba.

Cuando estaba a pocos metros vio la cabeza de la aeronave, sin duda alguna, un pequeño helicóptero. Pero, ¿cómo había caído entre los olivos? Observó los alrededores y vio la encina que reinaba entre aquel olivar. Una encina vieja, centenaria, que tenía las ramas superiores desgajadas.

El pequeño artefacto había tocado las ramas superiores de la encina y se había precipitado al suelo sin poder coger altura, o al menos, eso es lo que parecía.

La encina medía poco más de cinco metros de alta. ¿Qué helicóptero volaba tan bajo? ¿Y por qué una ruta tan extraña?

Jamás había visto uno por esa zona en sus treinta años de trabajo en la finca. Aquello no le olía bien, y no era solo por el combustible y la aeronave medio quemada.

En ese momento vio algo de movimiento en la cabina del pequeño helicóptero. Decidió acercarse por la zona donde no había llamas. Cuando llegó vio a dos hombres, de unos treinta años, en el interior de la aeronave. Tomó el pulso del que estaba en el sillón izquierdo, que, aparentemente, estaba muerto. Y así era. Sus constantes, al menos el pulso, eran inexistentes. El otro hombre le quedaba un poco más lejos. Puso una rodilla entre las piernas del fallecido y logró llegar hasta él. Tomó su pulso en el cuello y aún tenía latidos, aunque parecía inconsciente. Decidió cortar el cinturón de seguridad que llevaba puesto para liberarlo y poder sacarlo de las llamas. Sacó su navaja de campaña y cortó la cincha. El cuerpo se movió un poco y el hombre balbuceó algo.

Con el sobresalto tocó con la cabeza el techo del helicóptero. Se repuso y acercó su oído a la boca del accidentado. Éste, sin abrir los ojos, volvió a balbucear y él creyó entender algo.

“El paquete”, fue lo que entendió.

Miró a su alrededor para ver si había algo más dentro de la nave. Al pasear la mirada por los asientos no pudo ver nada, pero justo detrás del asiento del fallecido vio un paquete. Parecía como un pequeño ladrillo envuelto en un papel marrón y con cinta adhesiva transparente alrededor.

Miró de nuevo al hombre y este abrió los ojos en actitud suplicante. Volvió a balbucear y Ricardo prestó atención.

“Yo solo soy el piloto” dijo con un gran esfuerzo, cerrando los ojos de nuevo.

Ricardo dudó en coger el paquete o no. ¿Quién le daba vela en ese entierro? Pero el hombre no parecía mal tipo y, al recobrar la consciencia, lo primero que le había preocupado era el paquete y le expresaba que él no tenía nada que ver con aquello.

No sabía qué era el paquete, aunque lo intuía. Pero ese piloto se había metido en eso él solito. O a lo mejor no había tenido más remedio que hacerlo. No creía que un piloto de helicóptero tuviera mucho trabajo. Seguía dudando, pero tenía que tomar una decisión, y la primera debía ser llamar a las emergencias para socorrer, al menos, al que aún vivía.

El hombre volvió a balbucear algo.

“No quiero que mi niña lo sepa”. Estaba desvariando, pensó Ricardo.

Y volvió a dudar. Ese hombre no solo estaba preocupado por su estado, sino por su familia y que no supieran que estaba metido en algo que Ricardo intuía. Justo antes de coger el teléfono móvil para marcar el 112, cogió el paquete. No pesaba más de un kilo, por lo que fue fácil tirar de él y sacarlo del helicóptero. Por suerte, las llamas parecían estar extinguiéndose. Eso le hizo acercarse hasta el hombre que estaba vivo mientras marcaba el número de emergencias en el móvil.

— Emergencias, buenos días — se oyó al otro lado de la línea.

— Buenos días— saludó Ricardo— Ha habido un accidente de helicóptero en la finca “Las Lomillas” de Algara.

— ¿De helicóptero? — preguntó la voz de mujer del otro lado.

— Sí. Un helicóptero pequeño. Yo estaba desvaretando los olivos y escuché un ruido fuerte. Me he acercado y hay un hombre muerto dentro y otro vivo.

— No los mueva— le respondió la mujer.

— Solo he cortado el cinturón del que aún vive para que pueda respirar. Parecía que no podía respirar bien.

— No toque nada del helicóptero— siguió la mujer— Ya hemos dado el aviso y van para allá ambulancias y la guardia civil.

Ricardo miró el paquete que tenía en la mano. Y no supo qué hacer. Venía la guardia civil y no quería que lo vieran con el paquete en la mano. Así que decidió alejarse de la escena un momento y esconderlo entre los matojos que había en los olivos. Estos olivos eran los siguientes en ser limpiados, por lo que aún tenían algunas hierbas y varetas. Allí nadie percibiría nada. Y, al menos, el hombre estaría tranquilo. Cuando volvió hasta el helicóptero el hombre había muerto. Que pasara lo que tuviera que pasar, pensó.

En pocos minutos llegaron varios Patrol de la guardia civil y varias ambulancias. Un camión de bomberos acompañaba también, aunque las llamas ya se habían extinguido.

Los guardias civiles inspeccionaron los alrededores y la aeronave después de sacar los cuerpos de los dos tripulantes, que yacían sobre sendas camillas en el suelo, con una manta térmica por encima.

Los agentes parecía que buscaban algo en concreto y, de vez en cuando, se miraban con expresión ambigua. Las miradas de los guardias, en algunos momentos, se dirigían hacia él.

Ricardo esperaba paciente a los agentes que le habían dicho que se esperara a una distancia prudencial, para poder hacer su trabajo. También le dijeron que después le tomarían declaración del suceso. Estaba nervioso e intentaba no mirar hacia el olivo en el que había escondido el paquete.

Terminaron relativamente pronto los agentes de registrar la nave y se dirigieron a él. Intentó aparentar serenidad y contar todo tal como había ocurrido omitiendo, como era lógico, lo del paquete.

Saludaron los guardias civiles a Ricardo y preguntaron.

— ¿Su nombre?

— Ricardo Castro.

— Nos han dicho desde la centralita que escuchó un ruido y vio el helicóptero.

Ricardo contó con todo lujo de detalles desde el momento en que escuchó el ruido mientras desvaretaba hasta que llegó al helicóptero en llamas. También les contó que uno ya estaba muerto cuando llegó y que el otro estaba con vida, por lo que cortó el cinturón que, al parecer, le estaba ahogando.

— ¿Dijo algo el que estaba vivo? — preguntó uno de los guardias civiles.

— Balbuceó algo, pero no lo entendí — mintió Ricardo.

— ¿Cogió algo del interior del helicóptero? — siguió preguntando el agente.

— No, solo corté el cinturón después de tomarle el pulso — continuó mintiendo.

— Está bien, Ricardo. Esté usted localizable por si tenemos alguna pregunta más.

— Estaré en la almazara de la finca. Está en la parte de abajo.

Se despidió Ricardo de los agentes y emprendió el camino hacia la almazara. No tenía ningún interés en lo que fuera que tuviera el paquete, aunque ahora estaba seguro de que sería droga.

Se alejó de la escena del accidente rápido y apresurado en dirección a la pequeña almazara que había en la finca, en la que se molían las aceitunas de esa parcela y de otras de Arturo Castilla, el dueño, que le tenía contratado a él y a dos personas más con contrato fijo, el gerente de la almazara Eduardo Chía y el maestro molinero Mateo Varas. A lo largo del año se contrataba a más gente para las tareas más estacionales como recogida y poda de los olivos.

Al llegar al pequeño edificio, de solo dos líneas de molienda de aceituna, estaba Mateo esperando en la puerta. Se dirigió en su dirección y el maestro molinero le dijo:

— ¡Vaya mal rollo!

— ¿Lo has visto? — preguntó Ricardo, incrédulo.

— No. Lo han dicho por la radio. No he querido salir del molino y dejarlo solo. ¿Qué crees que hacía un helicóptero por aquí?

Ricardo se encogió de hombros por toda respuesta y entró en el edificio, aún extremadamente pálido del shock por todo lo que había ocurrido en la mañana. Se dirigió hasta la oficina, donde se hallaba Eduardo, que había llegado a la empresa hacía unos siete años, era más o menos de la edad del hijo de Ricardo.

— Mañana ajetreada, Ricardo — le dijo el gerente.

—Y tanto — dijo, escuetamente, Ricardo —. Voy a limpiar las tijeras y la sierra para tenerlas listas para mañana.

Ricardo se fue, dejando a Eduardo con algo más de conversación en los labios, pero el gerente entendió que no tuviera ganas de hablar de lo que había visto.

Se fue hacia el edificio donde se hallaban los bidones de aceite y comenzó a pensar en el lugar más idóneo para esconder el paquete. Esperaría hasta que se fuera la guardia civil y se despejara el terreno para volver a por él. Tenía un sitio, en la cabina de mandos de la almazara, donde se encontraba el ordenador que gobernaba la maquinaria, que creía que podría ser el idóneo para esconderlo. Se fue hasta allí y localizó el lugar. Solo tendría que estar ahí un par de días sin que lo viera nadie. Después ya vería que hacía con él.

Según tenía entendido, y no es que él supiera mucho de eso, un kilo de cocaína, serían aproximadamente unos 60.000 euros, si era hachís sería algo menos. Eso le solucionaba poco a él, ya que no lo había hecho por el dinero, lo había hecho por el piloto, y por su niña.

Cuando pasaron un par de horas y se despejó el terreno de guardias civiles, ambulancias y bomberos se dirigió hasta el olivo donde había guardado el paquete, lo cogió y lo llevó hasta el escondite. Terminó las pocas tareas que le quedaban y se dirigió a su casa.

Había percibido en el guardia civil que le había tomado declaración que no le creía. Camino de su casa escuchó en la radio la noticia del helicóptero caído y que probablemente tendría algo que ver con drogas, por la extraña ruta, el pequeño aparato y el vuelo tan bajo. Ahí se dio cuenta de por qué el agente no le creía.

Esa noche estuvo inquieto y soñó con un coche, conducido por un tío suyo, que tenía que entrar en una finca por un acceso, pero prefirió entrar por una especie de boca de túnel, parecido a una madriguera, pero del tamaño de un vehículo. El coche aceleraba y aparecía en mitad del llano volando y cayendo en picado en la tierra. Él intentaba correr, pero un olivo viejo lo sujetaba con sus ramas por los brazos.

Se despertó sobresaltado. Eran las seis de la mañana y en poco más de una hora quería estar en la finca desvaretando. Se lavó, se vistió y desayunó. Lo hizo todo mecánicamente y muy rápido. Su mujer le miraba extrañada, pero no decía nada. Sabía lo que había pasado, excepto lo del paquete. Pensaba que Ricardo estaría en shock.

Llegó a la finca y se fue directo a los olivos a empezar con la faena. Poco más de una hora después llegó Mateo al lugar para decirle que estaba la guardia civil esperando en la almazara. Se dirigieron en silencio hacia el edificio.

Cuando llegaron estaban los agentes esperándoles con dos órdenes de registro, una para la casa de Ricardo y otra para la almazara. A Ricardo se le demudó el rostro. Miró a Mateo y a Eduardo, que había salido de la oficina para recibir a los guardias. Éstos le dijeron que ya habían estado en su casa y que su mujer, muy solícita, les había permitido registrar la casa, sin hallar nada.

Mostraron la segunda orden a Esteban, éste asintió y permitió a los agentes entrar en el recinto.

Los guardias civiles registraron palmo a palmo la bodega, la almazara y se dirigieron a la cabina. Ricardo cada vez estaba más nervioso. Accedieron al habitáculo y comenzaron a registrar con orden y sin dejar nada fuera de su sitio. En el momento en que miraban debajo del tablero del ordenador a Ricardo le recorrió un escalofrío por la espalda hasta llegar a la nuca, de puro miedo. Los agentes se levantaron y dijeron:

— Aquí no hay nada.

Ricardo respiró aliviado y sorprendido, gesto que no se le escapó a Eduardo que estaba acompañando en el registro.

— Vayamos a la oficina, que es lo único que nos queda — dijo uno de los agentes. Esteban asintió con gesto despreocupado.

Cuando llegaron y revisaron todo. Uno de los agentes preguntó:

— ¿Tienen algún sitio donde guardar cosas?

— Sí — comenzó Eduardo — Una caja fuerte.

— ¿Quién tiene acceso a ella?

— Solo don Arturo Castilla, como dueño y yo, como gerente de la empresa.

— ¿Tiene don Ricardo Castro acceso a ella? ¿Puede saber la contraseña? — preguntó de nuevo el agente.

— En ningún caso — afirmó categórico Eduardo — La contraseña se cambia con asiduidad y solo la conocemos nosotros dos.

— Está bien — finalizó el guardia civil —. En ese caso, nosotros hemos terminado. Entiéndanos Ricardo, sabiendo lo que sabemos del helicóptero pensamos que debía haber algo de mercancía. Y usted fue la única persona que estuvo en el lugar del accidente. Posiblemente, tirarían la mercancía.

Ricardo asintió mientras los agentes se despedían y se iban. Mateo se dirigió hacia la almazara y Ricardo se giró para terminar sus tareas cuando Eduardo le dijo que se quedara.

— Veo que estás sorprendido, Ricardo.

— Pues sí, Eduardo, estoy sorprendido.

— No pensarías que iba a dejar que una tontería nos pusiera en peligro, ¿No?

— Pero, ¿cómo lo has hecho? — preguntó Ricardo.

— Te vi entrar con el paquete y cómo te dirigías hacia la cabina. Supuse que lo esconderías allí.

— Pensaba que estaba solo en la almazara. Ya se había ido Mateo — se justificó Ricardo.

— Me demoré un poco y te vi.

— ¿Y dónde está el paquete?

— En la caja fuerte. ¿Pensabas que iba a dejar que la abrieran?

Ricardo se encogió de hombros. Eduardo siguió.

— Nos ha costado mucho esfuerzo que la empresa y la marca lleguen hasta aquí. Que tengamos renombre. Y no iba a dejar que una cosa así nos hundiera a todos, y menos a ti. Ya sabes el cariño que te tengo, Ricardo, eres como un padre para mí, y no sé los motivos por los que habrás hecho esto, pero no creo que sea por dinero, tampoco dejará mucho un paquete así— Eduardo se explayaba—. Así que esperaremos unos días y después cogeremos el paquete y lo destruiremos lejos de la almazara.

— Por su hija — dijo Ricardo.

— ¿Cómo?

— Lo hice por la hija del piloto. Me lo pidió él — dijo Ricardo con los ojos acuosos, de miedo, de alivio y de gratitud.

Eduardo asintió, pensativo, y golpeó con cariño el hombro de Ricardo con la palma de su mano. Ricardo se abrazó a Eduardo y rompió a llorar.

 

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