188. Aedo

Bautista

 

Adora tanto a Asunción Silva que resuelve ser uno con él. Lo imita hasta en el atuendo. Adquiere la proeza del mimetismo, antes que la del verso. Aprovechando su ascendencia, se deja la barba rala para que su semejanza sea más notoria. La cubre de aceite de oliva como lo haría su maestro. Entre sus colegas, nadie niega el parecido. Nadie puede, eso sí, comprobar la cercanía con los textos del aedo colombiano. Ha declarado el amor por su hermana, tal cual, lo hubiese deseado el poeta de sus entrañas. Y como todo es un cálculo en su vida, ha comprado unas flores para dedicarle el verso más complejo que interrumpa la sanción social por el incesto. Tiene cuarenta años, una década más que la edad del suicidio de Asunción. No es impedimento para hacer de su final todo un ritual versado. Cuando lleva el revólver Smith & Wesson para asestar el tiro en su corazón, la calle se le abre profusamente.  Un auto en contravía no entiende de poesía ni de rituales de amor, y lo arrastra varios metros.

¡Y era una sola sombra larga! Su último y gran verso, su cuerpo extendido en la lánguida y carmesí calle.