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187.- La niña del olivar

Elvira Teruel Rubio

 

Desde que era una niña paseaba por los olivares recorriendo uno a uno los olivos y parajes que los arropan, contemplando la flora y fauna de los alrededores. Hacía mi paseo diario cogida del brazo de la señora, dueña de todo el olivar y su cortijo. Todas las mañanas la acompañaba en sus largas caminatas por las veredas y caminos, y en silencio, la llevaba hasta la orilla del río mientras rezaba para sí misma un rosario que llevaba en su mano izquierda. A la vuelta me contaba bonitos cuentos, tenía mucho arte.

La señora era una mujer pequeñita, de andares suaves y movimientos lentos. Su pelo rubio y liso iba siempre recogido en un moño. Así dejaba ver su cara ovalada con la tez suave y blanca como la nieve en la que destacaban sus profundos ojos azules. Era hija única de un acaudalado terrateniente de Granada y eso la convirtió en una niña rica desde su nacimiento, criada entre sedas, algodones y mimos. Llegó a nuestra tierra cuando se casó con un apuesto joven de la comarca de Baza con el que siempre tuvo un matrimonio feliz. Madre de dos hijas, María y Ana las cuales venían en verano a visitarnos al cortijo. Aunque no tenían nada que ver con la forma de ser de su madre, tenían la elegancia y el saber estar, pero les faltaba su dulzura.

La finca de la señora era muy grande, toda llena de olivos, pinos, encinas y alcornoques. También había mucho pasto para los grandes rebaños de ganado que corrían libres por las laderas y cada noche volvían a los corrales para recuperar fuerzas. Allí el capataz y los peones trabajaban con tesón de la mañana a la noche. No había horario fijo, la tierra no tiene descansos, ni festivos. Siempre había algo que hacer, aunque fuese estar sobre aviso por si tenían falta de agua, por si aparecían plagas, la poda o la recolección del fruto.

Cada mes de mayo florecían los olivos y eran dignos de ser admirados por el paisaje que dibujaban junto al resto de flores y plantas típicas de la zona del norte de Granada. Era la época más bonita para disfrutar del cortijo. Río abajo crecían las flores; en sus dos orillas, saltos de agua, goterones y caminos. Todo se tupía de margaritas, violetas y primaveras. Había una cascada al lado del cortijo que se cubría del color amarillo de las primaveras y se convertía en un lugar mágico para sentarse a escuchar el relajante sonido del agua al chocar con las rocas. El alegre y suave olor de las violetas que había en la bajada del camino al olivar llegaba hasta la cascada, rodeada por enormes nogales, y se producía el encantamiento.

A partir de esa época a los olivos no les podía faltar el agua. El caudal de la cascada iba a aparar a un sinfín de acequias que recorrían toda la finca. Estaban reguladas por portones de riego a través de los cuales se dejaba paso al agua clara, cristalina y helada. Se les daba riego para que no se abochornasen sus típicas flores llamadas esquimo y que crecen en racimos. Cada pequeña flor tiene cuatro pétalos blancos en forma de cruz y su centro amarillo anaranjado. Cuando caen parecen nieve de primavera.

Aunque su floración era breve, duraba lo suficiente para llevar a la señora a pasear entre los olivos y que pudiese contemplar la bonita estampa. A pesar de sus torpes pies, débiles y cansados, y al polen del olivo que le causaba estornudos a cada rato, paseábamos cada mañana sobre el suelo cubierto por un manto de pétalos blancos. Y así caminábamos de la primavera al verano, acompañando a la maduración de la aceituna poco a poco, sin prisa, al paso de la naturaleza.

Durante los meses de verano solíamos bajar con la señora al pequeño merendero situado en la parte baja del caserío, era la zona de recreo para sus dueños y también para lugareños y forasteros. En la orilla del río jugábamos toda la tarde escuchando el cantar de las hojas de los árboles y del viento hasta en los días más serenos. Y qué decir de los jilgueros que volaban entre zarzales, chopos y sargales, escogiendo sus mejores ramas para hacer sus nidos pequeños y perfectos. Palo a palo, hebra a hebra y rama a rama conseguían una obra maestra hecha con su pico y sus patas.

Mis días favoritos eran aquellos en los que hacíamos excursiones por los senderos y cuevas de la sierra que rodeaba la finca con los nietos de la señora. Tenían un todoterreno verde y amarillo en el que cabíamos todos. En la parte delantera iba la señora y mi padre conduciendo. En los asientos de en medio iban los más mayores y los más pequeños iban en sillitas en el maletero descubierto. ¡Qué recuerdos!

Cuando volvíamos nos reuníamos todos para cenar y hacíamos nuestras verbenas privadas en la puerta del cortijo. Pero pronto acababa el verano y comenzaba la escuela, en esa época no estaba la señora en la finca porque volvía a Granada ¡Qué breve era lo bueno! Ella lo inundaba todo de paz, le rezaba a todo el pasto y al ganado. Emanaba una luz angelical que no he olvidado. Nunca conocí a una mujer igual, que transmitiese tanta paz al estar a su lado.

Con el otoño comenzaba la limpieza de las calles y los ribazos, se iba acercando la cosecha. Al mismo tiempo las choperas empezaban a amarillear y formaban en el suelo una gran alfombra de colores otoñales desde el amarillo al ocre. Caían una a una las hojas de los nogales, membrilleros, cerezos y todos los árboles frutales que rodeaban la parte baja del plantío, el sitio donde se sembraba el huerto que abastecía de frutas y verduras a todas las personas que vivían en la finca.

Cuando se recolectaban las uvas del enorme parral que había en el cortijo y se hacía el vino ya se podía recoger la variedad de aceitunas de agua, que se recolectaba más temprano y a mano. Se recogían una a una las aceitunas del olivo para no se machacasen, para partirlas y usarlas como aceitunas de mesa aliñadas con tomillo y ajo. La elaboración de las aceitunas era casi un ritual. Antes de partirlas y aliñarlas se pasaban por agua varios días. Lo hacíamos en el ‘caño’ una fuente de agua fría y cristalina que emanaba en el cortijo desde hacía cientos de años, y aún lo hace.

Así iban corriendo los días y cayendo las hojas, menos las del olivo cuyos frutos se encontraban en plena maduración. Las aceitunas moradas iban cambiando su color día a día hasta ponerse totalmente negras, entonces estaban listas para su recolección. Como cada año, se llenaba el cortijo de las cuadrillas para la recogida de la aceituna y la señora volvía para la cosecha. Había gente joven por todas partes y las risas inundaban todos los rincones hasta pasado el día de reyes.

Cada mañana se reunían en la era con el capataz y el encargado para ir al tajo donde se habían quedado el día anterior. Los hombres se subían a los olivos y los avareaban. Desde abajo, sobre unos enormes fardos, las mujeres iban limpiando tallos y ramas. También recogían los frutos que se caían al suelo. Luego las envasaban en sacos y así todos los días desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde.

De vuelta al cortijo se escuchaban de nuevo las risas de las cuadrillas más cansadas de estar todo el día trabajando en el campo, pero siempre con buen ánimo. Aún recuerdo esa buena armonía que había entre ellos cada día al regresar a sus casas mientras el tractor cargado de aceituna iba rumbo a la cooperativa. Donde se hacía el aceite de oliva, tan necesario en nuestra cocina y tan apreciado por sus incalculables beneficios. ¡Por algo lo llaman el oro líquido!

Así noventa días o más si el mal tiempo interrumpía el trabajo. Algunas veces nevaba mucho y no se podía trabajar ni ir al colegio. Entonces era el momento de jugar a cazar gorriones con un garbillo en el suelo nevado. Cuando terminaba la cosecha lo celebrábamos en casa de la señora con chocolate y tortitas, y los mayores con cuerva y palomitas. Era nuestra tradición particular con la que agradecíamos a la tierra y a los árboles lo que nos habían dado y pedíamos para que al año siguiente la cosecha fuese igual o mejor.

Hoy recuerdo esos días con añoranza y orgullo de haber crecido en un entorno privilegiado. Rodeada de personas maravillosas y olivos centenarios cargados de historia, tradición y legado. Olivos que han ido pasando de unas manos a otras y que acaparan la mirada de todos los que no tienen la suerte de poder recordar su infancia y escribirla sentados en el tronco de un olivo en un día soleado como lo hago yo ahora mismo.

 

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