186. Semillas

Manuel Jiménez Barragán

 

El niño Pepillo el Plátanos iba acostado sobre un serón lleno de aceitunas. Lo habían tapado con unas mantas viejas de esas que se les ponen a las bestias bajo la albarda para que no se lastimen. Al vaivén del paso del mulo creyó que lo acunaban, que era muy niño. Un pajarillo, con una nana de la aceituna en las alas, dando besos le cantó «el pío-pío»; al poco, cansado, se durmió. Soñó que el cuerpo le ardía, como cuando la Niñamora, aquella que una vez le dijo que eran novios, le dio dos besos en las mejillas. Fue como si llevaran gasolina, las mejillas se le encendieron, toda la cara le ardió, todo el cuerpo era lumbre. Así se sentía, pero ahora no estaba allí, encima del serón, entre olor a sudor de mulo y aceituna podrida la Niñamora. Quien ahora lo había besado no era la Niñamora; era la Nanamuerte.

Pepillo tenía seis años, era el menor de una familia de diez hermanos. Todos ellos, incluido el más pequeño, formaban parte de la cuadrilla de aceituneros de don Jerónimo, un cacique de los tiempos antiguos de finales del xix. Época en que los niños no tenían tiempo de ser niños; se hacían pronto hombres.

A Pepe le gustaban mucho los plátanos, lo enloquecían. Desde la mala hora en que los vio, y sufrió verlos comer, solo pensaba en ellos: acariciarlos, besarlos, olerlos, oírlos, pelarlos, lamerlos… masticarlos. En la casa de su amigo Guillermo, el hijo de don Jerónimo, siempre había plátanos. Allí estaban por kilos apilados sobre una mesa de la cocina; adornaban, relucían como lingotes de oro. Las criadas de la casa a Guillermo le pelaban los plátanos. Pepe vivía extasiado el momento de quitarle las hebras, lo maduro que se había puesto algo negro. Otras veces era la madre, o el padre, los que obligaban a Guillermo a comerse el plátano; porque al niño no le gustaban. Nunca a Pepillo le ofrecieron uno, ni las hebras ni las máculas ennegrecidas; ni, que con eso se hubiera conformado, las cáscaras, que una vez sin que lo vieran las devoró y nunca una cosa tan deliciosa había probado.

La familia de Pepe vivía en una casa que pertenecía a don Jerónimo. Como el padre trabajaba en sus fincas, el dueño le había cedido una vivienda. Era una planta baja con una sola habitación que servía de cocina, de dormitorio, de cuarto de estar. En un rincón cerca de la chimenea, sobre la tierra porque no había pavimento, estaba el camastro de Pepe. Allí lo había ubicado la madre por temor, el niño tenía mal aspecto desde que nació, a que a los otros hermanos les contagiara alguna enfermedad, y para que estuviera más caliente junto al rescoldo.

Se sentaba en el suelo frente a la chimenea. Una tablilla de lavar ropa, puesta del revés sobre las rodillas, le servía de mesa de dibujo. Siempre pintaba lo mismo: plátanos. Los dibujaba casi perfectos, con todo detalle, de tres colores: verdes, amarillos, dorados. Plátanos y plátanos en papeles de toda clase y procedencia. Los guardaba, los escondía por temor a que se los quemaran como alguna vez ocurrió. Por cualquier rincón de la casa salían; así como lo hacen las moscas, las hormigas o las tristezas. Pintaba con unos lápices que la señora, en un desprendido gesto navideño, regaló para los Reyes Magos a los diez niños.

—Es una caja de doce colores, todavía te sobran dos si le das un lápiz a cada uno —le dijo la rica ama a la madre cuando se la dio.

—Muchas gracias, doña Clara, dele también las gracias a don Jerónimo —le contestó con la sonrisa más grande y genuflexión interrumpida. Por fin sus hijos iban a tener unos regalos decentes.

Poco caso hicieron los niños, que ninguno iba a la escuela, de los lápices. Solo Pepillo los utilizó; pronto gastó de la caja los tres colores con los que pintaba. Pero consiguió muchos más cambiando a su amigo rico lápices por nidos, ranas o piedras mágicas que encontraba en el campo; o por las fantásticas historias de la Niñamora. Tantos plátanos pintó que los niños comenzaron a llamarlo Pepillo el Plátanos.

—Madre, ¿por qué no compra usted plátanos? —preguntó en una ocasión.

—Nosotros somos pobres, eso es comida de señoritos —fue la respuesta. Pepe pensó en la suerte que tenían los señoritos, le hubiera gustado ser uno. Lo bien que estaría con una mesa llena de plátanos su casa; por la noche no harían falta ni velones ni candiles.

Pepillo era íntimo amigo de Guillermo, siempre que podían estaban juntos. Con él jugaba las escasas horas en que descansaba de los mandados de sus padres y el otro no tenía escuela.

A Guillermo le gustaban las historias, no sabía que eran dos veces inventadas, de la Niñamora. Nombre que le pusieron a una chiquilla, algo mayor que ellos, que tenía rasgos agitanados y que había llegado de Almería con sus padres para los trabajos del agosto. Era vecina de Pepe, el amo también a esta familia le había dejado una casa. A Pepillo, la Niñamora, le contaba unas historias de princesas pobres que el niño escuchaba embobado. Luego él se las repetía —añadiendo brujas, gigantes y caballos— al hijo del amo.

Ocurrió que una vez no solo pintó un plátano, también lo comió. Un día, en que estaba muy enfermo y todos creyeron que se moría, su madre le compró un plátano. Era lo que se hacía en las tierras de Jaén en las familias pobres; como una despedida, un homenaje al pronto difunto. Una comida extraordinaria que cuando se podía era lo máximo: un poco de jamón. En el caso de Pepillo fue un plátano. A escondidas se lo dio la madre y a escondidas se lo comió el niño.

Pepe no murió, sería cosa del plátano, de la suerte, o milagro del cielo; pero salió de aquel trance con la extrañeza, también regocijo, de todos. Y con los remordimientos de la madre por haber gastado, para nada, una fortuna en un plátano.

El niño asoció la enfermedad con los plátanos, así que solo quería enfermar para que le compraran uno. De nada le valió.

—¡Qué malico estoy! ¡Qué dolores tengo en el corazón! —voceaba, con las manos en el pecho, lo más convincente que podía.

—¡Tienes que hacerte duro! A mí me duele todo el cuerpo y no me quejo —decía el padre sin mirarlo siquiera.

—¡Qué calenturón tengo! ¡Estoy ardiendo! —La madre que, como todas las madres, era más difícil de engañar, le tocaba la frente y no hacía caso.

Y de ansiar estar enfermo pasó a por nada del mundo querer estarlo; fue una argucia de la madre.

—Mira, Pepe, mañana empezamos la aceituna. Ya sabes que por tu jornal don Jerónimo nos da una panilla de aceite. Si en toda la campaña no te pones malo y trabajas todos los días, cuando terminemos te compro un plátano.

—¿De verdad me lo dice? —Se había quedado boquiabierto, como un pasmarote, tragaba torrentes de saliva y con fiebre auténtica provocada por la emoción.

—De verdad te lo digo.

—¿Muy grande?, madre, ¿un plátano grande?

—El más grande que haya.

Pepillo, llorando emocionado, se abrazó al regazo de la madre; cosa extraña porque en aquella casa esas cosas no se hacían, el padre no lo toleraba.

—Juro —y, como era costumbre en los niños de aquel pueblo para que el juramento fuese máximo, escupió en el suelo y se llevó el dedo pulgar a los labios para besarlo; lo que significaba la muerte antes de romper el juramento— que no me pondré malo en la aceituna y trabajaré todos los días. ¡¡Lo juro!!

Pepillo el Plátanos comenzó a trabajar en la recogida de la aceituna con la cuadrilla de don Jerónimo. Además de su familia también iban más trabajadores; en total cerca de treinta. El padre era el manijero. Pero esto era malo para él, ya que le mandaba peores trabajos que a los otros niños, «tenía que hacerse duro».

El trabajo de Pepe era casi siempre el de «culero». Consistía en recoger las aceitunas que el «esporteador» se dejaba. Barría con las manos para amontonarlas y echarlas en una esportilla. Otras veces, al aventar, las limpiaba de terrones, piedras y hojarascas. En ocasiones llevaba los mulos cargados a la almazara del amo. Nunca se quejó del trabajo.

Toda la cuadrilla conocía la promesa del niño de no enfermar, el premio del plátano.

—¡Venga, Pepillo! ¡Ya queda menos! ¡El plátano es tuyo! —le decían con animosas risotadas.

—¿Dónde vas? —preguntó el manijero a su hijo—. ¡Si ahí no hay aceitunas!

—Padre, tengo sed.

—¡Ven! —Lo cogió por el cuello, casi a la rastra—. Los hombres beben en las pisadas de los mulos y no pierden tiempo. ¡¡Bebe!!

Lo había llevado donde los mulos estaban; los cascos hundidos en el barro dejaban huecos que se llenaban de agua.

—Tiene mosquitos —objetó Pepillo.

—¡Sóplalos!

Bebió agua, mosquitos, pajas y lo que hubiera entre el olor a océano de los cascos.

—¡Ya sabes donde tienes que beber siempre! ¡Tienes que hacerte duro! ¡Ahora a trabajar!

Había llegado enero y aún quedaba la mayoría de la aceituna por coger. Pepillo, sin parar de temblar de frío o de otra cosa, se afanaba en recoger los restos que el esporteador dejaba. Había caído aquella noche una escarcha negra. Los olivos quedaban casi desnudos al quebrarse las ramas con los palos de los vareadores; en el suelo abundaban ramilletes de un verde asustado y mustio. Antonio, el hijo mayor de la familia, para quitarse el frío vareaba dando palos brutales con unos saltos tremendos a cada varillazo. Estaba descalzo, no era por farolear; le gustaba una muchacha del pueblo y por la noche iba a darse paseos por la calle donde ella vivía. Como solo tenía un par de zapatos no quería que se le mancharan. «Ese es un hijo para presumir, no el Plátanos, que cada día vale menos», decía el manijero con unos gritos desaforados. Pepillo miró con admiración a su hermano, al volver los ojos al suelo notó que una gota de sangre lo manchaba, rápidamente puso sobre ella un puñado de hojarascas.

En febrero, al estar más madura, la aceituna se desprendía del árbol con mucha facilidad. Los vareadores tenían tiempo de gastar bromas, de trabajar sin tanto agobio, de ver más cosas.

—No llega. No termina la campaña; este pronto entrega la cuchara. Una petaca de tabaco me apuesto.

—Dos apuesto yo.

Estas frases y otras del mismo tipo se decían entre risas, entre gestos tapados y palabras que solo el cercano compañero oía. Se referían a Pepillo el Plátanos. Se hablaba en voz baja; no lo oyera el manijero, o su mujer, o sus hijos.

Ya nadie le hablaba del plátano, el premio que no conseguiría. Lo miraban con lástima; todos pensaban que no le quedaban muchos días de vida.

Pepillo estaba ojeroso, débil como un trapo, apenas podía con el peso de las aceitunas de la espuerta; iba casi arrastrándose. Con frecuencia daba patadas en el suelo para tapar algo, con la manga se limpiaba la nariz.

—Pepe, ¿estás bien? —El niño se hacía el sordo—. ¡Pepillo, hijo! ¿Te pasa algo? ¿Estás bien?

—Sí, madre.

—¿De verdad?

—De verdad, madre. ¿Quedan muchos días?

—Pocos, pronto terminaremos.

Pepillo el Plátanos procuraba irse; a su madre siempre le costaba mucho engañarla. No quería que viera la sangre que le caía de la nariz y de la boca, que se diera cuenta del trabajo que le costaba hablar y respirar. Cuando le entraban las ganas de toser se llevaba las manos a la cara para silenciar el viento bruno que le salía como un disparo y del que estaba lleno. Su plátano, el gran plátano prometido, le daba fuerza para seguir en el campo y trabajar como el que más.

Llegó marzo, llegaron los mediados de mes; terminó la aceituna. Y acabó el día, el último de la campaña. Volvían al pueblo, Pepillo el Plátanos era feliz. Había ganado un plátano, el más grande que hubiera, su madre se lo iba a comprar; no había enfermado en todo el tiempo de la aceituna; ni un día de trabajo había perdido.

Un aceitunero de la cuadrilla, sin importarle lo que el manijero dijera, subió al niño a un mulo. Lo acostó atravesado, tapándolo con mantones, en un serón lleno de aceitunas. Nadie dijo nada, la madre fue a agarrarlo de una mano, no se fuera a caer. Los que caminaban delante, los que marchaban detrás, iban cantando coplillas:

«Aceituneros del pío-pío,

muertos de hambre, muertos de frío».

—¡Madre, madre! ¿Está usted?

En el oeste se ponía el sol, una nube inmensa se había acostado en el horizonte; era brillante con el crepúsculo, de oro.

—¿Qué quieres, hijo? ¿Estás bien?

—¡Mire, mire! —Señalaba la puesta de sol, la nube grande—. ¿Es ese el plátano? ¿Mi plátano?

—¡Sí!, ese es —contestó con los ojos en el resplandor del poniente. La madre notó en su mano un leve apretón, inocente agradecimiento. Al rato, sintió que, con el compás del paso del mulo, la vida de su hijo, como un agua que no podía agarrar, se le iba, poco a poco, escapando. Entre las aceitunas se metía, por el camino se derramaba; lo mojaba, lo calaba muy hondo. Los que iban detrás, los que marchaban delante, como si alguien lo hubiera mandado, callaron sus canciones. Caminaban en respetuoso silencio, con tristeza, con conformismo manso. Pero con una extraña sensación, como si respiraran un aire nuevo: un raro olor a tierra recién regada.

Pepillo se moría, lo supo con seguridad la madre cuando lo bajaron del serón y lo tomó en brazos. Dentro de la casa le lavó las manos de alpechín, la cara de sangre y barro; lo secó como si lo amortajara. Arrimó el camastro frente a la chimenea y encendió candiles, por si venía la gente. Hasta el hermano grande se calzó por si aparecía su moza.

La casa estaba llena, el niño dormía. Ya no abría los ojos con los ataques de tos, ni a los fuertes estertores. De golpe, sin permisos, se abrió la puerta y entró el dueño de todo, traía un plátano en la mano. El padre, a la vista del amo, fue rápido a despertar a Pepillo.

—¡Mira, mira, Pepe, lo que te trae don Jerónimo! ¡¡Un plátano!!

Agitó el cuerpecillo para que despertara; nadie sabía que era la primera vez que a su hijo abrazaba. Quizá por eso, por ese abrazo desacostumbrado, el niño abrió los ojos.

—¡Toma, para ti! —dijo el ricachón mirando sonriente a la concurrencia. En su mano tenía un plátano que ofreció al niño.

—Pepillo miró el plátano, al señorito; tenía los ojos llenos de las llamas nunca quietas de los candiles.

—¡No lo quiero! Tiene manchas negras. Me traes el plátano que a tu hijo le da asco. Yo tengo uno mejor, el más grande del mundo. Nunca me has dado y ahora vienes con uno podrido —dijo con una rapidez, con una fuerza que asustaba. Los presentes estaban atónitos de la lucidez del niño, de la valentía; jamás a don Jerónimo nadie así le había hablado.

—¡Madre, madre, lléveme a la ventana para ver mi plátano! —Ella lo cobijó en una dulzura de brazos y lo asomó.

—¡No está!, ¿dónde lo ha guardado? ¿Lo ha escondido para que no me lo quite el señorito?

—Hijo, ya es de noche. Tu plátano está ahora detrás de las estrellas.

—¡Ah, vale! Entonces iré a por él, con el trabajo que me ha costado ganarlo no voy a dejar que otro se lo coma. —Cerró los ojos y se quedó quieto. Por sus mejillas rodaron lágrimas redondas que una luna de oro pintó del color de los plátanos. Lágrimas limpias y ardientes como monedas recién salidas de la fragua. Monedas que cayeron en los tuétanos como en una alcancía. Todos los que abarrotaban la casa tenían en los ojos ascuas vivas; el cuarto se llenó de llamaradas quemantes que miraban al cacique. Don Jerónimo tenía reventado el plátano en la mano.

Aquella noche los perros sin amo, que viven en las callejuelas míseras y en los campos yermos, con hambre y frío aullaban acechando las estrellas.