MásQueCuentos

186.- El olivo

Rosa María García Palacio

 

Todas las semanas, de regreso y de camino al hospital de “La Poveda” para visitar a mi madre pasábamos por delante de un gran vivero que a modo de exhibición mostraba numerosos olivos en miniatura sobre grandes tableros junto a la carretera y yo recordaba a mi abuela, los veranos en el pueblo y aquellas patatas fritas con huevo de la lumbre baja y rico aceite de oliva que siempre nos regalaba bien regadas del dorado alimento que nosotros devorábamos y rebañábamos con aquel pan que ya nadie hace y hasta nos chupábamos los dedos, evitando a la mujer tener que lavar en la fuente nuestras servilletas de tela, y pensaba «Quiero uno».

Pero nunca pasaba de eso, de un deseo. Al ir iba con prisa, con la premura que siempre sientes ante la enfermedad de quien más quieres y a la vuelta solía estar ya cerrado. Mamá estuvo meses recuperándose de una gravísima septicemia que casi le cuesta la vida en ese hospital y yo a pesar de las continuas idas y venidas dejé pasar innumerables ocasiones de conseguir ese olivo que tanto me recordaba a mi infancia.

Una mañana, a pesar de la gran distancia, pasamos temprano por el vivero y sabiendo que todavía no podríamos entrar a ver a mamá, decidí parar. El vivero aún no había puesto el tenderete junto a la carretera y la puerta estaba cerrada.

«Está cerrado». «Venga mamá, que ya lo cogerás otro día» me instó mi hijo mayor sin siquiera bajarse del coche, casi contento, continuando con la retahíla de quejas que habían empezado al darse cuenta de que tomaba el desvío y nos adentrábamos en el camino de tierra, que por fin iba a parar a comprar ese árbol del que tanta brasa les había dado, pero que él no era capaz de entender qué tenía que ver con el aceite de oliva que gastaba la bisabuela; el trato era ver a la abuela. «Mira, ¡viene un coche!» gritó el pequeño. Me hice a un lado, dejé pasar el vehículo y esperé a ver si con un poco de suerte, se trataba del dueño; y sí, lo era.

Dentro, bajo una gran carpa de rejilla negra había olivos de todos los tamaños plantados como si de pequeños bonsáis se tratasen en tremendas macetas de sucio plástico negro. Corría el mes de mayo, todos estaban en flor, muchos comenzaban a tirar la rapa y el aroma bajo la lona era tan, tan intenso. Yo, aún me recuerdo paseando por aquellos pasillos casi embarrados; alucinaba y hasta me relamía los labios embriagada por el aroma de aquellos árboles y acariciando esos racimos de palomitas de maíz. ¡Habría escogido el más grande! El problema es que no había sitio y el viaje de regreso a casa era largo, teníamos que coger uno de los más pequeños.

«A lo largo de la mañana le daremos el alta a Teresa». Aquella fue la última vez que pasamos frente al vivero, pero yo ya tenía el olivo, ¡y a mi madre! Casi oculto entre la silla de ruedas, el andador, bolsas, maletas y la gran cantidad de objetos que habíamos ido acumulando en casi seis meses de ingreso viajó mi pequeño olivo casi enterrado y casi cuatrocientos kilómetros.

Ella no.

Ella llegó en ambulancia, tumbada en una camilla, a la residencia que a partir de aquel día y hasta el momento de su muerte sería su casa, aún nos separaban unos doscientos kilómetros, pero somos cinco hermanos y cuatro de ellos ahora la tenían muy cerca. Mejoró bastante, pero pese a sus esfuerzos, mamá nunca recuperó las piernas, aun así, en verano se venía con nosotros al pueblo «Qué curioso, mientras que tu olivo crece y crece yo cada día estoy más y más viejita. ¡Hija plántalo en la tierra, que es el sitio de las plantas!» decía mientras acariciaba sus hojas. Le gustaba desayunar en la terraza, café con leche y sin azúcar, fruta fresca cortadita bien pequeña y una tostada de pan con tomate, sal y aceite de oliva, en silencio, dejándose acariciar por la brisa de esa sierra tan fría que la vio crecer. Luego pintaba uno de esos dibujos tan peculiares y suyos.

«Ya te daré la receta para curar las olivas» Por la tarde se salía un rato al jardín y se entretenía un poco charlando con las amigas, pero poco, porque lo que a ella más le gustaba era pasearse, tocar y oler las mil flores de nuestro jardín. «No sé porque te empeñas en dejar el olivo en la terraza con lo bien que estaría aquí fuera». «Mamá, es que aún no sé dónde ponerlo» le contestaba yo siempre, y era cierto.

—Me han dicho que no les gusta nada el viento y en este jardín siempre hace mucho aire. Tampoco les gusta el agua en exceso y aquí cuando llueve, llueve. Además, tenemos que pensar que se hará grande, muy grande y que necesitará espacio para sus raíces. No sé dónde ponerlo.

—Como a mí, los dos estorbamos.

—Mamaaa…

Los inviernos, empujando torpemente su silla ella hacía su vida; pese al tiempo transcurrido no había hecho muchos amigos; a Tere le gustaba más la soledad, la radio o pasear por los jardines de la residencia. Le gustaba colocarse bajo la sombra del gran sauce, decía que “a escuchar sus hojas”. Frente a él, en el rincón, bajo el edificio había un olivo grande, mucho más grande que el nuestro, también daba una buena sombra como el sauce, solo que no se podía acercar a él porque sus raíces atoraban las ruedas de la silla y desde allí lo observaba. Olía su aroma e imaginaba su fruto y pensaba en mí, en nosotros.

Y siempre se le acercaba alguien a charlar un poco.

Sé que le gustaba pensar que aquel olivo era parte de ella: Con su compra le dieron el alta de ese hospital donde tan mal lo había pasado. Ambos habían tenido que viajar mucho y adaptarse a su nueva vida, a las circunstancias que te hacen crecer y ser lo que llegas a ser en la vida. El olivo es un árbol que necesita su espacio, como Tere que siempre fue muy independiente: cuando falleció papá no consintió en abandonar su casa y allí vivió más de veinticinco años, hasta que enfermó. Mi olivo tenía que aguantar sus raíces en una maceta y ella su cuerpo sobre una silla. El olivo crecía y ella, pese a su enfermedad, aguantaba, ¡estaba viva! y en realidad el árbol parecía estar totalmente de acuerdo con ella porque cuando ella llegaba mejoraba el color, brotaban hojas y hasta alguna tardía flor. Mi olivo, desde el mismo momento en que ella lo tocó, dejó de ser añoranza por Isabel, por mi abuela, por sus ricos guisos, por mi infancia, se convirtió en el corazón de la que un día me diera la vida; ya no era mi olivo, sino de ella.

Pasaron los años, llegó el momento en que mamá también perdió la vista. Ahora además de no poder andar tampoco veía nada, y entonces tuvo que dejar de hacer las cosas sola, tuvo que dejar de salir al jardín sola, ahora tenía que esperar a que alguien empujara su silla, aun así, nunca se quejó, nunca le reprochó nada a la vida.

Y entonces llegó la pandemia. «Solo serán quince días». «Llévame a casa hija». «Mamá, solo serán quince días».

Pero fueron más, muchos más. Y yo me asomaba a la ventana y durante horas, como una cosa tonta observaba mi pequeño olivo e imaginaba a mi madre sola, en su habitación, también frente a la ventana viendo su oscuridad. La imaginaba sola, hablando sola. La imaginaba frente a un plato frio de comida, ensuciándose las manos, palpando con sus torpes dedos algo que llevarse a la boca. La imaginaba rezando, cantando. La imaginaba desorientada sin saber qué hora sería, si era mañana o tarde, si había comido o cenado.

Mamá falleció el dieciocho de abril, un mes después de decretarse el Estado de Alarma y cuarenta y seis días desde que cerraron la residencia, cuarenta y seis días sola, sentada frente a la ventana.

Todos los días, por la mañana, yo la llamaba por teléfono. Antes era ella la que siempre llamaba, pero desde que se quedó ciega la llamaba yo; ella solo tenía que abrir el teléfono. Charlábamos un rato y nos despedíamos hasta el día siguiente. Un día, el teléfono estaba apagado. Yo me asusté, llamé a la residencia, me aseguraron que estaba bien y que mandarían a alguien que pusiese a cargar el teléfono para que pudiéramos hablar.

Unos días después en recepción alguien me aseguró que tenían prohibido hablar por teléfono. Yo me indigne. Hable con la directora «Tenemos poco personal, las trabajadoras no pueden perder el tiempo cargando el teléfono de su madre. Ya le llamaremos nosotros» Por más que insistí no conseguí nada.

Ya habíamos notado que estaba ausente, que ya no recordaba los nombres, y yo no podía dejar de apretar ese botón que marcaba ese número que siempre aparecía apagado. Recuerdo esos días con mucho dolor. Pero sonó mi teléfono, era un número desconocido «Yo te llamaré, pero no digas nada, lo tenemos prohibido» me dijo un auxiliar.

Las llamadas ya no eran a diario, pero por lo menos me escribía un whatsapp asegurándome que estaba bien.

Una noche soñé con mamá «¿Qué? ¿ya has plantado el olivo en la tierra?» me preguntó.

A la mañana siguiente nos informaron de que mamá había fallecido.

Sola.

 

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Scroll Up