185. Tac, tac

José Martín Delgado

 

Tac, Tac, Tac. Percutía repetidamente  el martillo sobre la estaca de bambú. Tac, tac, tac… a cada golpe, la guía se abría paso penetrando en la tierra endurecida hasta que estuvo totalmente firme. Cogió un trozo de tela y lo ató entre el tallo y la estaca que acababa de clavar, dejando recto el pequeño olivo recién sembrado. Después, lo rodeó con una malla para que los conejos del barranco no sintieran la tentación de mordisquearlo y pasó a otro. Tac, tac, tac… a cada temblor del martillo,  Juan Pedro sentía un cosquilleo en  el oído que, al finalizar la jornada, emitía un zumbido como si hubiera pasado la noche entera  bailando al lado del altavoz de la verbena de las fiestas del pueblo. Y así, un día, y otro y otro… hasta que terminó las doce fanegas y aquella pequeña molestia se convirtió en dolor.

— ¡Juan Pedro! ¿Qué has estado haciendo? ¡Tienes el oído fatal!—le interpeló Sara, su nuera y médica de cabecera.

— He sembrado de olivos la parcela que le compré a Antonio el de la Cloti y les he puesto unas estacas para que no se tuerzan, ¡nada más! Me he ido tomando cuatro “nolotiles” y no me molestaba tanto.

— ¡Normal hijo! Si estabas anestesiado. Pues ni te imaginas el daño que tienes. Voy a tener que derivarte al otorrino. Para hacer esa tarea y reducir las vibraciones podías haberte puesto cascos como los que os ponéis para el ruido de los vareadores.

— Bah, si llevara cascos no me enteraría si sonara el teléfono— dijo reacio.

— Te voy a mandar estas gotas para reducir la inflamación y te pasas por recepción para que te den cita para el especialista. Ya las tienes metidas en la tarjeta y ¡por favor! ¡cuídate! ¡evita ruidos fuertes unos días!

— ¡Pues si tengo que dar rastra a los olivos grandes de tu marido! ¡Los tiene “comíos” de hierba y casi “desgraná”! ¡y a saber cuándo podrá ir la criatura!

— La hierba puede esperar, pero o paras unos días de trabajar o te quedas sordo. ¡Avisado estás! ¿O es que no quieres escuchar más a tu nieto decirte “lelo”?

— ¡Calla, calla, con lo gracioso que está! ¿Lo recojo en la guarde a la misma hora?

— Sí, por favor suegro. Hoy tengo guardia.

A la salida de la consulta Juan Pedro, se tomó una tostada de pan con aceite y un descafeinado de sobre en la cafetería “Los Chiris”. A diferencia de otras ocasiones, escuchaba a la gente hablar a su lado, pero no entendía lo que decían con facilidad.

— “oente” — le dijo el camarero.

— ¿Cómo? — preguntó Juan Pedro.

— ¡Dos veinte! — le repitió.

— Ah, toma Miguelón, perdona que no te he entendido.

— ¡Pero si te lo he dicho gritando JuanPe! ¡Estás como una tapia!

— ¡Estaba pensando en mis cosas!, ¡nada más! — dijo tratando de disimular.

Eran las cinco de la tarde y como de costumbre, Juan Pedro volvió al olivar, haciendo caso omiso a las instrucciones de su nuera. Enganchó la desbrozadora a su Masey y comenzó a pasarla por en medio de las camadas segando el denso hierbazal que las cubría. A pesar de tener cerrada la cabina del tractor, el ruido y las vibraciones eran constantes, pero el viejo labriego seguía sin darles mucha importancia.

Al llegar la noche, Juan Pedro tenía un terrible dolor de cabeza. Se tomó un analgésico y, sin decirle nada a su esposa, se acostó esperando quedarse pronto dormido para que pasara ese malestar. Nada más lejos de la realidad. En cuanto se hizo el silencio en la habitación, comenzó a escuchar un fuerte sonido en sus oídos tan potente como el de una sopladora empujando las hojas fuera de la solera. Se puso bocabajo, de lado, del otro lado, con la almohada encima de la cabeza… ¡nada funcionaba!, aquel ruido le acompañó varias horas hasta que decidió llamar a su nuera.

— ¿Pasa algo suegro?

— Perdona Sara, hija. Sé que estás trabajando pero el ruido me tiene desesperado. Es como si tuviera un compresor de aire en la cabeza inflando una rueda.

— Son acúfenos, muy comunes en los problemas de oído. Pueden ir a menos o quedarse para siempre.

— ¿Qué puedo hacer Sara? ¡No he pegado ojo en toda la noche!

— Ya tienes las gotas que te mandé y la cita para el especialista. De todas formas debes acostumbrarte a ellos y te serán menos molestos. Lo que sí puedes hacer es ponerte un transistor al lado con música o algún programa de radio. Así percibirás menos el ruido.

— Vale, lo probaré. Gracias Sarita.

— Tengo que dejarte, viene un niño con mocos y precisa atención urgente— se despidió con ironía.

Juan Pedro conectó su radio y giró la ruedecita buscando el dial apropiado. A esas horas, los hilos musicales pregrabados eran lo más corriente, pero al fin pudo dar con un programa para noctámbulos donde se hablaba de cualquier problema o confidencia.

— ¿Qué nos quieres contar Jesús?— preguntaba la dulce voz de la conductora del programa.

— Buenas noches Micaela— comenzó el primer oyente—, soy Jesús y voy en ruta con el camión. Quería hablar sobre nuestra situación, los transportistas.

— Buenas noches Micaela, soy Antonio— intervino el segundo— y me dedico a la construcción. La situación se ha vuelto muy complicada y muchas fábricas de materiales están deteniendo su producción o cerrando.

— Micaela buenas noches, soy Géminis, — se presentó la tercera llamada— te llamo aquí, desde el campo mientras recojo la aceituna de verdeo.

— Muy bien Géminis, ¿Por qué se ha levantado tan temprano? Debe ser difícil realizar ese trabajo de noche.

— ¡Y tanto!, si no lo hacemos así nos pueden pillar.

— ¿Cómo dice Géminis?

— Si Micaela, mi marido y yo estamos robando aceitunas de verdeo en plena noche.

Al escuchar aquella situación tan rocambolesca Juan Pedro abrió los ojos sorprendido en la oscuridad.

— ¿Y por qué lo hace? Usted sabe que está cometiendo un delito, ¿verdad?

— Pues mire, en primer lugar por necesidad. De algo tenemos que comer, aunque he de admitir que a veces cargamos más de la cuenta y puedo darme mis caprichos.

— ¿Y en segundo?

— ¿Usted conoce esa subida de adrenalina que se siente al hacer algo prohibido? Es un cosquilleo que hace que se te eleve la temperatura y te palpite el corazón a mil revoluciones. Cuando terminas, después de haberlas entregado en el puesto, sientes el placer de haber salido indemne y con ganas de repetir. ¡Eso es vida! Aunque a veces nos ponen las cosas demasiado fáciles— admitió desconcertada—. Nos encontramos los sacos y las fardetas llenas y no tenemos que varear ni un solo olivo.

Juan Pedro no podía creer lo que estaba oyendo y cada vez  estaba más interesado en el testimonio de la oyente. Se incorporó y puso la almohada doble para prestar más atención y no dormirse.

— Bueno Géminis, ¿y con qué frecuencia suele sustraer aceitunas?— continuó la presentadora.

— Durante el verdeo dos veces a la semana. La campaña es más corta y nos vemos obligados a “picotear” más. Además, vamos cambiando de zona porque no conviene generar mucha alarma entre dueños colindantes.

— Si tuviera al propietario de esa cosecha delante, ¿Qué le diría?

— Pues sin duda le llamaría la atención por no haber cuidado mejor sus olivos. Muchas de las aceitunas están picadas por la mosca y luego nos ponen pegas en la zaranda cuando vamos a entregarlas. Le diría que no fuera tan tacaño y se rascara el bolsillo para tratarlas debidamente. Un buen sulfato a tiempo puede mejorarnos el precio a ambos, tanto por lo que me lleve como por lo que le quede a él.

— ¿Nunca ha pensado en tener su propio olivar para no tener que robarlas?

— ¡Uy, eso sí que no! Mantener una plantación de olivos cuesta un pastizal: los abonos, los sulfatos, la luz si tienen riego… ¡y labrarlos con frecuencia! ¡Eso sí que no!, ¡prefiero llevarme el dinero calentito!

— Entonces… si reconoce el esfuerzo que realiza el propietario… ¿No le da un poco de cargo de conciencia?

—No señora, ninguno, porque no se las quitamos a cualquiera. Preferimos trabajar en grandes fincas de gente que esté “montá”.

— ¿No tiene miedo de que les pillen?

— Para nada, sabemos de sobra que el dueño está durmiendo ahora mismo.

— ¿Y cómo lo sabe? ¡podría estar a punto de aparecer!

— Lo tenemos todo estudiado y planeado Micaela. ¿Sabe?, hoy precisamente estuvo en el médico. Vestía una camisa de cuadros, un pantalón azul sujeto por un cinturón marrón desgastado y unas alpargatas beige. Después estuvo en una cafetería donde se tomó una tostada de pan con aceite con un descafeinado. Además, el sobre de azúcar contenía un proverbio chino que decía: “dame un pez y cenaré esta noche, enséñame a pescar y cenaré siempre”.

De pronto, Juan Pedro dio un salto de la cama totalmente desquiciado. Grandes goterones de sudor comenzaron a desprenderse a través de su frente. ¡Le estaban robando! ¡Con nocturnidad y alevosía! ¡Presumiendo ante todo el país de tal fechoría!  El agricultor comenzó a buscar la ropa a tientas hasta que finalmente encendió la luz para localizarla. Inés se despertó y le riñó con severidad.

— ¡Pero nena! ¡Nos están robando! ¡Lo acaban de contar todo en la radio con pelos y señales!

— ¡No digas tonterías y vuelve a la cama Juanillo!

— ¡Escúchalo por ti misma! — le dijo nervioso mientras le pasaba el transistor.

— …entonces rompimos el candado de la valla con una cizalla y entramos con nuestro remolque. — continuaba la voz de Géminis.

— ¿Cómo sabes que es a ti a quién roban?

— ¡Acaban de describir la ropa que llevaba, donde estuve y hasta lo que comí! ¡Nunca vi tan poca vergüenza! ¡Búscame el número de los civiles!

— ¡Espera niño!, a ver si dicen algo más —trató de calmar a su marido.

— Bueno Géminis, ¿quieres decir algo más a la audiencia? ¿Algún consejo para los oyentes?

— ¡Sí Micaela!, esto va dirigido a Juan Pedro Muñoz Ortiz, residente de la calle Perales número dos…

— ¿Lo ves Inés? ¡Dame el teléfono!

— ¡Calla! —le increpó acercándose el transistor.

— Quisiera decirle que debe hacerle caso a su médico cuando le diga que no vaya a trabajar para no empeorar del oído porque… ¡esto es una broma de su nuera para el programa “el despertador de las cinco”!. Gracias a su esposa Inés por ayudarnos a organizarla.

A partir de aquel día, Juan Pedro estuvo 14 días sin trabajar y 15 sin hablarle a su mujer.