184. Un segundo

Alas de trapo

 

El sonido seco y tenue de una aceituna al caer provoca que un pequeño verdugo alce su vuelo.  Un primer rayo de sol se abre paso entre los olivares mientras un gorrión descarta por su sabor amargo la aceituna que rodó un instante. Una hormiga temblorosa arrastra un grano de trigo que triplica su volumen, en el cercano hormiguero cientos de hormigas rebullen con vida propia.

Mientras, el color del suelo ha cambiado después de que los aceituneros hayan estirado los lienzos a lo largo y ancho del olivar y las gotas de rocío se rinden de forma incondicional a ese sol incipiente. Una liebre va saliendo de forma sigilosa de su madriguera a la vez que cuatro gazapos tardíos se mantienen escondidos en espera de la madre. Un pie, calzado con una vasta bota, hace el gesto de bajar del lateral del tractor, las migajas de un bocadillo temprano de manteca de chorizo se dispersan por el suelo, unas manos raudas recogen la vara, con la que minutos después golpearan los olivare.

Un suspiro se produce a lo lejos del olivar, la hija del capataz abrió la ventana de la casilla y entró el novio ese que su padre no quiere que entre. Un polvo rápido es el mejor premio para un día de cosecha que se presenta duro. El aire del pequeño habitáculo se corta por un instante todo parece haber sido aspirado por los amantes. Un viejo pantalón tejano se desliza hacia el suelo, en el revoltijo de otras ropas, pequeñas chispas solares filtrándose por las ranuras de la puerta de madera mientras millones de puntos diminutos bailan al compás de la luz matinal.

Todo esto sucede en una mañana de noviembre, exactamente en el segundo número doce, del minuto tres de las ocho.