MásQueCuentos

184.- Historias calladas de una almazara

José Manuel García Durán

 

Volver

Cuando Eladio regresó, no había nadie con quien poder compartir sus recuerdos. Tan sólo los olivos, con sus hojas plateadas y sus frutos callados, y la almazara, que no por estar en ruinas, dejaba de ser testigo mudo de todo cuanto allí había sucedido.

Hacía más de medio siglo que no ponía sus pies en la tierra de la que huyó. A su hijo, que conocía solo de oídas los lugares donde su padre creció, le costó trabajo convencerlo para que los acompañara a la Exposición Universal que se celebraba en Sevilla. Su familia francesa se enamoró al instante de la ciudad. Eladio apenas pronunciaba palabra, temeroso de que el oscuro pasado del que había huido, lo escuchara, adivinara que había vuelto, y decidiera también volver él, con sus ecos y sus recuerdos. Una tarde, mientras contemplaban la grandiosidad de la Plaza de España en el Parque de María Luisa, se atrevió a interrumpir su silencio:

–Las piedras de mi pueblo están por aquí, en alguna parte –comentó, embriagado por el dolor y la nostalgia, sabedor de que sus recuerdos lo habían encontrado– Eran canteras de granito, después dejaron de trabajarlas y volvieron a los olivos…

Al día siguiente, fueron al pueblo. En la plaza, estaban los mismos bancos, la misma fuente y los mismos árboles, ya crecidos. Se acercó a la fuente y se entretuvo con el murmullo del agua que discurría por una acequia. El agua que corría por la lieva era distinta a la de entonces. Pero solo el agua, todo lo demás parecía igual, como si el tiempo se hubiera olvidado de aquel lugar del mundo. Y allí, junto al murmullo de un agua que dejaba de ser la misma a cada instante (como cualquier vida que no fuera la suya), Eladio quedó a la deriva en un océano de remembranzas y de recuerdos.

Volver a la almazara.

Caminaba unos metros por delante de su familia, como si un hilo invisible fuera tirando de él. A las afueras del pueblo se detuvo junto a un edificio derruido: la vieja Almazara de los Torres.

La economía del pueblo dependió durante muchos años de la cantera de granito primero, y del aceite, después. Ya solo quedaban ruinas de aquellas industrias (y de muchas otras cosas). Los olivos habían sido sustituidos por otros cultivos y cientos de hectáreas que producían sus buenas fanegas de aceite, estaban sembradas de girasoles, trigo, y otros cereales.

La almazara la conformaban dos largas naves longitudinales que se conectaban entre sí por una edificación transversal más corta. Las tres naves dejaban un patio central con un pozo en el centro. Se paró junto al brocal y miró adentro. Cuando sus familiares llegaron a su altura, ya se había desatado tal tormenta de recuerdos y sentimientos en su interior que sabía que terminaría naufragando en ellos.

–¿Usted trabajó aquí, verdad Eladio?, ¿por qué no les explica a las niñas de dónde sale el aceite? –le pidió Fantine, su nuera, sin ser consciente de que, con su pregunta, lo salvaba, momentáneamente, de un naufragio seguro.

Eladio se tomó su tiempo para responder. El tiempo que le llevó librarse de unos recuerdos que se adherían a su piel como si fueran melaza.

–Las aceitunas, las traían a lomos de mulos, en unos capazos –comenzó a decir, y las ruinas de la almazara (y las que llevaba dentro) se llenaron del ajetreo de antaño, de rostros y voces que solo él conocía–. Se amontonaban en unos cobertizos que había en este patio. Convenía molerlas pronto, para que el aceite no fuera muy ácido…

Todos lo escuchaban con atención, sin ser conscientes de que cuando sus ojos se posaban aquí o allá, Eladio veía cosas que ellos no podían ver, cosas que no tenía que haber visto nadie, cosas que jamás podría olvidar.

–De aquí –continuó diciendo, señalando las paredes del patio donde antaño almacenaban las olivas y ahora solo crecían malas hierbas–, las aceitunas pasaban a la zona de prensado…

Lo siguieron hasta la nave transversal; entraron por una puerta desvencijada a la vez que unas palomas asustadas salían por ella. Había menos luz y, mientras sus pupilas se dilataban, todos se inundaron de una mezcla confusa de olores. Olía de una forma peculiar, como si allí se hubieran acumulado los olores de muchos años y todos se hubieran mezclado.

En el centro, sobre una estructura circular, descansaban, enfrentados uno a otro, como vencidos, dos enormes conos de granito que enseguida llamaron la atención de las dos niñas.

–Esto era un molino de sangre –se interrumpió un instante, al recordarse, siendo poco más que un niño, a solas en aquel mismo lugar, llorando, frotando con rabia aquella misma solera, tratando de quitar las manchas de sangre tras lo ocurrido muchas noches de hacía más de medio siglo. Demasiadas noches, porque una sola noche ya hubiera sido demasiado–, las piedras se llaman volanderas, también salieron de las canteras, y eran movidas por mulos o bueyes que giraban alrededor. Aquí, en la solera, se volcaban las aceitunas y se trituraban hasta convertirlas en una pasta. Había que mantener la superficie limpia, y hacerlo rápido, para que el orujo no se calentara mucho, teniendo mucho cuidado de que el hueso no se rompiera…

–¿Et s`il se rompe, papi, qu´est-ce qui se passe alors? –lo interrumpió Marine, su nieta mayor que, como todos, lo escuchaba con atención.

–Si se rompía el hueso, el aceite salía amargo y entonces, había que venderlo más barato, petite princesse –le explicó, y volvió a quedar a la deriva en un mar de dolorosos recuerdos.

–¿Se encuentra bien, père? –le preguntó su hijo, que volvió a salvarlo de un hundimiento seguro.

Oui, je suis bien, ¿por dónde iba, ¡ah, sí, por el orujo! El orujo es la masa de aceitunas triturada, utilizábamos unos capazos de esparto para llevar esta masa hasta la zona de prensado…

Evitando los cascotes que cubrían el suelo, se dirigió, seguido por su familia, hacia la nave que daba al oeste. Era una nave larga, las maderas que sujetaban la techumbre habían cedido en algunos puntos y dejaban un hueco por donde se derramaban haces de luz. Dos enormes vigas de madera, de casi 15 metros de largo, sujetas con abrazaderas de hierro, descansaban, apoyadas en un frágil equilibrio en la única guiadera que quedaba en pie. Los niños corrieron hasta el final de la nave, sorprendidos por el tamaño del quintal.

–Esa piedra pesa unos tres mil kilos, quedaba suspendida en el extremo de esta viga, y se elevaba gracias a ese husillo que veis ahí tirado. Se trataba de una tarea delicada, había que presionar de forma gradual y constante, con mucho cuidado de no romper la viga. Con la primera presión se sacaba el aceite virgen, el de mayor calidad, libre de agua y de impurezas. Un litro de aceite por cada cinco o seis kilos de aceitunas. Después, del primer prensado, se subía la viga, se introducían algunas cuñas y ahí, en esa habitación contigua, se lavaba el orujo con agua caliente. Muy pocas casas del pueblo tenían agua corriente mientras que la almazara disponía de una caldera y siempre había agua caliente…

Los niños no lograban entender que la casa de su abuelo no dispusiera de agua corriente. Los pensamientos de Eladio se fueron hasta los alaridos que algunas noches cruzaban el pueblo. Tan abstraído estaba, que fue su hijo quien siguió con la explicación del proceso:

–La prensa volvía a rellenarse con esa masa de aceitunas lavada y después de una segunda presión, se obtenía aceite refinado, de peor calidad…

–No era malo, de hecho, no estaba al alcance de cualquier vecino –lo interrumpió el viejo, una vez que regresó de las tempestades que llevaba dentro–. Casi todos nos teníamos que acostumbrar con aceites de prensados posteriores que, en ocasiones, solían destinarlo a usos industriales o iluminación.

El hijo, al notar que las lágrimas acudían a los ojos de su padre, volvió a retomar la explicación:

–Una vez terminado el proceso de prensado, el aceite se almacenaba en la otra nave, en unas tinajas que había en el suelo. Allí, se dejaba reposar para que las impurezas se fueran al fondo y, varias veces al año, se trasegaba utilizando una jarra de hojalata. Porque el aceite es como los recuerdos, ¿verdad, père?, siempre sale a flote…

Tardó en responder, sentía que le faltaba el aire y, ya en el patio, le explicó a su hijo:

–Es que entre esas paredes, niño, sucedieron muchas cosas…

Volver a la cantera

No les resultó complicado localizar las canteras. Estaban abandonadas a su suerte, desde hacía mucho tiempo; pero no tanto tiempo como para que Eladio olvidara lo que allí había sucedido (harían falta eternidades para que llegara ese olvido). Aun así, en algún que otro punto se podían adivinar las entrañas graníticas que tanta fama le dieron al pueblo en su momento. Las jaras y jaguarzos se habían adueñado de cada metro fértil de tierra; exceptuando una zona, a los pies de la cantera, donde unos viejos olivos, descuidados pero cargados de aceitunas que nadie recogía, se disponían ordenadamente.

Eladio fue posando sus ojos en puntos concretos del paisaje. Se estremecía al sentir en su pecho el florecer de un pasado muy lejano, como si fueran una zarza hiriente que había permanecido aletargada y que entonces pugnaba por salir y desgarrarlo desde sus adentros.

Dix-sept, dix-huit, dix-neuf,… –contaba la nieta más pequeña, yendo de un árbol a otro, ajena a la tempestad de sentimientos que bullía en los ojos de su abuelo.

–Hay cincuenta y siete olivos, mon chéri –dijo, y las lágrimas comenzaron a derramarse por su cara, recorriendo cada arruga de su rostro, sin que pudiera hacer nada por evitarlo.– Si estoy aquí es porque no dio tiempo a sembrar más…

–¿Tú los sembraste, papi?

Volvió a tomarse su tiempo antes de contestar. Nunca había hablado de aquello con nadie, ni tan siquiera con su hijo.

Dirigió su mirada hacia la antigua cantera y clavó sus ojos en un grupo de olivos que, separados del resto, habían crecido en la antigua escombrera. Parecía que todos salieran de un mismo tronco pero, en realidad, eran varios árboles sembrados demasiado juntos. Con una voz que apenas le salía del cuerpo, justo antes de naufragar del todo en sus recuerdos, contestó a su nieta, casi en un susurro:

–No, mon chéri, no fui yo. Aquel de allí fue el único que nosotros sembramos…

Volver al pasado

Durante los meses que sucedieron al levantamiento militar, el paisaje se llenó de tanto silencio que casi se podía escuchar el sonido que hacían las frutas al madurar. La ocupación de las villas fue rápida, y hubo menos derramamiento de sangre del que todos imaginaron. Lo peor vino después, cuando se quisieron ajustar cuentas pendientes que, en la mayoría de los casos, nada tenían que ver con las ideologías políticas de cada uno.

Algunos consiguieron huir a tiempo. Se movían como garduñas, y se convertían en sombras que confiaban en que no los olvidaran, y les llevaran un pedazo de pan y chorizo y, con algo de suerte, algo de aceite o de vino.

Unos huyeron y otros volvieron. Don Manuel de las Torres fue de los que volvió. Y fue también, para colmo de sus desdichas y sus miedos, de los que no olvidó a los huidos. Muy pocos hablaban bien de él antes de que todo empezara, hacía honor pues, al apodo con el que lo conocían en la comarca: “el Alpechín”.

Don Manuel llevaba preso desde agosto de 1932, cuando se conoció su implicación directa en el fallido golpe militar liderado por el general José Sanjurjo. Durante los años que había pasado en la cárcel, había elaborado una lista en la que aparecían los nombres de los que lo denunciaron y testificaron en su contra. Se la sabía de memoria y la recitaba como si fuera una funesta letanía.

Fue puesto en libertad el mismo día que tomaron Sevilla y, convertido en un mártir entre los sublevados, regresó a su pueblo. Temerosos, algunos vecinos decidieron huir y echarse al monte. De poco les sirvió su miedo.

“El Alpechín” acostumbraba a organizar macabras batidas para dar caza a los desgraciados e infelices que no tuvieron la oportunidad de llegar a Extremadura.

–¡Vamos a por carne fresca! –pregonaba por las calles de la villa, disfrutando del terror que aquellas palabras provocaban en muchos de los vecinos que lo espiaban, escondidos y aterrados, tras las cortinas sucias de las ventanas.

Un silencio espeso todo lo cubría. Un silencio infinito que se interrumpía cuando los cascos de los caballos volvían a cruzar las calles. Cuando la “caza” había sido exitosa, los fugitivos eran llevados a la almazara. Allí los torturaban con la intención de sonsacarles alguna información acerca del paradero de los nombres que aparecían en una lista que se sabía de memoria. Sus alaridos, gritos y sollozos, cual navajas lacerantes, llegaban hasta el último rincón del mundo.

Desde que “el Alpechín” regresara, al menos una noche a la semana, se escuchaban disparos en la zona de las antiguas canteras. A la mañana siguiente, los vecinos acudían a la escombrera que solían utilizar como fosa común y notaban la tierra removida. Después de dejar algunas flores, se entretenían en localizar el montoncito de huesos de aceitunas, prueba inequívoca de que “el Alpechín” había sido testigo de los fusilamientos.

También muchos vecinos presenciaron las ejecuciones. En las frías noches, a la escasa luz de la luna, se escondían en los salientes de la cantera y desde allí, observaban cómo varios hombres eran conducidos y empujados por un grupo de soldados. Todo era silencio. Momentos después llegaba “el Alpechín”, y siempre llevaba a cabo la misma y tétrica ceremonia: se sentaba en una roca, sacaba de su bolsillo algunas olivas crudas y se las llevaba a la boca, escupiendo a sus pies los huesos. Los soldados esperaban hasta que “el Alpechín” (“Don Manué”, para ellos) encendía un puro y, tras dar tres o cuatro caladas, hacía un gesto y los soldados disparaban. Después de los disparos, todo volvía a inundarse de un silencio denso, como de almíbar. De un silencio que se pegaba a la piel y dejaba un olor que no se quitaba, por mucho que uno se frotara con el mejor jabón que se produjera en la almazara.

Cuando el eco de los disparos desaparecía, Don Manuel se encaminaba hacia un sitio, siempre el mismo, buscaba alguna señal invisible en el suelo, daba algunos pasos en una dirección y en otra, se agachaba, excavaba con sus propias manos un pequeño agujero y enterraba algo. Los pocos que tuvieron la oportunidad de presenciar aquel ritual, nunca sospecharon qué enterraba.

Algunas madrugadas, los disparos llegaban por sorpresa, sin que los vecinos tuvieran noticias de que hubiera sido apresado algún conocido. No tardaron en comprender que las balas de los soldados también se hundían en la carne de vecinos de otros pueblos. Así pues, “el Alpechín” comenzó a ser temido más allá de los límites de su comarca.

Aquellas macabras noches se sucedieron durante varios meses, sin que su sed de venganza hiciera distinciones de ningún tipo; hombres, mujeres, niños, y hasta familias enteras, habían desaparecido sin que se volviera a saber nada de ellos. Las montañitas de huesos de aceitunas, eran la prueba inequívoca de que Don Manuel, había presenciado cada una de las ejecuciones.

Una gélida noche del mes de diciembre, le tocó el turno a Eladio, un muchacho que estaba más cerca de ser niño que de ser hombre. Su único delito había sido dejar una talega con pan y aceite en un chozo abandonado. Reinaba tanto silencio que desde donde estaba podía escuchar el ruido que hacía “el Alpechín” al masticar las aceitunas. Aquel ruido de rumiante, a la espera de que se encendiera un cigarro, a la espera de que le llegara la muerte, lo atormentaría durante toda su vida.

Los soldados se mostraban nerviosos, esperando la señal que les permitiera terminar su trabajo. Alguien lanzó una piedra que los cogió por sorpresa, acostumbrados como estaban a trabajar en silencio. Después vinieron más, toda una tormenta de piedras que los obligó a resguardarse. Manuel de las Torres se incorporó, dirigió su mirada hacia la cantera y la palidez se adueñó de su rostro. En cada cresta de granito distinguió la silueta de varias personas, decenas de sombras se recortaban a la luz de la luna. Sabía que de nada serviría intentar escapar. Nadie dijo nada, nadie se movió. Los soldados aprovecharon aquellos instantes de duda y silencio para emprender la huida. Don Manuel volvió a sentarse en la roca que acostumbraba, las sombras de sus vecinos comenzaron a acercarse y a rodearlo. Tan solo tuvo tiempo de escupir dos huesos de aceituna antes de que se le echaran encima, cual banda de buitres hambrientos.

Cada uno de los vecinos regresó a su casa sin pronunciar una sola palabra. Ni entonces, ni nunca.

Muchos años después, cuando aquellos acontecimientos se hubieron asentando como lo hace el limo en las pozas de los barrancos, los huesos de aceitunas que “el Alpechín” había enterrado, se convirtieron en olivos. Nunca nadie recogió sus frutos. Había cincuenta y siete en total, en una cuadrícula casi perfecta. A escasa distancia, entre las grietas de la cantera, separados del resto del olivar, había germinado un racimo de olivos. A nadie se le ocurrió, aquella noche, registrar en los bolsillos de Don Manuel.

 

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Scroll Up