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183.- Jaén, Nueva Jersey

Jaime Desnoyer

 

Era una tarde desapacible y fría en Manhattan. El asfixiante y húmedo verano estaba muriendo rápidamente. Y aunque hubiera sido soleado y cálido, este 16 de septiembre marcaría un antes y un después en mi vida. Acababa de enterrar a mi padre.

Después de la reunión y posterior comida en casa con sus antiguos compañeros de departamento, sus amigos españoles de la partida de mus del jueves y sus socios en el negocio de importación, me asaltó una sensación de vacío rápida e intensa. La reunión después del entierro se alargaba, y era una costumbre americana que nunca entendí. Las risas, los comentarios sobre el finado, sus amigos españoles haciendo piña, los griegos e italianos con los suyos y los anglos enfrascados en la siempre eterna conversación: el trabajo, el dinero, las inversiones, las ofertas inmobiliarias. Muchas culturas diferentes; todas a la suya. Nunca comprendí esa manera de despedir a los muertos, y eso que soy americano.

Empezó a llover violentamente. Jessica, mi mujer y mis hijos, se apresuraron a recoger los muebles del jardín. Habíamos instalado una carpa para los familiares y amigos y empezó a soplar un viento que se me antojaba profundamente hostil. Tan pronto la recogimos, entramos de nuevo en casa y Jessica me dio un abrazo sentido. I´m so sorry, babe. He was a great man. I know how much you love him.” me susurró al oído. Supongo que puede parecer extraño tener 48 años, un matrimonio e hijos maravillosos, un buen nivel de vida y sentirse huérfano, desconsoladamente huérfano. Pero era lo que sentía, un dolor en el pecho y una lucha interna por no llorar delante de mis hijos. Mi padre ya descansaba a lado de su Lola. ¿Por qué en mi país reprimíamos tanto los sentimientos? ¿Con quién me iba a enfadar ahora, a quién le iba a decir una y otra vez que estaba cansado de oír que los yanquis estamos todos locos, que como Jaén no hay nada y que la mantequilla de cacahuete era una “solemne gilipollá”? ¿A quién escucharía embelesado explicándome las dificultades en la financiación que tuvo Colón, las diferentes rutas a América, las importaciones de tabaco, o que nadie había entendido España como Galdós? ¿Quién me explicaría la historia familiar de los dueños de cada olivar en su Jaén amada?

Mi padre, el emigrante que a principio de los sesenta y sin expectativas económicas de ningún tipo, embarcó rumbo a Nueva York con la vaga promesa de ayudar a un tío de su madre en un colmado en Newark, Nueva Jersey. Siempre con su amada Lola, su inseparable amor. Por dos añitos “a lo sumo”. “Ay hijo mío, tu madre, cómo se mareaba en la travesía, qué olor a rancio en los camarotes comunes. No sabes, hijo, lo bien que lo tenéis ahora. Unas rebanadas de pan, un poco de queso de oveja curado y una garrafita de aceite… eso nos salvó la vida. No veas qué mal se comía en el barco. El matrimonio polaco que viajaba con nosotros siempre tenían curiosidad por el dichoso aceite y ese queso. Nosotros les dábamos un poco y ellos, a cambio, nos daban unas salchichas ahumadas y una especie de orujo que regañaba la garganta. Ya me dirás tú, sin poder comunicarnos, los cuatro cargados de ilusiones, miedo, y sonriendo como única manera de hablar. Dos semanas compartiendo camarote”

–¿Por qué dichoso aceite, papá?

– Porque no lo habían visto nunca, ¿tú te puedes creer? ¿Qué tipo de cultura es ésa? – sonreía siempre al contarlo.

16 de mayo de 1961. Llegada al puerto de Nueva York con dos mudas, una dirección escrita en un papel y una carta de invitación para la oficina de inmigración. La mandíbula por los suelos ante aquel espectáculo urbano, la llegada al puerto por Brooklyn que les dejó sin habla. La ilusión, el apabullamiento, los nervios, pero también la nostalgia que nunca se le despegaría de la camisa.

Mi padre, qué figura. A los dos meses de empezar en el colmado, ya se había comprado una bicicleta con sus ahorritos para ir a clases nocturnas de inglés. Mi padre entendió pronto que el sueño americano es de verdad, pero sólo está disponible para los que tienen hambre, y no la de comer. Aprendió inglés, aprobó sus estudios de secundaria y comenzó por su cuenta a vender quesos y anchoas a los restaurantes griegos de Newark. Hasta que un buen día se planta a su Lola y le dice: “Voy a estudiar una carrera, Lola, y tú vas a estudiar también. Aquí, con buenas notas, te ayudan en todo”. Miguel López, el muchachito enclenque de Jaén. Míralos en la foto de su boda, él con su chaqueta dos tallas más grandes sonriendo a su Lola, la jovencita de Andújar tímida a la que vio en una verbena y de la que jamás se separó. Terco como una mula, mi padre se puso a estudiar dos cursos por año de historia en la Universidad de Nueva York, mientras trabajaba en el colmado y por su cuenta.

Sus cartas a mis abuelos eran siempre recibidas como grandes acontecimientos. Ya habían pasado 6 años y ni una visita a España; los billetes eran prohibitivos, las vacaciones exiguas. Del coche de segunda mano, un Buick comprado a un libanés, pasaron a un Ford nuevo. Ahora también empezaba a vender aceite a los restauradores italianos del barrio, los que le saludaban alegres y le invitaban a café: “Miguel-e!”. Miguel el jienense, el que siempre vivía con el miedo a la pobreza pegado al cuerpo: “por si vienen mal dadas”. Ese miedo le seguía como un perrito fiel, a pesar de los dos coches y la casita ya pagada en Newark.

¿Y la promesa de volver a España? “Lola mi amor, aquí hay oportunidades, déjame estudiar el doctorado y volvemos a España, yo de profesor y tú con tu secretariado bilingüe”. Lola siempre al lado de mi padre, y siempre con la nostalgia de España. En cuatro años mi padre escribió una tesis sobre el comercio entre España y América. Segundo premio a la mejor tesis doctoral de ese año.

Nunca volvieron a instalarse en España, y cada vez que visitaban Jaén, la vuelta a América se les hacía más y más difícil. “Pero Miguel, ¿qué tenemos en Jaén que no tengas en América?” le preguntaban sus amigos del pueblo. “Ay hijo, todo. El aire, las encinas, los olivares, este aceite, el jamón, la sobremesa, el café, ¡todo! Hay que vivir lo de estar fuera… para unos años vale, pero…”. Mi padre nunca se acostumbró del todo a vivir en Estados Unidos, aunque siempre decía que le debía todo a ese país.

¿Qué es todo? Muchos europeos que viven allá hablan de la maldición del Atlántico: tras unos años de desarraigo, nunca más se sentían en casa de verdad en ningún sitio. Mi padre siempre decía que, de haber probado un traguito del dolor del desarraigo, no lo habría hecho, aún consciente de que EEUU le brindó la oportunidad de doctorarse, de tener un trabajo que amaba como profesor y mantener otro -y más provechoso- vendiendo productos españoles. Humildemente al principio, lucrativamente después, cuando los ricos y famosos descubrieron la cultura “gourmet”. “El manchego a precio de oro, ¡si mis abuelos vivieran! Serían Rockefeller”, se decía a sí mismo. Cuando se juntaba con los amigos españoles del barrio, cuando las noches de verano quemaban el aire y caían por docenas los gin tonics y las cajetillas de tabaco, profesaba: “Yo no vendo aceite” -les decía a sus amigos- “hago país y vendo salud. Vendo cultura”. Miguel López Lucena, con sus sempiternas obsesiones: “Un país que deja atrás la agricultura está acabado, así se fue al carajo el imperio romano”. “¿Qué tontería es esa de que el aceite de oliva engorda? En mi pueblo era más sagrado que ir a misa: una rebanada de pan, un chorro de aceite y arreando al campo a trabajar, y no vi un gordo hasta que vine aquí.”. Reían todos, fumaban todos, tosían todos, y otra ronda de gin tonics. Iannis, su mano derecha en la que ya era su propia tienda, su “hermano griego”, iba a esas reuniones a veces y bebía con ellos y chapurreaba su castellano. Mi padre radiaba bondad y andalucismo, con esa sabiduría telúrica de los que se emocionan al oler la tierra mojada tras un chaparrón de verano. Cuando el alcohol ya subía y le empezaban a bailar en la boca las eses y las efes, entornaba los ojos y exclamaba: “¡El aceite es nuestra leche, lo que nos hermana a los mediterráneos! Mirad a los hijos de Iannis, lo guapos que son, ¿qué han tomado que no sea aceite? ¡Hasta Ulises se lo ponía en el cabello para ligarse a su mujer! ¡Coño, que usó madera de un olivo para construir la cama en la que amar a Penélope! ¡Y aquí con que si el “fat free”… venga hombre!”.

Luego vino el gran boom, los precios exagerados, y con sus importaciones empezó a ganar tanto dinero que ya se plantearon comprar un cortijo y volver. El negocio iba viento en popa. Pero también les visitó la dura constatación de que llega un punto en el que el desarraigo es total: aquí y allá. Aquí nos tenían a mi hermana y a mí y a los nietos; allá le quedaban sólo un par de amigos de su edad a los que apenas veía. La vida tenía estos dilemas: una vida de éxito personal y profesional que parecía inalcanzable en su tierra, a cambio de un dolor en el pecho que le carcomía lentamente. Mi padre soñaba con una España que ya se había desvanecido, con un pan de leña y unas migas y un queso de granja que ya poca gente comía. Con unos “buenos días” eternos, y un ritmo de vida orgánico. “¡Cada vez se parece más España a esto, carajo! ¿Qué hace un McDonald´s en Jaén?”. En sus últimos años, cuando le iba a visitar al almacén, le sorprendía pasando suavemente la mano por los barriles de fino de Sanlúcar, las latas de anchoas de Santoña y L´ Escala, y acariciaba las cajas de botellas de aceite de su Jaén natal: Villanueva de la Reina, El Condado, Sierra de Segura, Bailén, Canena…me lo imagino seducido por el olor de la madera, ensimismado, y preguntándose: “¿Ha valido la pena todo esto?”. Esas cajas le mantenían unido a Jaén, a España, a su tierra, en el sentido más primario.

Después de la muerte de mi madre, mi padre se desubicó por completo. Seguían las partidas de mus, seguían los cuatro amigos españoles, pero nunca se recuperó. Apenas ya sonreía. Su Lola, lumbre y brújula en su camino, ancla y apoyo, ya descansaba. Aunque decía haberse contagiado un poco del espíritu de mirar hacia delante que tenemos aquí, ya nunca fue igual. Para su fortuna y nuestra pena, esa “larga y dolorosa enfermedad” se lo llevó en menos de un año.

Le echo inmensamente de menos. Al visitar su tumba hoy me he encontrado a Iannis el griego, su mano derecha en el negocio, su querido “hermano de otra tierra”. Le estaba rezando con un rosario y le había dejado una botellita de aceite. Seguro que lo ha visto desde allá arriba y nos ha sonreído.

 

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