182. Contando aceitunas

Juan Manuel Morales Bellido

 

Al alba, sin faltar un día, mi padre me acompaña al olivar, al verdeo.  Mientras yo cojo todos mis arreos, él limpia el polvo de una piedra lisa y llana del muro que construyó su abuelo con sus propias manos hará más de cien años.  Yo cuento cajas y sacos, él aceitunas.

Una a una las coloca formando una delicada hilera donde parecen soldaditos de plomo en formación.  Y las cuenta, una y otra vez.  Ya no recuerda el cuarenta, ni el cincuenta, difícilmente llega a veinte.  Pero no importa, el doctor dice que el campo, el aire libre, acercarse a los recuerdos de su infancia y juventud le vienen bien.  Y contar, todos los días, contar una y otra vez, como un rito sagrado de los hombres del campo, los de siempre, los de manos agrietadas y calzón de pana.

Cuando aprieta el sol se protege bajo un olivo más viejo que su bisabuelo.  Saca de la chaqueta su cuartillo de vino y lo bebe a hurtadillas, vigilando que yo mire hacia otro lado.  Entonces no puedo evitar sonreír mientras ordeño un nuevo árbol.  El té que preparo cada noche le sabe al mejor de los tintos.

Volvemos a casa cansados y contentos como antaño, cuando me enseñó todos los misterios del campo.  Es seguro que no se curará, pero sus mañanas entre los olivos lo devuelven a sus días más felices.