181. El olivo grande

Ángeles Colmenar Toribio

 

La llamada del abuelo me había inquietado. Supuse que el motivo de tanta premura sería que Jonás le habría comentado la conversación que mantuvimos sobre la venta de la finca “El olivo grande”, por ello decidí tomarme unos días de vacaciones e ir a visitarle. Su voz por teléfono se escuchaba cansada, triste, y mi presencia en ese momento era muy importante y necesaria para él, y aún no sabía hasta qué punto lo sería para mí.

Mi abuelo estaba muy unido a la tierra. Todo lo contrario que yo, un urbanita acérrimo que no cambiaba el asfalto por nada de este mundo. Creo que él adivinaba mis intenciones y pretendía convencerme de lo contrario, pero ¿para qué quería yo esa tierra? Hacía muchos años que ni tan siquiera iba al pueblo de vacaciones. Tan solo pasaba un par de días en nochebuena, porque para él era una cita ineludible y yo le adoraba. Desde que empecé mis estudios universitarios, le veía muy poco, pero debo confesar que echaba de menos ir en bici por el camino detrás de su tractor como cuando era niño. Me encantaba verle arando al atardecer mientras las aves iban picoteando los insectos que salían al remover la tierra, y a Brandy, su perra, ladrando y corriendo de un lado a otro. No sé por qué esa imagen permanece tan nítida en mi memoria.

Me quedaba una media hora para llegar a mi destino. Mientras conducía, iba disfrutando del paisaje delineado por los enormes olivares que se extendían a ambos lados de la carretera. De vez en cuando, se veían interrumpidos por algunas hectáreas de tierra roja, desgarrada por las cicatrices que marcaban en ellas los enormes tractores que las araban dejándolas listas para la siembra. Todo aquel entorno natural enmarcaba cualquier recuerdo de mi niñez. No sé en qué momento permití que dejaran de formar parte de mi vida, para sustituirlo por el brillo del neón. Pude haberlo compatibilizado, pero directamente lo abandoné, excepto a mi abuelo, aunque a él también, de alguna forma, le había abandonado.

Cuando llegué al pueblo, sentí un pellizquito en el corazón; reduje la velocidad más de lo que me indicaban las señales de tráfico; bajé la ventanilla y respiré hondo para dejarme invadir por los aromas de siempre. El pan recién horneado, el anís de las rosquillas, los barquillos y aquellos bizcochos borrachos que tanto me gustaban, fueron los primeros en activar mis recuerdos al pasar por la tahona de Serafín. Y al final de la calle, mi abuelo estaba esperándome, mirando en la dirección en que yo tenía que llegar, con su boina, su bastón y su sonrisa llena de bondad.

Bajé del coche y corrí a sus brazos que ya estaban extendidos hacia mí.

—¡Abuelo!

—¡Hijo! ¡Por fin estás aquí! ¿Qué tal el viaje? Entra en casa. Te prepararé el desayuno para que repongas fuerzas.

—¡Abuelo!, vengo sentado; tengo las fuerzas intactas.

—Nada, nada. La gente de ciudad os alimentáis de cualquier forma, con leche de plástico y dulces de esos que tienen cien aceites distintos y ninguno bueno. Mira, mira, prueba este pan con aceite del nuestro y dime si por allí comes algo así. Mira, hijo, qué colorcito, qué aroma. Igualito que en la ciudad, ¿verdad?

—Desde luego que no, abuelo, ¿pero sabes qué lo hace tan rico? Que tú me lo preparas.

—Y que este aceite es de nuestras tierras, de los olivos que plantaron varias generaciones antes que la tuya.

Entendí que el abuelo iba a empezar a largarme algún discurso. No sé si tenía muchas ganas de escucharle, pero era mi deber hacerlo. El viaje tenía esa finalidad y también expresarle mi decisión de vender las tierras de mis padres.

—Abuelo, he decidido vender los olivares.

—Lo sé, algo me dijo Jonás. ¿Estás seguro de querer venderlos?

—Sí.

—Jonás me comentó lo que estaba dispuesto a pagarte. Me parece muy poco.

—Pero, abuelo, la tierra está muy devaluada. Creo que es una buena ocasión y un buen precio.

—Está bien, ¿cuándo te reunirás con él?

—Le dije que mañana por la tarde nos veríamos. Hoy quiero pasar el día contigo.

—Entonces haremos una cosa. Ayer, Antonia, me trajo un poco de matanza.  He pensado que podríamos comer en el campo. Quiero que me lleves a los olivos.

—¡Para qué, abuelo! No vas a convencerme.

—Ni yo lo pretendo, pero quiero que vayamos para que sepas el valor que tienen antes de venderlos, sobre todo, “El olivo grande”.

—Abuelo, no tengo ganas de regatear, ya acordé un precio que me parece justo. No sé por qué tenemos que estar dando vueltas a algo que ya está claro.

—¿Quieres hacer el favor de callarte y subir al coche todo esto? ¡A veces pareces un niño chico! Ni cuando eras pequeño te ponías tan cansino.

—¡Está bien, está bien! Deja que me cambie de ropa y nos vamos, ¿te parece?

El abuelo asintió mirándome de reojo y sonriendo, y yo miré hacia el techo haciendo un gesto de resignación.

Me cambié, subí al coche la comida que había preparado y nos pusimos en marcha hacia la finca. El abuelo tuvo que indicarme el camino porque yo apenas recordaba dónde estaba. Solo me resultó familiar el puente.

—¡Para aquí! Casi te la pasas. Ya ni te acordabas de tu tierra.

—Tienes razón, abuelo. Solo reconocí el puente por el resbalón que me di con la bici el día que aprendí a montar. Aún tengo la cicatriz en la rodilla después de tantos años.

—Me acuerdo perfectamente. Llorabas y sangrabas con la misma intensidad.

—Recuerdo a la abuela echándose las manos a la cabeza y gritándome: “¡Pero, hijo! Si vienes hecho un eccehomo”. Ja, ja, ja, ja, ja…

—¡Qué chiquillo! Te empeñaste en aprender y lo hiciste ¡Vaya que si lo hiciste!

Mira, ve hacia la izquierda. Allí está.

—Ya, ya lo veo, abuelo. Como siempre “el grande” da la bienvenida.

—Vete un poquito más adelante y dejas el coche a la sombra. Todavía el Lorenzo casca lo suyo.

—Ok, abuelo.

—¿Qué es eso de «ok»? ¡Ay, dios mío! ¡Cuánta tontera!

Yo solo podía reír y reír, con las expresiones del abuelo. Él era de otro tiempo, con otras costumbres, no podía entender la vida de ahora, pero seguía siendo tan divertido como siempre.

—¿Saco la comida, abuelo?

—Sí, hijo. Déjala aquí entre los troncones y ven, que vamos a dar un paseo.

Miré al abuelo caminando despacio entre los surcos, con su viejo sombrero de paja y su bastón.

—¡Vamos, chico! ¿Qué estás mirando?

—¡Ya voy, abuelo! ¡Ya voy!

—Mira, hijo, mira cómo están las aceitunas. Pronto se podrá varear. Mira qué hermosas están. Este año habrá buena cosecha.

Caminamos por la finca durante un buen rato. El abuelo me iba contando la historia de cada uno de los olivos; había solo sesenta y cinco. Era el olivar más pequeño que tenía, el más viejo, pero se sentía allí como en una especie de paraíso, hasta su expresión cambiaba cuando ponía un pie en aquella tierra. Yo le escuchaba hablar sobre: abono, arados, remedios para las plagas, cuándo se quitan los “hijetes”, cuándo se debe podar, el porqué de cortar esta rama en vez de la otra y demás curiosidades sobre el olivo.

—¿Tienes hambre, muchacho?

—Pues la verdad, sí. Cuando venía en el coche, esa matanza iba soltando un olorcito…

—Cosas sanas, hijo. Cerdos criados con cariño, sin porquerías de esas que hinchan a los animales y cuando te comes un filete la sartén se queda llena de un caldo raro, que a saber qué es.

Aún se hace en algunas casas, ahora no tanto, pero antes guardábamos la matanza en orzas de barro. Tú quizás ya ni te acuerdes, pero se freía el lomo, los chorizos…y se metían en distintas orzas, cubriéndolos con aceite. Así se conservaban todo el invierno y podíamos consumirlo sin miedo a que se echaran a perder. También se hacía y se sigue haciendo con el queso. Es una verdadera delicia. Ven, vamos a dar cuenta de lo que he traído y entenderás de lo que te estoy hablando. Entre la caminata y la homilía que te he soltado, tendrás más hambre que el que se perdió en la isla.

—Ja, ja, ja, ja. ¡Cuánto tiempo hacía que no te oía decir eso! ¡Eres único!

—Anda, ven, siéntate aquí. Acerca la bolsa de la comida. Trae la navaja que voy a cortarte un trozo de pan para que te lo comas con un choricito. Te vas a chupar hasta los dedos de los pies.

—¡Madre mía! ¿Pero qué es esto? ¡Está delicioso!

—Lo ves, hijo. Nada como lo natural, lo hecho en casa. Productos de la tierra, porque la tierra es el origen de todo. Ella cuida de nosotros y es nuestro deber cuidarla, amarla, entender que guarda nuestra esencia, lo que somos, y que a ella volvemos, tanto si queremos, como si no.

—Abuelo, siento que no te guste la idea de la venta de estos olivos, pero debes entenderme. Mi vida ya no está aquí. Yo, ya no pertenezco a esto. Me gusta la ciudad, las oportunidades que me ofrece, y el dinero que gane con ellas, estará bien empleado. No lo malgastaré, te lo prometo. Quiero iniciar un negocio. Aquí apenas hay trabajo y mucho menos para la profesión que yo he elegido.

—Entiendo, hijo; de verdad que te entiendo, pero deja que te cuente.

—Está bien, abuelo. Dame otro choricito para hacer más amena la historia.

—Vienes con hambre, truhan…ja, ja, ja, ja, ja. Toma, hijo, toma come. Échale un chorrito de aceite al pan, mójale con sangre de olivo.

—Voy a volver a casa con dos kilos de más, por lo menos.

Se hizo un silencio. El abuelo miró al cielo. Intuí que iba a contarme algo íntimo porque sus ojos se llenaron de lágrimas, y a mí se me hizo un nudo en la garganta, pero entendí que era mejor callar.

—Yo tenía quince años; trabajaba en lo que me salía y el día que podía iba a la escuela de don Ramón. Era un maestro estupendo y un gran hombre. Tenía mucha amistad con el padre de tu abuela, que en aquel momento estaba buscando gente para reunir una cuadrilla que le ayudase a recoger las aceitunas. Mi maestro sabía que yo necesitaba trabajar y que era muy bueno subiéndome a los olivos de «garrotero», como les llamaban antes por aquí; así que me recomendó a don Marcial, tu bisabuelo, y aquel invierno empecé a trabajar con ellos.

Diciembre había llegado duro, pero trabajando en el campo, no se pasa frío. Por la mañana te das un calentón en la lumbre y en cuanto te subes a dos olivos y das cuatro palos, empiezas a sudar.

Aquel día, no se me olvida nunca. Estaba terminando de varear una rama alta, cuando escuché una voz que me gritó: “¡Cuidado!” Me quedé quieto, miré hacia abajo y vi un par de ojos verdes que me miraban con angustia, señalando una rama a punto de partirse. De un salto me tiré al suelo y me quedé frente a ella. Era lo más hermoso que había visto en mi corta vida: tu abuela. Nos enamoramos en ese mismo instante, justo aquí, donde estamos sentados ahora. Este olivar me trajo al amor de mi vida.

Tuvimos un largo noviazgo y cuando terminé la mili, nos casamos con el beneplácito de ambas familias. La mía era de gente humilde, pero muy trabajadores y bien considerados en el pueblo. La de ella estaba en otro nivel social, no eran ricos, pero tenían bastantes tierras y una buena casa. Tu bisabuelo era un hombre serio, muy justo, en el pueblo se le respetaba mucho. Trataba muy bien a sus trabajadores y nunca hizo diferencias entre hombres y mujeres, a todos los pagaba por igual si hacían bien su trabajo. Tampoco hacía diferencia entre sus hijos e hijas, los que quisieron estudiar lo hicieron, cosa difícil en aquel tiempo, donde a las mujeres solo se les enseñaba las labores de la casa, a bordar y poco más. A tu abuela le encantaba leer y su padre siempre le traía libros cuando salía de viaje, sobre todo, de poesía. Era lo que más le gustaba.

El día siguiente a nuestra boda, ella quiso que viniésemos aquí. Dijo que nuestro matrimonio debía empezar junto a la tierra que nos unió. Me contó que este olivo siempre había pertenecido a su familia, y que había sobrevivido a la tala que los militares hicieron cuando las guerras carlistas. Los talaron a todos, menos a este, por eso es más grande que el resto y da nombre al terreno. Los ancianos contaban, que en él instalaron una especie de puesto de vigilancia sobre sus ramas.

—¡Cuántas cosas habrá visto este olivo!

—Seguramente mucho dolor, pero también a dos jóvenes recién casados y felices.

—¿Esa fue vuestra luna de miel?

—Sí. Pero nadie en el mejor lugar del mundo hubiese sido tan dichoso como nosotros aquel día.

Te contaré algo que nunca conté a nadie.

—Dime, abuelo.

—Aquí concebimos a tu padre. Poco tiempo después tu abuela me comunicó lo que ambos sospechábamos: que estaba encinta. Pero no creas que por eso dejó de trabajar. Ella seguía viniendo a este olivar. Me ayudaba en todo lo que podía. Decía que su hijo era de la tierra y mientras que creciese en su vientre, estaría cerca de ella. Nunca vi a nadie con tanto amor por los olivos. Ellos vivían en el color de sus ojos. Tu padre y tú, también los tenéis como ella.

¿Sabes qué recuerdo con mucho cariño? Verla hacer jabón con el aceite de oliva. Se sentaba en el patio con todos los ingredientes. Después de medirlos con mucho cuidado, los mezclaba en un barreño de barro y les daba vueltas y vueltas con un palo de madera que tenía dispuesto para ese menester. Yo me ofrecía a ayudarla, pero siempre se negaba. Decía que las vueltas debían darse con la misma fuerza, para que fuese cuajando despacio, y bueno, yo siempre respetaba lo que decía, porque sabía que saldría bien.

¿Te puedes imaginar el olor de la ropa recién lavada con ese jabón y secada al sol? ¡Cuántos recuerdos!

Cuando nació nuestro hijo, la felicidad ya no podía ser más inmensa. A los pocos días del nacimiento de tu padre, vinimos aquí. Tu abuela cogió una aceituna, la rajó y puso sobre la frente del bebé el aceite, e hizo lo mismo cuando naciste tú. Aquella era una especie de tradición en su familia, una forma de que la sangre de la tierra pasara de generación en generación, o al menos así lo creía ella. Cuando murió tu padre, se le partió el corazón. Ya había sufrido mucho con la pérdida de tu madre el día de tu nacimiento. Fue horrible para todos y para ella también. Creo que vivió unos años más porque tú eras muy pequeño y la necesitabas, pero cuando murió, yo…

—Abuelo, déjalo, no hables más, esto te hace daño, no llores.

—Déjame, hijo, déjame terminar.

—Cuando ella nos dejó, traje aquí sus cenizas y las enterré entre los tres pies de este olivo, justo aquí, en el corazón de la tierra, donde ella siempre quiso estar, donde quedan los tiempos guardados, las vivencias de nuestra familia. Aquí estamos todos y casi dos siglos de historia.

Ahora, hijo, dime si sabes cuánto te podrían pagar por estos olivos, ¿puedes decirme una cantidad?

«Me quedé mirando al abuelo sin saber qué decir, sintiéndome el hombre más estúpido sobre la faz de la tierra. No solo me había marchado del pueblo para irme a la ciudad, sino que también me había alejado de mis raíces para convertirme en uno más, preocupado por el estatus social, la apariencia y todas esas banalidades por las que me dejé arrastrar mientras me negaba una verdad, mi verdad: de dónde vengo y lo que soy».

—Mira, hijo, lee esto.

El abuelo sacó un papel de su cartera. Estaba amarillento y reconocí la letra de mi abuela.

Olivo grande de renglón torcido,

en ti leo la historia de trabajo y de sombra,

de risas y de llanto debajo de tus ramas,

olvido y despedida de manos que se han ido.

De la tierra rojiza, que acoge tus raíces,

se fueron tantas huellas y sangre de los míos,

mientras el tiempo a ti te mima en sus relojes

y se queda dormido en tu tronco vacío.

Déjame recostar mi cuerpo en tu corteza,

respirando el perfume del campo en donde mana

la sangre transparente que destila tu fruto

redondo, verde y negro, que alimenta mi alma.

—La abuela era maravillosa…

—Si que lo era, hijo. Era una mujer especial, y yo el hombre más afortunado de este mundo.

—¿Por qué no me habías hablado antes del valor de esta tierra?

—Porque esperaba que te dieses cuenta por ti mismo. Aunque, bueno, siempre se está a tiempo de salvar a un ignorante.

Abracé a mi abuelo riendo y llorando a la vez. En aquel momento entendí que yo formaba parte de todo aquello, que mi sangre no solo era roja, sino verde, y no había sido consciente hasta aquel instante de todo el amor que me acompañaba.

Dos años después, el abuelo falleció. Llevé sus cenizas al olivar, y escarbé en la tierra para dejarlas junto a las de mi abuela. Leí el poema que ella había escrito; como una oración de despedida. La oración que late en mi alma desde entonces al reconocerme a mí mismo como hijo de la tierra.