180. El joyo de aseite con aseitunillas

Blave

 

Nací en 1956, en un pequeño pueblo de Málaga. Mi padre había trabajado, desde pequeño, en los campos de olivares de los alrededores. Con constancia y abnegación fue adquiriendo, a lo largo de los años, pequeñas parcelas de olivares situadas alrededor del pueblo, hasta que dispuso de cien olivos, suficientes para mantener a una familia de nueve personas: dos abuelas, mis padres y, posteriormente, sus cinco hijos.

La miseria de la posguerra conllevó una hambruna importante, sobre todo para las familias republicanas, como era la mía, donde los alimentos básicos eran un auténtico tesoro: pan, huevos, leche, aceitunas y su derivado, el aceite.

Mi infancia transcurrió ayudando a mi familia a cuidar los olivos i a recolectar su fruto cuando tocaba. Daba mi corta estatura las funciones que me encomendaban eran las de recoger las aceitunas que caían al suelo. Recuerdo el aroma que desprendían las diferentes variedades –hojiblanca y picual – cuando caían al suelo y las probaba: la primera sabía a hierba fresca y la segunda amargaba y picaba.

Pero cuando más disfrutaba era cuando mi madre preparaba el «joyo de aseite con aseitunillas». Así era como ella lo pronunciaba, con un andaluz castizo y alegre. La merienda se convertía en una ceremonia alimenticia, regada con mucho cariño. Gracias a esta «joya nutritiva» que, junto con los otros alimentos básicos, formaban parte de nuestra dieta diaria, subsistimos durante aquellos duros años y muchos más: mis abuelas – viudas por la guerra civil – fallecieron ambas a los 89, mi padre a los 92 y mi madre a los 93. Sus cinco hijos –yo soy el pequeño–, aún vivimos con aceptable salud.

Se lo conoce popularmente como el «oro verde». Pero, para mí y mis hermanos, siempre ha sido y será «la joya de nuestra existencia, el sabor de nuestra infancia».