MásQueCuentos

180.- El capitán que nunca olvidó

Perulero

 

En 1616, en las faldas de un collado con fuerte alcázar a lo eminente, como describió Méndez a la ciudad de Jaén, vendría al mundo Lucas Martínez de Frías. Aventajada en aguas que brotaban de su montuoso paisaje y capaces de mover molinos de dos ruedas, era la metrópoli del Reino, ubérrima en pan, vino, aceite, caza, ganados, huertas, frutas de toda índole…

A pesar de la riqueza natural de la ciudad, se empezaba a sufrir la crisis económica de inicios del siglo XVII, cuando Lucas ya espigaba. Encomendábanse los vecinos, sufridores de la embestida de una suerte consecutiva de pestes, epidemias, plagas y sequías en el Reino, a la reciente talla de Nuestro Padre Jesús, del Convento de San José, en la Puerta de Granada.

El trayecto desde la colación de la Catedral, en la que residía con su familia, hasta el Convento para visitar la talla de Jesús era para Lucas una especie de sencillo rito en el que se impregnaba de la magia y energía del Cerro Almodóvar, que dominaba imponente la carrera desde el fondo. El camino transcurría por fuera de la muralla, pasando junto al torreón del Conde de Torralba. Desde él gustaba de observar las huertas, vides, olivos y árboles frutales del barranco de los Escuderos y entornos del arroyo del Almendral. No en vano, era el arrabal de Santa Ana fértil y rico en agua, con uno de los principales raudales de la ciudad, cultivada con esmero por los labradores, los mismos de la Puerta de Granada de los que “cuatro o seis que habían mandado hacer la talla de Jesús a sus expensas, con las limosnas que dieron, y otras que juntaron tres o cuatro religiosos Carmelitas con su diligencia y agencia”.

En una de las llamadas a filas que el Reino pregonaba por el vecindario, Lucas decidió que era una buena oportunidad y decidió enrolarse como soldado en las Indias Occidentales. Esperaba prosperar en su aventura y ganarse con su valía el respeto y la consideración de sus paisanos y compatriotas, partiendo de un espíritu honesto y humilde.

Marchose Lucas y quedose la ciudad con sus quehaceres, con sus molinos de harina y de aceite, con sus lagares por donde la aceituna o la uva entraban a lomos de las cabalgaduras, sus artesanos tallando la madera, la piedra o la plata, tejiendo cuerdas, capachos y telas, amasando pan, sus vendedores de leche, de frutillos como manzanas acerolas, repartiendo leche, cociendo tejas y cántaros, fabricando dornillos para el gazpacho.

Era esta época propicia, por la religiosidad tan profunda que rayaba muchas veces en superstición, para que corrieran por la ciudad leyendas varias, como la del niño gigante, que se crio en frente precisamente del Convento de los Carmelitas Descalzos, en un caserón antañón, hijo de Julián y Dionisia, y que se creía castigo divino a los padres, no bastando la suerte de plagas, epidemias, sequías y pestes que azotaban a los vecinos a lo largo de este siglo. “Come mucho, pues una hogaça de pan y una libra de carne no le basta mamando”, narraban las relaciones. El muchacho, leyenda como el lagarto de Jaén, tragaba más que éste. O el chavalillo que nació años antes del siglo XVII, en la casa de Pedro Biedma, un veinticuatro de la ciudad, que presentaba dos caras: “tenía un ojo grande en medio con dos lunetas […] que hazía dos rostros enteros”.

Quedaba ya lejos este mundo para Lucas, que había emprendido una nueva vida en el Nuevo. En el Virreinato de Perú la religiosidad emanaba aires de paganismo, pugnante entre los ídolos indígenas locales y la ritualidad católica evangelizadora, si bien para Lucas no había más ídolo local en su pensamiento, más fetiche, más altorrelieve que Nuestro Padre Jesús del Convento de los Carmelitas Descalzos, que tan distante se encontraba. Aun siendo la cultura andina y la castellana lejanas y opuestas, Lucas encontraba en ellas muchos sutiles paralelismos. La religiosidad andina precisaba de un contacto permanente y una conexión directa con la naturaleza, considerada sacra. También esto se daba de alguna manera en las longitudes castellanas. Acordábase él de la leyenda del Abuelo, de una de las muchas variantes que circularon, y que por aquellos siglos se forjó, donde devoción y naturaleza se daban la mano:

“Una calurosa tarde de verano, un anciano peregrino, llegado de lejos, se vio en la necesidad de pedir acomodo en una casería del Puente de la Sierra. Era una hora tardía y ya no tendría fuerzas ni luz para alcanzar la ciudad de Jaén, por lo que rogó en sus adentros por la caridad de los moradores. Al poco de golpear el oxidado aldabón de la destartalada puerta, salió al encuentro una pareja adulta, que le atendió con amabilidad. El anciano les solicitó que le dieran cobijo por esa noche en algún aposento de la casa de labor, donde pudiera descansar para recuperarse y continuar su camino el día siguiente, ya con las primeras luces del día. Los inquilinos atendieron su demanda con diligencia, y le ofrecieron un espacio amplio, junto al leñero, donde pudiera descansar de manera reservada, y donde podría componerse un jergón a partir de la paja y hierbas secas que allí se almacenaban para las bestias. Quedó muy agradecido el anciano, y pese a que solo requirió un cántaro de agua donde poder mojar los mendrugos de pan que llevaba consigo para acostarse cenado, los huéspedes le sorprendieron con un rico ajoblanco compuesto de pan, almendras molidas recogidas en la aledaña zona de Mirasierra donde tan bien se daba y aún hoy se dan, ajos criados en la misma huerta de la casería y regados con el agua fresca y cristalina del río Quiebrajano, sal gorda de las salinas del Lagartijo, al norte de Jaén, así como abundante aceite de oliva picual, procedente de los olivos del montuoso Puente de la Sierra. Todo ello, presentado bien mezclado en un lebrillo, era capaz de rendir los deseos del más asceta, y, a modo de bálsamo de Fierabrás, de recomponer al más estragado. Marcháronse los caseros y dejaron al abuelo cenar y dormir en paz, quedando éste muy abrumado por las atenciones recibidas. Amaneció un nuevo día, el sol ya apuntaba alto y los inquilinos no veían que el anciano se animara a salir del aposento, pese a que había prometido abandonar la casería nada más despuntara el alba, por lo que se decidieron a presentarse a su estancia. El peregrino ya se había marchado, pero había dejado sobre el jergón una talla, realizada en madera de uno de los muchos troncos que en el leñero había acumulados para el invierno, de Nuestro Padre Jesús Nazareno, conocido a partir de entonces como el Abuelo.” Los devotos giennenses se postrarían y rendirían culto a una talla de madera, proveniente las florestas del Puente de la Sierra, en una comunión andina de naturaleza y religiosidad.

En América, Lucas, que había llegado como soldado raso, fue poco a poco adquiriendo mayores responsabilidades y puestos de mayor rango en el Virreinato de Perú, gracias a su buen hacer, a su enorme voluntad, y a su tranquilidad reflexiva, que era destacada y por la cual recibió el remoquete de «Pocasangre», el Capitán Pocasangre. Un valeroso giennense que prosperó en la Ciudad de los Reyes del Perú, y que no olvidó sus raíces en la hora de su muerte.

En su testamento, Pocasangre dispuso gran parte de su caudal dinerario para llevar a cabo unos deseos suyos que redundarían en beneficio de su alma, de su memoria como se ha podido constatar, y de los paisanos de su infancia. Consignó, además de mil quinientos pesos para la construcción de una capilla para la talla de Nuestro Padre Jesús, quinientos pesos para la realización de una lámpara de plata que alumbrara la imagen, así como para la dotación de aceite, que se habría de consumir iluminando el retablo.

La piedra para la capilla procedió de una cantera ubicada en la Fuente del Peral, en el pago de Almodóvar. El aceite de oliva provendría naturalmente del entorno, de los olivos del barranco de los Escuderos y del entorno del arroyo del Almendral, siendo molturado en uno de los cercanos molinos de dos vigas del arrabal de Santa Ana.

Esta era la manera con la que el Capitán Pocasangre fundiría de manera genuina la espiritualidad andina y la castellana. La naturaleza sacra de la piedra caliza y del dorado zumo de aceituna, procedentes ambos de los montes de su infancia que troquelarían su alma infantil, quedaría entrelazada de manera íntima con la devoción, más propia de la idolatría prehispánica, a la talla de Nuestro Padre Jesús de Jaén. El aceite de oliva se convertiría en el interior de lámpara en luz de esperanza viva y continua, y su leve humo quedaría consagrado a los cielos, nacido en los campos de Jaén.

Todo esto lo donaba por su pueblo, para su pueblo. Para los mismos hijos de los labradores a cuyas expensas se elaboró la talla; para el paisanaje de Jaén, el mismo que esculpió a su vez el paisaje de su infancia.

 

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Scroll Up