179. Recolectando experiencias

María José Lechuga Sutil

 

Maribel siempre fue una niña extrovertida, graciosa, buena y traviesa. En el colegio tenía atemorizados a algunos niños porque no permitía que se mofaran de ella por llevar unas enormes gafas de color marrón y le gritaran “cuatro ojos, capitán de los piojos”. Alguna que otra vez los perseguía y hasta los retaba a luchar contra ella. Su pasión por la enseñanza era nula, incluso cuando llegaba a casa después de las horas lectivas, lo primero que hacía era tirar al suelo la casi vacía cartera que solo contenía algún libro y libreta visiblemente destrozados. Prefirió abandonar en el quinto curso de la Educación General Básica, la extinta EGB, y dedicarse a trabajar. Y así fue como siendo aún muy joven sus padres decidieron que ayudara a su madre en las tareas del hogar y llegado el invierno que formara parte de la cuadrilla encargada de recoger la aceituna. Maribel no se negaba a trabajar ni a colaborar en las faenas que sus padres le encomendaban, y si lo hacía era con salero y desparpajo.

Cuando llegó la adolescencia, nuestra intrépida jovencita no cesaba en su empeño de hacer todo aquello que le parecía bien, aun a sabiendas de que era menor de edad. Y generalmente sin contar con la autorización de sus progenitores, como irse en coche con algunos amigos a otros pueblos a divertirse, acudir a discotecas o ferias de otros lugares, llegar más tarde que sus hermanos mayores o incluso sobrepasar el límite de ingesta de bebidas alcohólicas. Su carácter alegre y divertido le permitía “ligar” con muchachos y tener “rollitos” que, definitivamente, solo se quedaban en encuentros casuales, nada serio. Hasta que llegó a su vida un joven de su edad que junto a dos amigos acudían a su pueblo procedentes de otra localidad de la comarca de Sierra Mágina. Para que sus padres le permitieran mayor libertad horaria y de movimiento, decidió que este muchacho debía de acudir a la casa para hablar seriamente con los padres y pedirles permiso para venir a recogerla y para luego acompañarla de nuevo a la hora de regresar. Aunque este romance fue duradero, no tenía aspecto de ser serio para ella, de hecho Maribel puso fin a la relación por decisión propia y tajante.

Andábamos ya a finales de la década de los ochenta cuando ocurrió que creyó enamorarse de un joven que vino al pueblo, un poco mayor que ella, una noche cualquiera, en la discoteca. Lo miró, le gustó, habló con él, se besaron y concluyeron que estaban hechos el uno para el otro. Él le propuso a ella largarse juntos para demostrar al mundo su inmenso amor y Maribel, que ansiaba volar como un pájaro y dejar atrás sus fríos inviernos en el olivar, entendió que se trataba de una buena idea. Era tan decidida que se fue con lo puesto, como se suele decir en Andalucía. Lo que a simple vista pareció un juego de jóvenes inmaduros fue un duro golpe para la familia, ya que Maribel no dijo a nadie que se iba con “su amor” ni por supuesto a dónde se iba. Para los padres fue una de las peores noches de su vida, aquella que pasaron en vilo sin saber qué habría ocurrido con su hija, no había teléfono donde llamarla, ni dirección donde acudir a buscarla, ni las amigas ni los amigos a los que les preguntaban sabían de su paradero. La madre estaba deshecha, no había consuelo para aliviar su dolor. Afortunadamente, entre las múltiples personas a las que interrogaron personalmente apareció un joven que pudo dar explicaciones de lo ocurrido. Al día siguiente consiguieron contactar con ella y aunque su explicación de lo ocurrido era breve y absurda, lo cierto es que al menos tuvieron constancia de que estaba bien. Salvo este episodio tan desesperante, la pizpireta Maribel mostraba allí donde estuviese su carácter jovial, su sonrisa llena de vida y su generosidad. Cuando llegó al pueblo de su ya prometido, fue muy bien acogida por los lugareños y aunque era una extraña tardó muy poco en hacer amigas y en ganarse el cariño de todas ellas.

El grupo de chicas a las que conoció, le hablaron de la arraigada costumbre que tenían en esta localidad de marcharse durante los meses de temporada a la recogida del tomate de invernadero en la región de Murcia. Le hablaban de lo mucho que se ganaba y de lo bien que se lo pasaban. Tanto a ella como al novio les pareció bien la idea, pero solo viajaría ella, pues él ya tenía su trabajo en la comarca. Su juventud, sus ganas de conocer lugares y su personalidad tan intrépida, hicieron que tomara muy pronto su decisión de marchase con el grupo de mujeres a tierras murcianas. La maleta era pequeña, porque realmente no tenía mucho que llevarse. Un par de pantalones, algunos abrigos, ropa interior básica y sus cintas de casete de sus artistas preferidos como Miguel Bosé y Los Pecos.

El grupo de cuatro mujeres viajó en autobús hasta Puerto de Mazarrón, en Murcia. Esta localidad enclavada a unos seis kilómetros de Mazarrón iba a ser su domicilio durante los próximos meses. El piso donde se instalaron en régimen de alquiler se lo proporcionaba la empresa “Los Rodríguez”. Maribel se encontraba animada y expectante ante su nueva experiencia. Pensaba que sería bueno para la economía de la pareja y además cotizaría en la Seguridad Social por primera vez en su todavía corta vida.

Se instalaron sin dificultad, con reparto de camas incluido y haciendo la lista de la compra urgente de algunos alimentos, pocos, porque ellas se habían traído de su pueblo gran variedad de viandas como patatas, aceite de oliva, embutidos caseros, legumbres, encurtidos y conservas. Los familiares de Maribel no sabían exactamente a qué se iba a dedicar, ella no les mentía, simplemente no decía toda la verdad para que no se preocuparan. Las cortas conversaciones se habían limitado a preguntar por la salud, a interesarse por cuándo se iban a ver o simplemente saber que todo estaba bien. “Mejor le digo a mi madre que me he venido a trabajar a un hotel aquí en la costa, muy cerquita del mar”, pensó el primer día que habló con ella.

Al principio a Maribel le costaba bastante acostumbrarse a este nuevo trabajo, pues realmente no estaba habituada a madrugar tanto, a un rígido horario, al trabajo físico tan duro, ya que aunque era similar a la recogida de la aceituna, ella encontraba la recolección del tomate más molesta para su cuerpo, quizá por su desconocimiento de esta tarea. Se levantaban a las cinco de la mañana y un autobús las recogía para llevarlas a la finca y después las dejaba en el mismo sitio. Las jornadas eran muy laboriosas, agotadoras y a ratos incómodas. Prácticamente todas las horas de trabajo estaba en posición agachada, las matas de tomate estaban mojadas y su ropa acababa empapada y con un intenso color verde. Cuando llegaban a casa las jóvenes caían rendidas en el viejo sofá unas y en la cama otras. A continuación, una buena ducha y a preparar la cena y la merienda, que sería el almuerzo para el día siguiente. Sus compañeras de piso eran muy diferentes a ella, solo contaban chismes del pueblo, no les gustaba salir, ni hablar de música, de diversión o de fiestas.

Los días pasaban lentos, la joven se adaptó pronto al ritmo de trabajo que exigía el invernadero y contaba las semanas que faltaban para volver a su tierra. Por su parte, la familia, concluyó que sería bueno darle una sorpresa, viajando hasta el Puerto de Mazarrón y aprovechar para llevarle algunos alimentos más del pueblo como tortas de aceite rellenas de crema, roscos, magdalenas y pan. Decidieron ir hasta allí su hermana y hermano con el consentimiento de sus padres, para pasar un par de días. Llevaban la dirección de su lugar de residencia anotado en una hoja de papel tomada de la carta que habían recibido. Casualmente abrió Maribel, que al ver a sus hermanos lanzó un grito de alegría y se fundió en un fuerte abrazo con ellos. Tras secar sus lágrimas comenzó el lanzamiento de preguntas una tras otra, un interrogatorio que parecía no tener fin. El llanto se mezclaba con la emoción y la alegría, pues los tres hermanos mostraban su más tierna expresión de cariño.

Tras una charla rápida y con risas entrelazadas, Encarna, la hermana mayor, lanzó la gran pregunta que dejó desconcertada a Maribel:

 

Hermana, entonces ¿qué horario de trabajo tienes? ¿Dónde está el hotel? ¿Nos llevarás a verlo mañana?

Maribel bajó la mirada con cierta tristeza y su rostro se volvió afligido. Encarna al percatarse del cambio, le cogió la mano para darle una muestra de afecto y fue entonces cuando notó que su piel estaba muy áspera, curtida, agrietada y con poco color. Los tres se miraron sin saber qué decir, hasta que ella rompió el silencio:

  • Pues, tengo que deciros una cosa- balbuceaba- que no estoy trabajando de cocinera en un hotel junto a la playa. Que no he dicho la verdad para que no os preocupéis por mí y sobre todo para que mama y papa estén más tranquilos.

-Pero hermana -intervino Juan Manuel-, entonces… ¿no estás trabajando? ¿Y entonces… a qué te dedicas? Pero… no entiendo nada…

-Es que la verdad no es esa, sino que mi trabajo es sembrar y recoger tomates en el invernadero y me daba como vergüenza decirlo….

Encarna le cogió la otra mano y apretándola fuerte le levantó la cara y le dijo cariñosamente:

-Pero niña, tú eres tonta… no pasa nada. Deberías habernos dicho la verdad, pero si no ha sido así no te preocupes. Lo importante es que estés bien y contenta. ¿Y te pagan en condiciones?

-Sí, eso sí. Nos pagan con cheque a final de mes. Pero…no quiero que se lo digáis a mama y papa, ¿vale?

-Bueno, lo que tú digas. Pero no creo que valga la pena tenerlos engañados. En  definitiva, estás trabajando, que es a lo que has venido. Y ¿tu novio lo sabe?

-Sí. Él sí lo sabe. Pero le dije que si alguna vez lo llamabais por teléfono no dijese nada.

-¡Vaya con mi Maribel!  exclamó Juan Manuel- no dejarás de sorprenderme nunca. Bueno no quiero verte así… Venga, vamos a arreglarnos y saldremos a tomar una copa.

De modo que los tres salieron de la vivienda con garbo y desparpajo.

-¡Como dice la canción de los Hombres G “¡voy a pasármelo bien!” -apostilló el hermano entre risas.

Pasaron unas horas estupendas intercambiando noticias, opiniones y propuestas, pero sin hacer mención en ningún momento a la inesperada mentira de Maribel. Sus hermanos le aseguraron que todo quedaría en una anécdota y ella no debía de sentirse mal por ello, sino orgullosa de estar trabajando duro y lejos de su tierra y de su familia.

-Os echo mucho de menos -decía-. El trabajo es muy fuerte, más que la recogida de las aceitunas. Aquí hace mucha calor bajo este mar de plástico y yo me acuerdo de esas lumbres que encendemos en el campo los días de frío y esos chorizos que asamos en las ascuas acompañados de una buena pipirrana. Y también, pues que si algún día llueve nos quedamos en casa y descansamos, sin embargo aquí tengo que trabajar todos los días. Prefiero la convivencia de la cuadrilla nuestra, contándonos anécdotas y chistes.

-Bueno, no te preocupes, pronto estarás de vuelta. Tú disfruta los meses que te quedan y,  sobre todo, cuando venga tu novio salid a comer por ahí, que ¡en esta tierra murciana se come de escándalo!

Salieron del bar y se dirigieron hacía la orilla de la playa.

-¿El agua estará fría? -preguntaba Encarna.

-No creo… hace buena temperatura -respondió Juan Manuel.

Sin necesidad de mediar más palabras, los hermanos se entendieron perfectamente y los tres al mismo tiempo se quitaron el calzado y se dirigieron rápido hacia la orilla hasta que el agua cubría sus pies. Caminaron un buen trecho sobre la arena y disfrutaban escuchando las olas y observando el reflejo de la luna sobre el mar. Salieron de la arena y continuaron caminando por el paseo marítimo con los zapatos en la mano. Llegaron a la puerta de la pensión donde se iban a alojar por esa noche. El cansancio era evidente en ellos, no había tiempo para otra cosa que no fuese dormir. Al día siguiente los tres juntos disfrutaron de un rato de charla y finalmente tuvieron que despedirse con abrazos y lágrimas.

Y así fueron pasando los días, más agradables unos y más nostálgicos otros. Maribel contaba ansiosa en el calendario rodeando con un círculo cada día de agotador trabajo. Era consciente de que su cuerpo había cambiado, observaba que la espalda le dolía, que las manos estaban deshidratadas, que ansiaba volver a su tierra y que bien se merecía ya unos cuidados y mimos.

Tres meses habían pasado y llegó el momento del fin de la temporada. La que sería la última noche en El Puerto de Mazarrón, Maribel estaba cómodamente tumbada en la cama escuchando “Que no lastimen a tu corazón” de Los Pecos. Pensaba en lo mucho que había madurado emocionalmente, evolucionado como persona y adquirido autonomía. Su balance era positivo ya que en estas semanas había aprendido a equilibrar la vida personal con la laboral. Ello hizo que regresara a su pueblo jiennense con más fuerza y vitalidad que nunca. Desde el autobús comenzó a percibir el cambio del paisaje según se iba acercando a su Andalucía y aunque agradecida a las tierras murcianas por su acogida y hospitalidad no podía dejar de exclamar:

-¡Sin duda, prefiero nuestro mar de olivos!