178. Perseo y el olivar

Antonio Belizon Reina

 

Aquella casa en medio del campo estaba semivacía.

Al mirar por la ventana, la madre estaba dando de comer a su hijo. Perseo estaba sentado en un banco destartalado junto a una mesa aún más vieja. El chico sostenía un trozo de pan y ella acercó una vasija dejando caer sobre el mendrugo un chorro de aceite.

El niño miró a su madre, se levantó y se acercó a un grifo que estaba en el exterior de la casa. Quería que aquel trozo de pan se empapase de aceite y creyó que al grifo se lo daría. Abrió la espita y el agua inundó sus pies.

La madre sonrió con la ocurrencia de Perseo. Abrazó a su hijo, lo miró con ternura y le musitó al oído…

Aquí al lado se extiende el campo del Olimpo. Esas tierras son de tu padre.

Un día forzó mi amor bajo la luz de la luna.

Tú naciste entre olivares, acurrucado sobre el tronco ancho y arrugado de uno de sus árboles, protegido por sus flores hermafroditas, amparado del relente por las ramas finas y alargadas del acebuche que mantenían sus hojas lanceoladas como un cobertor, para cubrirte del frio y las heladas en la noche de Jaén.

La tierra reseca fue tu lecho. En ella creciste viendo en cada recolección, los latigazos constantes a los olivos para desprenderse de su verde tesoro.

Mis manos sirvieron para trasladarlas a su cárcel de oro.

La aceituna prisionera fue estrujada en la almazara y lloró en silencio para ofrecer la cosecha perfecta.

Hoy, todos pasean por los alrededores, haciendo su ruta para conocer el misterio que se produce en cada temporada.

Tras las palabras de su madre, Perseo abrió los ojos y vació la última gota de aceite de la aceitera.