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178.- La escapada

Daniel Blanco Parra

 

Lo importante no es lo que vivimos, sino lo que recordamos.

No se está tan mal en esta residencia. Ni bien ni mal. Es lo que hay, ¿de qué nos serviría quejarnos? Nuestros hijos, y eso que tenemos ocho, dijeron que sí, que por supuesto, podíamos quedarnos en sus casas, pero lo hicieron con la boca pequeña, echando el aire por la nariz, comentando justo después que tenían mucho trabajo, que casi no había sitio, que los niños daban mucho ruido, que no íbamos a estar cómodos. Proponían ellos, como una solución salomónica, que rotáramos, que viviéramos cada mes en una ciudad y con una familia, que metiéramos nuestras pertenencias en una maleta y que nos moviéramos casi con lo puesto. Cuánto trajín a la vejez, qué pereza a estas alturas. Por eso decidimos venirnos aquí, mi mujer y yo, para estar más tranquilos, para vivir los últimos años a nuestro aire. Y sobre todo, sin molestar a nadie. Llegamos hace tres años y, aunque el inicio fue duro, nos acostumbramos. No nos quedaba otro remedio y además, estamos juntos. Aquí nos toman la tensión y nos hacen las comidas sin sal, nos sacan a tomar el sol todas las mañanas e intentan mantenernos entretenidos con manualidades, canciones y teatrillos de los Álvarez Quintero.

Eulalia, mi mujer, sufrió un ictus a principios de año y ahora sólo recuerda retazos de nuestra vida. Tiene flashes de memoria, alguna cara familiar, algún viaje de aniversario, algún chiste viejo; el resto del tiempo lo pasa buscando a su abuela que, ya ves tú, tendría hoy ciento treinta años, y preguntando que cuándo nos vamos a casa. Cuenta casi cada día que, al lado del colegio, hay una fábrica de caramelos y que el portero, al verla pasar, le da un puñado y le pide que no se los coma todos a la vez. Ella, con un nerviosismo casi infantil, se mete la mano en el bolsillo y siempre encuentra alguna chuchería que le he escondido yo. Ya no hay casa ni presente, casi no existo ni yo. Mi mujer no recuerda mi nombre, pero sí sabe que la cuido, que la llevo al comedor y que me levanto en mitad de la noche a arroparla y eso es, al fin y al cabo, lo importante, lo único que importa.

Llevo casi dos semanas preparando una sorpresa. No es del todo legal, pero ya no tenemos edad para achicarnos ante las leyes. Nada más levantarnos, le he cogido las dos manos, he abierto mucho los ojos y le he dicho que se prepare y, sobre todo, que no diga nada, que vamos a hacer algo divertido. A mí me ha parecido verle cierto brillo en la mirada, en esas dos islas marrones casi tragadas por el mar de arrugas. Ella se ha puesto un collar de perlas, yo le he echado colonia, le he dicho que está guapísima. Hemos desayunado juntos, en la mesa que está al lado de la ventana. Ella, con la vista perdida en el paisaje amanecido; yo, con la vista perdida en ella. Hemos tenido que esperar a que se bebiera la leche caliente, a que masticara bien la tostada con ajo y aceite y a que se tomara las pastillas. Después, a esa hora en la que los ancianos pasean de un lado a otro del jardín o se pelean por estar en la partida de dominó, nos hemos ido caminando hasta el patio, bañado ya por los primeros rayos de sol. Le he echado una rebeca por los hombros y le he dicho que la quiero.

La residencia da a un bosque por donde a veces se ve correr a las ardillas, donde podrían perderse los niños de los cuentos. La tomo del brazo y ella, como siempre, se deja guiar, con su paso lento pero firme. Nunca pone impedimentos, no se queja. Rodeamos el edificio, nos sentamos un rato en uno de esos bancos que hay frente a ese estanque que parece de juguete donde las monjas colocaron esculturas de gnomos sonrientes. A las diez y media, como cada día, llega el repartidor con enormes cajas de patatas y de cebollas, con las garrafas grandes de aceite. Una de las monjas encargadas de la cocina le abre la puerta y le dice que pase, que con este calor la fruta no aguantada nada. Aprovechamos entonces y salimos por la puerta trasera que da a un camino de tierra. Ella, mi mujer, me mira extrañada. Lo poco que le queda de lucidez la tiene alarmada: sabe que estamos haciendo algo prohibido. Yo me cruzo el dedo sobre los labios y niego con la cabeza, le digo que no hable, que siga andando. Le sonrío para tranquilizarla y ella asiente. Ya no somos jóvenes, pero vamos casi al trote, con la respiración alborotada y las mejillas encendidas, sintiendo el latir del corazón en las sienes y en la garganta:

—¿Qué hacemos? —me pregunta ella.

—Es un secreto.

—¿Un secreto grande?

Y tan grande. Atravesamos un pequeño merendero, que ahora está vacío, un aparcamiento donde envejece un coche que lleva más de tres años abandonado y llegamos a una parada donde un autobús nos llevará a nuestro pueblo. Yo no dejo de mirar atrás, de pedirle a Dios que nos dé un poco más de tregua. No tenemos que esperar más de diez minutos, menos mal. Nos subimos y nos sentamos al principio, siempre cogidos de la mano. Ella no habla, sólo se deja mecer por el traqueteo del autobús. Cuarenta minutos más tarde, hemos llegado a nuestro destino: ya se ve la torre alta, las casas encaladas. Nos bajamos en la plaza del pueblo y ella se queda quieta: serán los recuerdos, que la saturan, que la dejan indefensa.

—Ay —dice ella.

—Que no te preocupes, te va a gustar.

—¿Vamos a casa?

No, no vamos a casa. La llevo hasta el callejón del agua y seguimos bajando en dirección a la fuente y seguimos andando, nos alejamos hasta que llegamos a ese pequeño olivar que siempre fue de mi familia y que ahora gestionan dos de mis hijos. Nos paramos y me separo no más de un metro para que le lleguen los recuerdos, para que se imagine en ese mismo punto hace más de sesenta años. En efecto, bajo este olivo, igual de frondoso que ahora, nos dimos nuestro primer beso, nos hicimos las primeras promesas de amor, pensamos por primera vez que la vida era maravillosa. Sí, el paisaje es el mismo, igual que nuestro amor, que sigue intacto. Ella se abraza a mí, y murmura algo de que ha sido muy feliz. Nos quedamos así los dos, apoyados en esa piedra en la que comíamos pipas y soñábamos con viajar, con comprarnos una casa, con montarnos en globo, mirando el olivo y suspirando a ratos. Es ella la que no para de recordar, como si una avalancha de pasado cayera sobre ella:

—Después trajimos aquí a Fátima, ¿te acuerdas?

—Y que casi se nos pierde.

—Porque tú te quedaste dormido. Y aquí vinimos a ver las lágrimas de San Lorenzo, los dos, con una manta cubriéndonos.

—Yo no veía ninguna estrella fugaz y a ti no se te escapaba una.

Hablamos de lo que fuimos, de cuánto nos quisimos. Estamos con las manos cogidas, regodeándonos en el pasado. Tampoco nos dejan mucho tiempo, supongo que se ha corrido la voz, que alguien del pueblo ya habrá llamado a alguno de mis hijos para decirle que nos ha visto por aquí, que íbamos a toda prisa y con la cabeza agachada, como dos fugitivos. Llega, en un coche negro, el portero de la residencia con sor Leonor, que paran junto a nosotros.

—¿Dónde estabais? Me habéis dado un susto de muerte —dice ella, que sale del coche moviendo mucho las manos—. ¿No sabéis que no podéis salir de la residencia? ¡Está prohibido, prohibidísimo!

En ese momento aparece también uno de mis hijos, enchaquetado, con el móvil en una mano:

—Pero, ¿cómo se os ocurre? ¿Estáis tontos?

—Sólo queríamos…—intento explicar, pero me callo. Es inútil.

—No volváis a hacerlo. Venga, vamos a la residencia.

Obedecemos, pero pido que nos dejen unos minutos, que nos dejen mirar un poco más este olivar, nuestro olivar, porque aquí, frente a nuestros ojos, está la puerta al paraíso. A lo que fuimos y a lo que deseamos, a ese momento en el que la vida era infinita. Le agarro a mi mujer una de sus manos con las mías y se la aprieto para que note mi amor. Ella tiene la sonrisa en los labios. No decimos nada. Sentirnos la piel es suficiente. Y yo, esa noche, a solas, añado en el testamento una petición: que lleven a mi mujer al olivar todas las semanas, aunque sea sólo cinco minutos, que no dejen que se le olvide lo felices que fuimos, cuánto la quise. Que lo hagan o que lo hagáis, sólo pido eso, ya que a mí, por desgracia, me queda poco tiempo -la muerte me reclama- y no podré hacerlo más.

 

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