176. La recolección de una oliva sedienta

Jornalero

 

En la pertinaz sequía. 

Pronto vendrás a verme y como siempre te daré mi sangre. A pesar del estrés hídrico que padezco, sé que me mimas y que me quieres, pues este sufrimiento mío que me mortifica percibo se funde con tu dolor queriendo sin poder remediarlo apagar mi sed. 

Como mujer, todavía me queda algo de coquetería, por ello, peinaré mis cabellos en el reflejo escarchado de la luna gélida, antes de que tú, mi enamorado aceitunero, casi escondiéndote en la madrugada vengas a visitarme; esta vez, a llevarte lo que gesté fecundado por tu sudor. Al alba, te esperaré y te entregaré todo lo que tengo, pero no me pidas más, esta vez no, pues mi tormento me ahoga

Vendrás por caminos polvorientos donde te observarán ateridas y adormiladas cigarras, añorando entonar cánticos agosteños estando en diciembre.

Bajo mi cuerpo desnudo pondrás sábanas y pisarás sobre ellas; sábanas negras que se llenarán de lágrimas enjutas y arrugadas al tiempo que sentiré las vibraciones de tus caricias sin llegar esta vez a estremecerme.

Verás mis brazos estirados suplicándole al cielo que llore, que derrame agua en mi reseco tronco y sobre las grietas abiertas de mi fosa, al tiempo que tú, mi enamorado y sufrido aceitunero, en un beso de mortaja, mojarás mis sedientos labios con la tinta de estas letras.