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176.- Alizée

Rafael Méndez Meneses

 

Alizée observa el lienzo consumirse en las llamas afuera de la casa. Voltea a mirar a Bernard, que entra, cierra la puerta y le grita que vaya por leña. Quiere que el lienzo quede reducido a cenizas, aunque ya no hay nada que salvar. Alizée mira el rincón de la leña. No hay. Cómo va a haber, si aún no la necesitan. Avanza desganada hacia el olivar, a ver si encuentra suficientes ramas en el camino.

Los castigos de Bernard fueron siempre iguales. Se encierra y la envía a hacer algo lejos de la casa. La destierra. Fue precisamente en uno de esos destierros que todo empezó. Hace un año llegó al sanatorio un artista extranjero con fama de atormentado. Alizée había ido al sanatorio a dejar aceitunas frescas y él estaba afuera, mirando las montañas. En cuanto se vieron, hubo algo que ella nunca había sentido. Deseo. Él la observó con curiosidad, pero su actitud era más bien tímida, temerosa. Un cachorro abandonado necesitado de cariño. No parecía alienado. Ella pensó que era familiar de algún paciente, pero luego se enteró que le permitían salir de vez en cuando.

Las aceitunas fueron la excusa. Ella le contó que su trabajo era recolectarlas y él se interesó. Días después, empezó a visitar el olivar para ver la cosecha y pintar, acompañado por un vigilante. Le pedía a Alizée que se quedara subida en la escalera de mano más tiempo del habitual, sosteniendo unas aceitunas imaginarias. Ya caída la tarde, el vigilante se adelantaba y ambos llevaban las pinturas, el caballete y el cuadro. Andaban despacio, con cuidado, para que la vegetación y los insectos no arruinen la pintura. En esas caminatas, el artista evitaba el contacto visual y no hablaba mucho. Ella tampoco, excepto la vez que olvidó su canasto y le pidió al artista que la acompañe de regreso. Al llegar, el canasto ya no estaba. Lo buscaron infructuosamente detrás de cada olivar y entre las ramas, y al darse cuenta de que alguien más se lo había llevado, regresaron al sanatorio.

A medio camino, sin percatarse, ya estaban conversando animadamente. Ella quería saberlo todo del mundo al que nunca había salido. Ni siquiera conocía Aviñón. Su paseo más memorable fue el que hizo a Antiques cuando era niña y recibió su primer beso. Recuerda que fue un día de mayo, cuando los olivos aún estaban florecidos. Él le habló de los cuadros de Rubens en Amberes, sus sueños del taller de artistas en Arlés y el descubrimiento de la luz en París.

Cuando notó que a ella no le interesaba el mundo de los artistas, él le habló del ruido y la vida nocturna. De los vestidos y sombreros de las mujeres elegantes. De la música y el teatro. Del Louvre y los Campos Elíseos. De Dios y de cómo la tecnología avanzaba poco a poco sobre la naturaleza. Ella le recordó que el aceite se seguía haciendo de la misma manera desde siempre, de esos árboles eternos que alguna vez les hicieron sombra a guerreros, trovadores, viajantes y a Michel de Nôtre-Dame, el que predijo la toma de la Bastilla. Le aseguró que el olivar seguirá haciendo sombra a cientos de personas, a cientos de historias, cuando no haya nada del artista. Ni su recuerdo.

Justo en París iban a celebrar el centenario de La Bastilla con la Exposición Mundial, un gran evento en el que mostraban los avances de la ciencia y el dominio sobre la naturaleza. La principal atracción era una gigantesca torre de hierro que tenía forma de letra A. Una torre más alta que las pirámides, decía el artista, pero ni él ni ella habían visto las pirámides. No tenían idea de qué tan grande podía ser una letra. El artista habló de Seurat, un amigo suyo que estaba pintando esa torre, pero muchos artistas rechazaban ese esqueleto gigantesco, esa mole indigna de la ciudad. Indigna del espíritu humano.

El artista sostenía que debieron hacer algo más tradicional, tal vez la escultura de alguien o un arco de roca, pero Alizée no entendía cómo podía él ponerse tan conservador, si sus cuadros no mostraban la realidad. Los olivares parecían brazos que surgían de la tierra. Las raíces le hacían pensar en serpientes de pesadilla que acechaban a las cosechadoras. A pesar de los trazos raros, las pinturas tenían algo que la hipnotizaba, pero ella nunca entendió qué era. Asumió que era la idea de verse retratada con su vestido amarillo, aunque era difícil identificarse con lo que veía en el lienzo. Para ella el huerto de olivos era solo un huerto. Un lugar de trabajo agotador, en el que pasaba gran parte de su vida para disfrute de la gente elegante en Marsella o Montpellier.

Trepar un olivar para alcanzar su fruto fue la excusa que ella buscaba para quitarse las sandalias. Arrancó también unas hojas y se las puso al artista en la cabeza, como una corona. Cuando atravesaron el olivar, el olor a trementina, pintura y sudor se quedaron para siempre en su memoria. Ambos caminaron descalzos, como si el olivar fuera sagrado. El paseo terminó en el banco junto a la pileta y allí, ella le preguntó si podía comprarle una de sus obras. El artista le contó que estaba terminando un cuadro del banco de piedra y la pileta y que añadiría la mancha de pintura que acababan de dejar allí. Después de ese atardecer, el de la última cosecha, no volvieron a encontrarse. Él seguía pintando. Incluso hizo un cuadro del paseo bajo la luna creciente, en el que las ramas y raíces de los olivares no se veían amenazantes y los cipreses parecían rasgar el ocaso, pero nunca más volvió a quedarse sin vigilancia. Permaneció en el sanatorio más tiempo del planificado. Se vieron por casualidad de vez en cuando, y casi al año del primer encuentro, se fue.

Alizée no sabe leer y nunca le dio su dirección al artista. El doctor Peyront recibió la carta, pero se la leyó a Bernard y a Charles, el jefe de vigilantes. Jeanne, la mujer de Charles, escuchó y le contó todo a Alizée. La carta del artista hablaba de un cuadro que él nunca mostró, un recuerdo de aquel paseo con la luna creciente como presagio, poco antes de que Alizée se quitara las sandalias. Le dice cosas que solo ella entiende. Cosas que nunca se dijeron, pero que pudieron cambiarlo todo. Cosas de las que nadie más debía enterarse. Ni siquiera el hermano del artista.

En su nueva morada, el artista no tiene olivares, amapolas ni lirios. Ha comprado aceitunas para que su aroma a Alizée lo ayude a conciliar el sueño. Le habla del amarillo de su vestido, que ahora ilumina sus nuevos cuadros de trigales y girasoles que nunca morirán. De otro cuadro que pintó, en el que unos cuervos vuelan sobre el trigal, también como un presagio. En casi todo lo que pinta, ella es la luz del sol, la luna y las estrellas y ya puede ver en ellos una magia que no tenía su obra anterior. Le habla de todos los cuadros que pretende pintar, de la luz divina que atisba cuando piensa en ella y de cómo ha logrado, al fin, entender cómo plasmar lo que ve.

Además de la carta, el artista le envió la pintura de una pareja descalza junto al banco de piedra. En el banco se ven incluso las manchas de pintura de cuando se sentaron esa tarde bajo la luna creciente. No hay manera de describir la paz que destilaba el cuadro, la pasión. Esa luz divina irradiando hacia quienes la veían. El artista, acostumbrado a los trazos rápidos y febriles, ahora necesita más tiempo, pintar el cuadro primero en su cabeza. Por eso le tomó casi un mes terminar el que acaba de enviarle.

Al verlo, Alizée se humedeció como nunca. Charles sintió el amor como una leve descarga eléctrica. Sor Epifanía entró y cayó de rodillas al ver el cuadro, en lo que después describiría como un encuentro místico. Bernard solo sintió envidia porque supo que nunca podría crear nada para Alizée. Agarró el cuadro y la carta, sin esperar a que el doctor la termine de leer y se llevó a su mujer a casa. Quemó el cuadro y la carta, envió a Alizée a buscar leña y se quedó bebiendo solo.

El olor se desvanece. Alizée se quita las sandalias y camina a ciegas hasta tropezar con un árbol, al que abraza con deseo. Sabe que no necesita ver un recuerdo de esa tarde, como tampoco necesitaba ver los azules y plateados de los que hablaba el artista al describir su visión del olivar y los alrededores. Atesora la memoria en el tacto de la madera, el viento de otoño y las piedras en el suelo. En el olor a trementina y aceituna. En la moneda con que pretendió comprarle el cuadro, pero él le cobró con un torpe beso que aún tenía gusto a absenta. Nunca le dirá nada a Bernard, pero es innecesario. Él ya ha visto el cuadro. Mañana irá a buscar al extranjero, al alienado, al ladrón. Lo retará a un duelo, le disparará en el estómago y en el pecho, y volverá a poseer a Alizée en el preciso momento en que el artista expire. El artista ni siquiera levantará su arma porque es incapaz de matar a nadie. Nunca acusará a Bernard, como tampoco acusó a Gauguin por lo de su oreja.

El fuego consume las últimas ramas de olivo. Nada queda ya de la pintura. No importa, piensa Alizée. De todos modos, conoce bien el árbol de donde provinieron las ramas y podrá regresar a él cuando necesite quitarse el mal sabor a Bernard. Su aliento a vino barato, sus manos callosas y su cuerpo insignificante. Ese alfeñique de voz chillona, que solo habla de comida y de peleas de perros. Pobre tonto. De todos modos, es solo una pintura, dice para consolarse. Y ella aparece ya en varias pinturas, incluso esa en la que estaban caminando, todavía con los zapatos. El susurro íntimo del olivar guardará el secreto de todo lo que pasó esa tarde.

 

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