175. Cuestión de prioridades

Alba

 

Bien mirado, el Diluvio Universal tampoco tuvo tanto de extraordinario, sin pantanos artificiales que contuvieran el ímpetu de las tormentas y sin una red al uso de alcantarillados por toda la tierra, no es de extrañar que el agua nos llegara hasta el cuello. O más.

El mérito no estuvo en que el cielo cesara en su llantina, ni en que Noé fuera capaz oteando las alturas y sin ayuda del Meteosat de predecir lo que se le venía encima. Noé fue previsor. Los animales podrían buscar algún modo de escape, olvidó alguno. Lo que no podía sobrevivir al aguacero eran esos productos de la tierra imprescindibles, algunos de esos alimentos que, sin duda, siempre marcaron la diferencia y nos ayudarían, tras la hecatombe, a sobrevivir y soportar la escasez. Debía ser selectivo, cuestión de espacio. Y así, su listado de productos imprescindibles lo encabezaba -no podía ser de otra forma- unas semillas de olivo (también homenajeaba de esa manera a la paloma que portaba la rama de olivo, símbolo del entendimiento entre pueblos y de una paz siempre en la cuerda floja); no olvidó, por supuesto, la vid y el trigo. Lo de domesticar las fieras, conseguir el buen rollo entre el guepardo y el búfalo, recolectar provisiones para las especies herbívoras o acertar a no mezclar churras con merinas fueron asuntos menores. El aceite, como sucedía durante milenios, sobreviviría.

Lo que realmente nos sorprende de aquel acontecimiento es que pudiéramos estar cuarenta días y cuarenta noches (más el tiempo que tardó en disiparse tan tremendo barrizal) sin fútbol.