174. La misión

Plaiton

 

Esa atardecida fray Mateo de Villacidaler divisó en la lejanía el enorme y centenario castillo que, como pétreo centinela, vigilaba todos aquellos territorios desde lo alto de la población de La Guardia de Jaén. Tras muchas y largas jornadas de viaje a lomos de rucio, sintió un desmedido alborozo cuando fue recibido por el prior del convento dominico bajo advocación de santa María Magdalena, y luego pudo asearse a conciencia, cenar frugalmente y descansar sobre un jergón de paja. Durante la jornada siguiente participó con los demás hermanos de la Orden de los Predicadores en los oficios religiosos celebrados en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, y también visitó las distintas dependencias del convento. Y si bien es verdad que estuvo un buen rato contemplando el epígrafe que, pintado al fresco, decoraba la planta segunda de la crujía noreste, y que rezaba: «Aquellos a los que la sombría serpiente ha alimentado con terrible bálsamo, la milagrosa sangre de Cristo ha lavado con dulzura», más tiempo pasó en la bodega, observando con suma atención aquellas tinajas panzudas de barro llenas del aceite de oliva allí elaborado, y preguntándose cómo era posible que tan pocos frailes necesitasen tantos cántaros de ese líquido espeso y aromático. Claro que cuando vio con sus propios ojos que en ese convento era costumbre tomar un pequeño cuenco de este milagroso jugo de oliva antes de cada una de las comidas, barruntó que esa era la razón de que la mayoría de religiosos que allí oraban y laboraban viviesen más de una centuria; un misterio que, al haber intrigado incluso al santo padre de Roma, había propiciado que sus superiores le enviasen a él en secreta misión a esas mágicas tierras del sur.