173. 18 de agosto

Fukinagashi

 

Aquella tarde de verano se hizo infinita y tornó en noche cuando su cuerpo, extenuado de puro sufrimiento, parecía querer rendirse al inminente desenlace. Los finos dedos de los olivos se mecían suavemente con la brisa que acariciaba la oscuridad, y sus hojas como verdes abanicos, hablaban de dolor a la tenue luz de unos faros. Los olivos se inclinaban a su paso, reverenciando cada pisada que marcaba una postrera huella sobre la tierra de aquel campo de tinieblas. Caminaba erguido, solemne e íntegro, y entre aquellos centenarios árboles de vida, lo llevaron a morir. Los destellos iluminaron la noche como una tormenta, y sus últimos versos impregnaron la vetusta corteza de los olivos, testigos silenciosos del final de su vida. En algún lugar de los anillos de sus troncos quedó para siempre la impronta de aquella noche, grabada en su memoria y, aún hoy, lloran estrofas de aceitunas por su ausencia.