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171.- Un padre

Enrique Mochón Romera

 

Ese año septiembre llegó desapacible y con hielo en los charcos, y pronto aparecieron los primeros zorzales y alguna que otra bandada de petirrojos y bisbitas. Para cuando empezó la recogida de la aceituna, mi amigo Juanín y yo llevábamos días cazando pájaros con lazos y cepos por el olivar. Era algo que podríamos seguir haciendo sin peligro mientras durase la campaña del verdeo, realizada a mano, pero que tendríamos que dejar en cuanto entrase la maquinaria pesada para la del fruto maduro. Andrés, el padre de Juanín, nos había enseñado todo cuanto sabíamos sobre caza. Trabajaba como capataz en la almazara y estaba tan pendiente de nuestras correrías como la faena se lo permitía. Se interesaba también por el resultado de las batidas, recordándonos de paso lo que podíamos o no hacer por el olivar y hasta riñéndonos si hacía falta. Juanín se quejaba a menudo de que su presencia nos impidiera andar a nuestro antojo. Pero yo en cierto modo entendía, y hasta apreciaba, que quisiera protegernos. Después de todo, Andrés era lo más parecido a un padre que yo había tenido nunca. Porque hasta ese momento el verdadero había sido sólo un rostro en una foto, un hombre moreno y peinado a raya que parecía saludarme al entrar y al salir desde su marco en el recibidor. Mamá me había dicho desde pequeño que estaba en el cielo —muerto, según Juanín—, pero en mi último cumpleaños me explicó que había posibilidades de que aún estuviera vivo, pues en realidad había desaparecido, misteriosamente, al poco de nacer yo. Juanín estuvo un rato callado cuando se lo conté. Después me dijo que encontraba más creíble la primera versión. Tampoco a mí me resultó fácil hacerme a la idea. Que mi madre fuera viuda y yo huérfano eran dos tristes conceptos que, sin embargo, al ser aceptados como certezas cumplían al menos la función de definir y ordenar nuestra existencia. Ahora, en cada momento y en cada lugar de mi mundo se había instalado la incertidumbre, un sentimiento para el que a mis doce años todavía no tenía nombre, pero que ya había logrado reconocer en el inmutable y conocido gesto de intranquilidad de mamá. Que Andrés, de forma quizá inconsciente, asumiera hacia mí la autoridad de un padre no me parecía mal. Pero que su hijo quisiera dar el caso por cerrado y perdido tenía para mí el doble efecto de, según el día, considerar que él era un zoquete o, bien, que yo era un ingenuo. Dos palabras más que añadir a ese grupo, todavía numeroso, de conceptos para los que aún no tenía nombre.

Octubre nos puso las cosas complicadas para la caza. Las aceitunas empezaban a madurar, y en esa fase intermedia de envero había zonas de una misma parcela en las que se seguía recolectando de modo manual mientras que en otras se hacía ya con cosechadora. El olivar se había convertido de repente en un territorio hostil tanto para nosotros como para los pájaros. Andrés nos dijo de forma tajante que ahora podríamos cazar solo los domingos, algo a lo que nosotros asentimos mostrando una total conformidad. La primera tarde que nos fue posible esperamos a que los jornaleros abandonaran el olivar y, con la poca luz que quedaba, colocamos las trampas y volvimos a casa sin levantar sospechas. A la mañana siguiente, continuando con nuestro papel de cazadores furtivos, pasamos por el olivar con la antelación suficiente para poder ir después a la escuela. Teníamos que darnos prisa, pues los recolectores ya habían empezado su trabajo por la linde opuesta y la cosechadora, arrastrada por un imponente tractor, no se escuchaba muy lejos. Habían caído además muchas presas, lo que hacía más lento nuestro trabajo. Juanín iba por una fila de olivos y yo por otra, avanzando los dos a la par y tomando conciencia a cada paso de que no nos iba a dar tiempo a recoger todas las trampas. «¡Vámonos ya!», gritó Juanín llegados a un punto en el que la maquinaria avisaba de su inminente presencia con un ruido atronador. Pero a mí se me habían caído los zorzales y andaba aturdido buscándolos y recogiendo aquí y allá los que encontraba. Me faltaban varios todavía y no paraba de dar vueltas mirando al suelo, totalmente sordo a los gritos de mi amigo y ciego a lo que se me venía encima. Según contaba luego Juanín a la menor ocasión, lo último que vio antes de que se detuviera el tractor, entre la polvareda y el revuelo de hojas, fue mi cuerpo golpeado por el enorme neumático y a uno de los jornaleros lanzándose en mi ayuda.

Los que conocían al hombre que me había salvado le decían Nono, aunque ni él mismo sabía en realidad su nombre ni tenía documentación alguna que lo aclarara. Había tenido el valor de apartar mi cuerpo de la trayectoria del vehículo a costa de colocar el suyo, resultando gravemente herido. Mamá y yo estuvimos yendo a visitarlo al hospital mientras estuvo ingresado. Impresionaba verlo en la cama con su melena esparcida sobre la almohada y su larga barba cayéndole sobre el pecho vendado. Al contrario que mamá, era de poco hablar. Se limitaba a escuchar y mirar, respondiendo de modo escueto si se le preguntaba algo. Eso no impidió que, además de acabar sabiendo todo sobre nosotros, nos contase que no recordaba nada de su pasado desde que una mañana despertara en la calle víctima de una paliza, así como que desde entonces había vivido de mala manera vagando por los pueblos circundantes, trabajando cuando podía y mendigando cuando no. Por alguna extraña razón, nosotros nos sentíamos tan a gusto en su compañía que llegó un momento en que estábamos deseando que llegase la hora de la visita. Juanín y su padre iban también por allí de vez en cuando. Entraban ceremoniosos y se quedaban mirándolo en silencio y sin esperar reacción alguna por su parte, como quien mira a un cadáver tras el cristal de un tanatorio. Luego, en el pasillo, hablaban y hablaban hasta que alguien los mandaba callar. Andrés nunca mencionaba nada sobre lo ocurrido aquella mañana, pero su hijo me decía en el colegio que tenía un enfado que no se le iba a pasar así como así.

El día que Nono recibió el alta, mamá le llevó una muda completa de mi padre y algunos útiles de aseo, entre los que iban unas tijeras, que él aceptó con solemnidad. Sentados en la cama de la habitación, esperamos en silencio mientras estuvo en el baño. Cuando media hora después apareció ante a nosotros, transformado, mamá casi se desmaya. «¡Eduardo!», gritó sin pensar. Aunque enseguida le pidió perdón avergonzada, justificando su reacción con argumentos aturullados y sin mucho sentido. Desde luego, el pequeño cambio producido en su barba y melena no era suficiente para aventurar que aquel hombre fuera mi padre, por mucho que pudiera parecérsele. Yo vi que la ropa, quizá el elemento de mayor efecto, le quedaba un poco grande, si bien es verdad que eso podría ser atribuible a su ostensible delgadez, y a que habían pasado más de once años, qué diablos, y había debido llevar muy mala vida a lo largo de ese tiempo. Sus ojos también podían ser los de la foto del taquillón de no estar tan estropeados y lánguidos. «Nos gustaría que vinieras a comer con nosotros», le dijo ella por fin, cogiendo la bolsa con sus escasas pertenencias.

La llegada a casa transcurrió de un modo bastante natural. No en vano los tres llevábamos ya un mes conociéndonos. Nono empezó a mostrarse algo menos cohibido que en el hospital e incluso inició alguna tímida conversación. Observaba con curiosidad el mobiliario y demás objetos que decoraban el comedor. A mamá le dio por hablar de su antigua vida de casada. Incluso sacó el álbum de fotos de la boda. Nono lo miraba con aparente interés, pero su alivio fue notorio cuando vio que las páginas de la parte final del libro estaban vacías. Yo aproveché un momento de pausa para ir a mi habitación y traer mi colección de insectos. Nono los conocía casi todos e incluso tenía varios nombres para algunos de ellos. Luego saqué mi raqueta de tenis y un trofeo que había ganado con ella en un campeonato. Y también mi último tirachinas, del que él dijo que la horquilla era perfecta y yo le expliqué que era de adelfa. Se interesó por el curso en que estaba y lo que me gustaría estudiar, algo que se suele preguntar por costumbre, pero que viniendo de él cobraba su dimensión más sincera. Durante la comida predominó el silencio, como en la de una familia normal. Nono decía amablemente que todo estaba bueno, incluido el vino, del que quizá bebió más de lo recomendable. En la sobremesa mamá volvió a darle las gracias por haberme librado de una muerte segura, y él, que en otras ocasiones se había limitado a asentir con la cabeza, le dijo entonces que no estaba convencido de merecer ninguna gratitud por ello, pues lo que hizo lo había hecho sin pensar, como otras tantas cosas que sin embargo no le habían dado tan buenos resultados. En la tele ponían un telefilme en el que un peligroso intruso irrumpía de manera supuestamente casual en la apacible vida de una familia. Nono se quedó dormido al poco de empezar.

Mamá insistió por la tarde en salir juntos a pasear. Nono nunca asentía de manera clara a lo que se le proponía, aunque tampoco decía que no a nada. Pronto los tres íbamos caminando despacio rumbo a las afueras, lejos de las miradas de la gente. Casi sin darnos cuenta tomamos la ruta que papá y mamá recorrían de novios, subiendo un caminito que luego se hacía vereda hasta llegar a una ermita que culminaba un otero. Nono me decía el nombre de los pueblos y aldeas que se iban vislumbrando conforme ganábamos altura. Entre ellos y nosotros se extendía un mar de olivos en el que a ratos centraba su atención para explicarme curiosidades sobre su cultivo. La recolección de ese año se había visto pausada debido a las continuas lluvias de noviembre, por lo que todavía confiaba, decía, en poder volver al trabajo si se recuperaba pronto. Delante de nosotros, mamá avanzaba con andares de colegiala y un yerbajo en la mano, girándose a cada poco con sonrisa juvenil.

Una vez arriba, ella le mostró la roca donde solía sentarse con papá, así como un pequeño mirador desde el que sin duda habían contemplado juntos muchos atardeceres. Y mientras le contaba todo eso lo miraba de reojo, como esperando alguna reacción que, por otro lado, no acaba de surgir. Yo, que me había puesto a buscar insectos bajo las piedras, los observaba charlar de lejos con un regocijo que respondía más a mis deseos que a la razón. Durante el camino de vuelta dejé que fueran ellos delante. Empezaba a oscurecer y por la ladera subía una brisa helada a la que el olivar, convertido por momentos en una oscura y silenciosa laguna, parecía ajeno. Las siluetas de Nono y mamá, antes dos sombras rígidas y descompasadas, caminaban ahora con cierta avenencia. El siip de un zorzal sobrevoló en una ocasión nuestras cabezas y Nono se giró hacia mí con gesto cómplice. Un colirrojo se detuvo al poco sobre una piedra entonando sus últimos trinos del día, buscando un cobijo en el que pasar la noche. E imaginé al zorzal acomodándose junto al resto de la bandada en las ramas de los olivos y al solitario colirrojo en la fronda de un majuelo, acurrucados todos bajo el frío de la noche. Ese mismo invierno, por razones difíciles de explicar para mí e imposibles de entender para Juanín, decidí dejar de cazar.

Cerca ya de las primeras viviendas del pueblo Nono propuso descansar un poco sobre un tronco caído que había junto al camino. Yo me senté en medio aprovechando la separación discreta que ambos habían guardado. A mamá se le veía sumida en profundos e indescifrables pensamientos, más inquieta tal vez de lo que había estado en toda la tarde. Nono, que había encendido un cigarro, se lo fumaba con mirada ausente y gesto angustiado. Recordé entonces que estaba en plena convalecencia y que lo más seguro era que estuviese dolorido, por lo que quizá había sido una mala idea dar aquel paseo. Cuando por fin me decidí a preguntarle si se encontraba bien, él me echo el brazo por los hombros y, mirándome con el mismo cariño con el que habría de hacerlo durante el resto de su vida, me dijo: «Carlitos, hijo, estos zapatos de tu padre me están matando».

 

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