170. El ciprés

Plinio el Viejo

 

Eladio se levantó a las seis y media de la mañana, como hacía todos los días. La artrosis, el frío intenso dentro de la casona… Cada vez le costaba más trabajo moverse a esas horas.  Debía encender la estufa. Quería calentar la cocina antes de que Mercedes se levantara. Se acercó a la ventana, corrió la cortina. Allí estaba el ciprés, más viejo que él mismo, apuntando a la luna durmiente. Pensó que no había otro ser vivo sobre la tierra que pudiera acercar más el cielo a la persona.

Trasto, enroscado en la alfombra meneó la cola para dar los buenos días a su dueño. No se levantó. Quiso quedarse con el calor recogido.

Eladio preparó la cafetera, cortó pan y lo puso a tostar.

—¡Mercedes, baja! Tienes el desayuno —gritó.

No hubo respuesta. No se preocupó. Ella acostumbraba a remolonear en la cama. Además, cuando los aromas del café y el pan tostado se funden construyen un reclamo para cualquiera.

Bajaría enseguida.

Destapó la botella de cristal. Entrecerró los ojos. Olió el aceite de oliva. Acarició la tierra seca que había trabajado toda su vida. Escuchó el viento frio silbando entre hojas verde oscuro. También notó la ausencia.

Regó las tostadas con el líquido dorado, las puso en un plato y esperó sentado en la silla, frente a la ventana.

El café se enfrió. El pan tostado ya no olía. Entonces se puso en pie. Trasto se levantó rápido y salieron de la casa. Una ráfaga de aire helado removió el calor aposentado en la cocina.

Desde la ventana se ve a Eladio a los pies del ciprés que, junto a su perro, recita versos:

¿En qué hondonada esconderé mi alma

para que no vea tu ausencia

que, como un sol terrible, sin ocaso,

brilla definitiva y despiadada?