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170.- Arbequina envenenada

Leyre Zárate

 

Era sábado 18 de mayo cuando te conocí. Había llegado a Jaén ese mismo miércoles por la mañana para asistir a la XVIII edición de Expoliva. Preferí ir directamente al recinto ferial y avisé al hotel de que llegaría por la tarde. Cambio de última hora. Tuve que dar varias vueltas con el coche porque había introducido mal las coordenadas en el GPS. Por suerte había calculado el viaje desde Ciudad Real dejando un amplio margen para imprevistos y llegué con una hora de antelación. Aún no eran las ocho de la mañana, pero me costó encontrar una plaza libre para aparcar, estaba todo ocupado. Me di una vuelta alrededor de todas las instalaciones para estirar las piernas y respirar. El día anterior había hecho parte del viaje desde Tudela hasta Ciudad Real a última hora de la tarde. Y esa misma mañana hasta aquí. Necesitaba despejarme.

Era una mañana preciosa de primavera. Se agradecía cuando la luz del sol te daba en la cara. No había mucho tráfico y el trinar de los pajarillos celebrando el amanecer me contagió repentinamente su alegría. Empecé a animarme el espíritu.

Hacía medio año que había enviudado y había pasado mucho tiempo encerrado. Puede que demasiado. Todas mis responsabilidades como director de una almazara en Tudela recayeron en Ignacio, mi mano derecha y responsable de exportación, añadiéndose a las suyas. Nos conocíamos desde hacía más de diez años y apenas teníamos secretos. Nos lo contábamos todo, excepto una cosa: cuánto echaba de menos a mi mujer, a Maricarmen. No quería contagiarle mi melancolía y pensaba, además, que cada uno ya tendría lo suyo en casa. Intentaba aparentar que lo llevaba bien. Pero realmente estaba desolado.

En todo ese tiempo solo me había comunicado por escrito con las parejas de amigos que mi mujer y yo teníamos desde hacía más de media vida. No quería hablar con nadie. Tan sólo buscaba silencio y soledad. Pasados esos meses, empecé a sentir que necesitaba volver a estar metido en la faena, ir a la calle, estar rodeado de gente, volver a la rutina diaria de trabajo.

Distraído con mis pensamientos y disfrutando de aquella mañana al aire libre no me había dado cuenta de que ya casi eran las nueve. Aligeré el pasó y me dirigí hacia la entrada. Me fijé en ti cuando te vi saliendo de las oficias de Canal Sur camino a la feria. Ibas delante de mí. No sé por qué, pero me llamaste la atención. He de admitir que te seguí porque quería ubicarte. Desde el vestíbulo central te dirigiste a la sala de prensa. Tuve que sonreír al recordar lo que me venían diciendo los amigos: “Ya verás, ya verás…te volverás a enamorar”. No tenía la más mínima intención de empezar una relación otra vez, la verdad. Pero uno siempre tiene los ojos de un chaval de dieciocho, aunque en el carné de identidad ponga cincuenta y ocho.

Habíamos quedado varios miembros del grupo “INNOLIVAR” a las nueve en punto para desayunar juntos e intercambiar impresiones sobre el programa de este año, antes de acudir a la inauguración del XVIII Simposium Científico Técnico. Éramos todos gerentes de almazaras de diferentes puntos del país. Nos habíamos conocido hacía unos años en esta misma feria y congeniamos a la primera. Llegué el primero, a las nueve menos cuarto. Pero eso me permitió darme un rápido paseo por el Salón y por la Feria y tomarles el pulso.

He de reconocer que tuve que hacer esfuerzos para esperar a los otros sin desayunar. ¡Qué apetitoso resultaba todo en la cafetería! Me pedí solo un café con leche grande. De repente entraste tú con otras cuatro personas que parecían compañeras de trabajo. Os acompañaba un hombre, Carlos se llamaba, que resultó ser tu marido ¡vaya chasco! Pediste lo mismo que yo y empezasteis una animada conversación ente todos. Recuerdo tu sonrisa de aquel primer momento, antes de hablar contigo por primera vez. Simplemente preciosa y sincera.

Carlos no hacía más que mirar a todas las mujeres y jovencitas que pasaban por delante. Me pareció algo descarado, la verdad. Me chocó también que, siempre que le interpelabas para preguntarle algo, te contestaba de malos modos o te hacía caso omiso. A ti parecía no molestarte, como si eso fuera lo normal y estuvieras ya acostumbrada. A tus compañeras no les gustaba nada y así se lo hicieron saber varias veces. Después de haceros una señal entre vosotras salisteis en silencio, sin avisarle. ¡No sabes cómo blasfemó porque tuvo que pagar él todos los desayunos! Me pareció arisco y grosero.

No sé cómo, pero justo al pasar por delante de mí, nos cruzamos las miradas sin querer. Y en ese mismo instante, casualmente, entraron varios miembros de mi Grupo de Enfoque. Eran seis. Gritaron al unísono “¡¡¡Jaime!!!” y todo el mundo me miró. Por Dios, vaya colegas tan escandalosos que tengo…

Desayunamos y nos contamos lo que cada uno tenía ganas de visitar y las ponencias a las que asistiríamos en los próximos días. Fueron llegando todos y quedamos en encontrarnos para almorzar juntos.

Curioseando por Feria y Salón y asistiendo a ponencias y comunicaciones pasó rápido el primer día y, todo ello, hizo que no pensara en ti durante ese tiempo. Corrillos y saludos al final de la jornada. De repente te volví a ver en el vestíbulo central mientras salías con rapidez y hablando por el móvil. Se me cambió tanto el semblante que las dos personas con las que estaba, Pedro y Miguel, me preguntaron que qué me pasaba. Tuve que disimular mucho para que no notaran que a quién miraba era a ti. Lamenté no haber podido hablar contigo. Seguimos charlando y comentando varios temas sobre las ponencias del día siguiente y no sé qué más. Pero mi mente ya estaba en otra parte. Me habías cautivado.

Los que veníamos de fuera decidimos pasar por el hotel antes de ir juntos a tomar un par de cervezas y luego cenar. Yo les dije que me iba a dar una vuelta antes de coger el coche para ir al hotel. Mi intención era acercarme a las oficinas de Canal Sur y preguntar por ti. Quería volver a verte e intentar hablar contigo.

Llegué y me vi reflejado en las cristaleras de la puerta de entrada y decidí seguir caminando. Pensé que no podría preguntar por ti porque no sabía ni tu nombre. Y el hecho de atreverme a entrar y a querer saber de ti a partir de una descripción física haría que me tomaran por un chiflado. Me sentí muy avergonzado de mí mismo y decidí que sería mejor esperar a encontrarnos en la feria al día siguiente, por casualidad.

Durante la cena apenas pensé en ti. Estuve muy entretenido escuchando al resto. Fui el primero que se retiró a descansar. Esta era mi primera actividad después seis meses de inactividad. Tenía que volver a acostumbrarme a la rutina del trabajo, a los viajes y a dormir fuera de casa.

El jueves pasó sin pena ni gloria, atendiendo a muchas reuniones y charlas interesantes. No te vi en todo el día. He de reconocer que no me acordé de ti hasta que, al salir por la tarde, vi a un periodista dando una crónica en directo a la puerta del recinto ferial. ¿Dónde estarías tú? Te tuve un par de minutos en mi cabeza y pensé que sería mejor olvidarme de ti.

Y entonces fue cuando hablé contigo por primera vez. Apareciste de la nada el viernes por la tarde, mi último día para estar en Jaén. Viniste a hacernos un par de preguntas, a mí y a algún otro que me acompañaba entonces. Nos diste tu tarjeta de visita. Supe, entonces, que te llamabas Paz Guerra. No puede evitar sonreír nada más escucharlo. Hiciste lo mismo, tú también. No sé si sonreías así a todo el mundo o solo a mí, pero me pareciste un ángel mensajero de la paz. Incluso te imaginé llevando una rama de olivo ¡de arbequina de Tudela, por supuesto!

Después de la entrevista, aproveché que los otros atendían llamadas y te propuse tomar una cerveza juntos. Me marchaba al día siguiente. Haría el camino de vuelta de un tirón el sábado. Pero resulta que fueron dos cervezas y una cena muy animada que se prolongó hasta la madrugada. Tu marido estaba fuera por trabajo, tus dos niños pequeños pasaban el fin de semana con sus abuelos en el campo y tú parecías no tener prisa por volver a casa. Yo tampoco. Amanecimos juntos después de haber pasado nuestra primera noche juntos. “Por la mañana, un café, un beso y un adiós”, como decía la canción. Nadie nos vio dejar el hotel. Fuimos muy discretos y salimos separados.

¡Bendita madrugada juntos! Empezamos a mensajearnos e, incluso, a hacer alguna videollamada. Compartiendo experiencias y alegría empezó nuestro bonito romance, platónico más que otra cosa, la verdad. Tú trabajabas muy a gusto en Jaén, tenías marido e hijos. Y yo sentía que la empresa en Tudela me necesitaba más que nunca. No hicimos planes de futuro en común. Nos bastaba con compartir el presente, sin ataduras. Podíamos pasar semanas apenas sin escribirnos, pero había otras en las que cada día necesitábamos estar en contacto. Así pasó el primer año.

Logré mantenerlo en secreto con mis amigos. Me costó mucho, la verdad sea dicha, pero fui capaz. Me iluminaste muchos días, me alegraste muchos atardeceres y pudimos compartimos algunas escapadas con sus noches y sus madrugadas juntos. Era feliz así.

Y cuando ya casi dos años de relación, de repente desapareciste sin dejar rastro. Un par de meses antes de la siguiente feria dejé de recibir mensajes tuyos. Nada. Lo peor fue que no tenía a quién acudir para preguntar por ti. Éramos solo tú y yo. Sin ti estaba perdido. Empecé a sentir tu ausencia.

Llegué a Jaén la víspera de empezar Expoliva. Un mes antes ya había estado contando los días que iban faltando para volver a verte de nuevo y saber qué había pasado contigo.

El día que empezaba la Feria llegué con antelación y, de nuevo, el primero. Me tentó la idea de ir a buscarte a tu oficina, pero desistí, no quería ponerte en un aprieto. Entré al recinto ferial y me di un paseo, nervioso, buscándote. Inquieto, fui a tomarme un café para tranquilizarme un poco. Sentado y con la mirada perdida en el infinito, oí a tu marido entrar acompañado por algunas personas. Recordaba perfectamente su voz, aunque solo lo había escuchado hablar un par de veces hacía ya dos años. Carlos tenía un timbre muy particular y encima era fumador empedernido. Muchas veces me habías dicho que era imposible hacerle dejar de fumar. Su adicción era mayor que su motivación por intentarlo. Petrificado no di crédito a lo que les contó. Habías estado envenenándolo con arsénico durante meses. Tras sentirse débil mucho tiempo, decidió ir al médico. Le sorprendió que lo mandara al hospital a hacerse una analítica. Resultó que estaba siendo envenenado.

Fuiste declarada culpable por el juez y entraste en prisión. Ya no te vería más.

 

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