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168.- Los olivos

Manuel Alejandro Gómez Gómez-Lobo

 

—Chica, despierta.

Federico entra en el dormitorio a oscuras, avanza mientras arrastra los zapatos llenos de tierra y palpa con las manos los muebles que encuentra.

—Chica, ¿estás sorda?

Su mujer se incorpora en la butaca donde se había quedado dormida y enciende la luz de la mesa de noche y dice:

—Federico, ¿de dónde vienes a estas horas? Estaba soñando.

Sobre las piernas tiene un álbum en el que se ve la foto arrugada de un niño y una niña en el campo.

—De los olivos.

—¿Y qué hacías allí a estas horas? Estás poniendo el suelo perdido.

—Los chicos de Sebastián.

—¿Qué pasa con ellos?

—Esos cabrones intentaban quemarlos. Los he ahuyentado a pedradas.

—Soñaba con la boda de la niña —dice ella mientras cierra el álbum y lo deja en la mesa de noche—. ¿Estás seguro de que eran ellos?

Ella mira ahora a Federico que se sienta en el borde de la cama y comienza a quitarse el jersey y la camisa.

—Déjate de bodas. Dos de los olivos se han echado a perder. Conseguí apagar el fuego, pero los troncos ya estaban negros.

Él le da la espalda y se pone el pijama mientras ella observa sus hombros peludos y encorvados.

—¿Has visto que eran los chicos de Sebastián?

—¿Quién iba a ser si no? Enviados por su padre.

—¿Por qué querrían hacer eso?

Federico se vuelve para mirarla y dice:

—Chica, a veces eras demasiado inocente. Por lo de la carretera.

—Fede, tienes una herida en la mejilla.

Federico se toca la cara y observa sus dedos manchados de sangre.

—Me habré hecho un rasguño.

—¿Quieres que te cure?

—No es nada, vamos a dormir.

—Pero si no has cenado, bajo y preparo algo.

—Alimenta más el sueño. ¿Otra vez estás viendo esas dichosas fotos? —dice él y abre el cajón de su mesa de noche para coger una radio de bolsillo.

—El día quince hará diez años.

—El catorce —dice él e intenta agarrar el pequeño crucifijo que dejó de llevar colgado al cuello hace años—. El catorce hará diez años que nos dejó el niño.

—Espero que cuando el sábado la niña se case de verdad todo sea tan bonito como en el sueño. Ojalá el niño también pudiera estar.

Federico enciende la radio que emite un ruido constante, como de ramas mecidas por el viento.

—Fede, no pongas eso que sabes que me molesta.

—Me ayuda adormir.

Él se tumba, deja la radio debajo de su almohada y se tapa con las mantas. Ella mira el álbum y acaricia la foto de los dos niños antes de cerrarlo y apagar la luz.

—Era un sueño muy bonito, el niño estaba allí y bailaba con su hermana. Qué frío hace, teníamos que haber dejado la calefacción encendida —dice ella mientras se tumba y se arropa.

—Para el frío están las mantas.

Los dos se quedan en silencio y el único sonido que se escucha es el ruido que emite la radio. Ella se revuelve en su lado de la cama y dice:

—Quiero volver a soñar, era tan bonito, ojalá el sábado ocurra todo así.

—Venga, chica, duérmete.

—Ahora no puedo dormirme, leñe. Mañana tenemos que ir a por tu traje y comprarte una corbata.

—No necesito corbata.

—Pero si las que tienes están muy viejas.

—No voy a ir.

—¿No pensarás ir a la boda de tu hija con una corbata usada?

—No voy a ir a la boda.

—¿Qué dices?

—Si voy me queman los olivos.

—No digas tonterías.

—Que no voy a ir.

Ella enciende la luz y se incorpora para mirarle.

—Mira, como sigas diciendo tonterías te juro que… Fede, tienes la almohada llena de sangre.

—Chica, ¿qué dices?

Federico abre los ojos y ve una mancha roja en el blanco de la sábana. Se levanta y cuando lo hace tira al suelo la radio. No se detiene a recogerla, va al baño que hay junto al dormitorio, la mujer va tras él. Se mira al espejo y ve las gotas de sangre recorrer su pómulo y caer hacia el mentón.

—Eso es que te has rascado, que no te puedes estar quieto cuando tienes una herida— dice ella mientras abre un armario y coge alcohol, gasas y esparadrapo.

—No me he rascado.

—Siéntate ahí.

Federico se sienta sobre la tapa del retrete, la mujer moja una gasa con alcohol y aprieta la herida.

—¡Ay! Cuidado.

—No seas quejica. Además, te está bien empleado por decir tonterías. ¿Qué es eso de que no vas a ir al a boda de la niña?

—No puedo irme del pueblo un fin de semana y dejar los olivos.

—Pues me da igual, pero tú la boda no nos la estropeas. Tiene que ser todo como en el sueño.

—Déjate de sueños.

—Déjame, hacía tanto que no soñaba algo bueno. Sujeta aquí.

Federico sostiene la gasa con la mano mientras ella corta un trozo de esparadrapo y lo pega en su mejilla.

—Esto es por el Sintrom —dice él.

—Vamos a la cama, a ver si consigo retomar el sueño y tu dejas de pensar tonterías.

—Habrá que cambiar las sábanas.

—Pero si casi no están manchadas, mañana las cambio.

—Yo no me acuesto ahí, está lleno de sangre.

Entran en la habitación y la mujer coge la almohada manchada.

—Ni que hubieran matado a un gorrino, Fede. Venga, siéntate mientras las cambio.

—¿Deberíamos llamar al médico?

—No seas llorón. Toda la vida trabajando en el campo y ahora vas a llorar por un rasguño.

La mujer deshace la cama y saca otras sábanas blancas del armario. Él se sienta en la butaca y coge el álbum de la mesa de noche, empieza a verlo desde la última página hacia atrás.

—No lo dices en serio, ¿verdad?

Mira la fotografía arrugada y descolorida de los dos niños, al fondo de la imagen está el olivar desenfocado.

—No puedo dejarlos.

Una gota de sangre se escurre de su mejilla al mentón y termina por caer sobre la fotografía. Él la limpia con los dedos y cierra el álbum.

—No digas gilipolleces, van a ser esos dichosos árboles más importantes que tu hija. Además, te los puede cuidar el chico de Eusebio.

—¿Ese? Si su padre ya ha vendido sus tierras para lo de la carretera. Y qué es eso de casarse a trescientos kilómetros.

—La niña siempre quiso casarse en una playa al atardecer —dice ella mientras extiende las sábanas.

—Playa al atardecer, tonterías. Además, no creo que nadie me eche de menos.

—Eres como un niño pequeño. Si no eres el protagonista, te enfadas.

—Lo suyo es casarse en el pueblo de la novia, pero esas cosas no van con la niña.

—Sabes que el pueblo le recuerda a su hermano.

—A nosotros también y aquí seguimos.

—Si por mí fuera hace años que nos habríamos ido. Pero tú no puedes abandonar esos malditos olivos.

—Esos olivos los plantó mi abuelo antes de huir a Francia.

—Como si son los olivos donde arrestaron a Jesucristo, ¿por eso no vas a ver casarse a la hija que te queda?

—Si me voy y dejo al chico de Eusebio cuidando los olivos, volvemos y tienen la carretera asfaltada. Mi padre los cuidó incluso cuando tenía que arrastrarse por la gota. No voy a ser yo quien los abandone.

—Buen dinero nos darán si hacen la carretera.

—¿Que sabrás tú de dinero?

—¿Qué te crees, Federico, que yo no estoy en el mundo? La Reme y la Josefa me han contado cuánto les han dado a ellos.

—¡Esas saben lo que les hayan querido decir sus maridos! Dan cuatro duros, y aunque den diamantes.

—Te pongas como te pongas acabarán haciéndola.

—Mientras que yo esté aquí tendrán que buscar otro camino.

—A lo mejor con ese dinero no serías tan roñica como para no encender la calefacción por las noches.

—Esto no para de sangrar.

—Pues deja de rascarte, coño.

—Lo mismo tienen suerte y me desangro. Porque si fuera por ti…

—Ya te lo he dicho, si fuera por mí habríamos mandado a la mierda los olivos hace tiempo, como hizo la niña —dice ella mientras pasa las manos sobre las sábanas para quitar las arrugas.

—Deja a la niña, que no fue capaz de venir ni cuando me dio el infarto.

—Llamaba todos los días.

—En esos momentos hay que estar con los tuyos.

—Bastante ya le recordaba el pueblo a muerte como para venir también cuando el infarto. ¡Que no te rasques, cabezón! —dice ella y le tira una de las almohadas que impacta en el pecho de Federico.

—Que no me rasco, coño.

Él se queda quieto mientras se toca la herida, como si no hubiera notado el golpe. La mujer echa las mantas sobre la cama y coge el teléfono móvil que tiene sobre la mesa de noche.

—Mira —dice ella y le da el teléfono.

—¿Qué quieres que mire?

—Mira la foto que me ha enviado la niña.

—Estoy cansado de fotos.

—Que la mires, me cago en diez.

Federico coge el móvil y dice:

—¿Dónde leches tengo las gafas?

Se acerca a su mesa de noche, al hacerlo da con el pie a la radio que sigue con su murmullo de viento en la oscuridad. Coge las gafas de ver de cerca y se las pone. Mira la pantalla pequeña del teléfono donde ve una imagen borrosa en blanco y negro, se aproxima el teléfono a la cara hasta que puede ver que la foto es de una ecografía.

—No vas a ir a la boda de tu hija, ¿tampoco irás cuando nazca tu nieto?

Federico se arranca el esparadrapo y se rasca la herida de la que no para de gotear sangre.

—No voy a limpiarte eso otra vez.

—Al niño le encantaban —dice él.

—¿El qué?

—Le gustaba que le llevase a pasear entre los olivos, coger las aceitunas que habían caído al suelo y llevarlas a casa. Le gustaba escarbar en la tierra, pisarla, dejar sus huellas; son huellas de astronauta, papá, eso me decía. No va a pasar ninguna carretera por allí.

El ruido de la radio llena la habitación, es como si se encontrasen en medio de los olivos y el viento no parase de mecer las ramas.

—Si el sábado no estás el primero en el autobús no tendrás que preocuparte por los chicos de Sebastián, yo misma quemaré los olivos. Ya sabes dónde están las gasas y el alcohol, yo me voy a dormir.

—Sí, duérmete.

—A ver si sueño otra vez con la boda. Hacía tanto que no soñaba algo bueno.

—Yo me esperaré un rato, hasta que se cierra la herida —dice él y deja el móvil en la mesa de noche.

—Será un día precioso —dice ella mientras se acuesta en la cama y se tapa con las mantas—. Qué frío. Al niño le hubiera encantado ver casarse a su hermana.

—A mí también me gustaría.

—Quiero soñar con cosas buenas, ya nunca sueño. La última vez que lo hice soñé con los malditos olivos, soñé que ardían en la oscuridad.

—Venga, tranquila.

—Fue tan real que podía oír el crujir de la madera al fuego y respirar el olor a quemado que traía el viento hacia el pueblo.

—Duérmete.

—Cuando desperté por la mañana aún olía a lumbre.

—Duérmete ya, chica.

 

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