167. La niebla

Lola Cuadrado Padilla

 

Aquella mañana amaneció con niebla. Era algo inusual ese invierno porque en varias semanas sólo se había visto el sol sobre el cielo azul cada día; ni nubes ni lluvia ni nada, sólo un sol justiciero que quemaba  la tierra, las plantas y la piel de los muchos aceituneros que comentaban  la falta que hacía que cayera ya un buen chaparrón, o un temporal como Dios manda para empapar un suelo que, ya sediento, necesitaba mojarse como “agua de mayo”,  pero en enero.

Lola saltó de la cama y miró por la ventana esperanzada… quizá hoy pudieran descansar de la aceituna y quedarse en la cama calentita un rato más sin las prisas y el frío de cada mañana… Sus pensamientos se interrumpieron bruscamente al escuchar abajo en la cocina la voz de su padre que les recordaba a ella y a sus hermanos  que debían levantarse ya… -“¿pero hoy también vamos a ir, papa…? dijo ella, -“¡si hay niebla y estarán las olivas mojás!” -protestó su hermano Juan, -“no hay pero que valga”, les contestó su padre, “seguro que en el olivar hace un sol que aporrea, además hoy vamos al arenal, y allí la tierra no se pega por mucha niebla que haya, así que preparaos que nos vamos en media hora”.

Las olivas del arenal estaban en una tierra que, como su nombre indicaba, era arena como la de la playa, que no se pegaba a los zapatos ni a los mantones por mucha agua que cayera; era el olivar de elección los días húmedos como este, y ya estaban acostumbrados a ir allí las veces en que coger aceituna se hacía imposible en los otros olivares en que con el barro se formaba un pegote en los zapatos que convertía en tarea imposible andar por el campo.

Ya había amanecido y, tras desayunar, se montaron en el viejo Land-rover entre mantones, espuertas y demás aperos aceituneros, y cerrando el portón de la cochera marcharon rumbo al olivar que estaba como a unos 7 kilómetros por una carretera estrecha de un asfalto que tuvo mejores días, entre olivares y grandes árboles que con la niebla espesa desaparecían en cada curva.

Como era de esperar en un día así, y tras tantos días de trabajo sin descanso, no encontraron ni un alma en el camino… solo su padre, trabajador empedernido al que nada se le ponía por delante, podía atreverse-aventurarse-ocurrírsele ir en un día así a las olivas, pero “donde manda patrón…”.

Tras un viaje tranquilo de unos 20 minutos en que, como siempre, Lola no paró de mirar por la ventana del coche, llegaron al olivar. Los días de niebla eran sus preferidos. En el pueblo se subía a la terraza de la casa a ver-no ver el pueblo difuminado bajo una capa blanca, y ella imaginaba que paseaba sobre las casas, los tejados, las chimeneas con un vestido largo vaporoso… cual princesa pasando revisión a sus dominios.

Nada más llegar, como tenía por costumbre, su padre se puso a buscar palos, támaras, ramón y echó una gran lumbre en la que dejó caer algunas piedras pequeñas que servirían para calentar las frías manos durante el día. Toda la familia se juntó alrededor de la hoguera mientras se calentaban los pies y manos… ¡hacía un día de frío que pelaba!, y al astro rey no se le veía asomar por ningún lado…

Tras otro desayuno, este aceitunero, de pan, aceite, jamón, tocino y otras contundencias alimenticias calentadas en la lumbre y que les ayudarían a tener fuerzas para afrontar el duro día de trabajo, se pusieron manos a la obra. Su padre dio las órdenes pertinentes; aunque cada día, cada miembro de la familia sabía su trabajo, era el padre el que establecía en cada olivar dónde empezaban, qué hilo de olivas se iba a coger primero y las tareas propias de la aceituna que, aunque todos sabían ya, a él le gustaba recordar. Ellos vareaban las olivas y Lola, como siempre, iba detrás, cogiendo suelos y salteás, y sólo dejaba esa labor para ayudarles puntualmente en algún momento del día si se lo pedían a mover mantones o llenar sacos. La criba era tarea del hermano chico, mientras el mayor ayudaba a su padre vareando y arrastrando mantones de una oliva a otra.

Cuando hubieron vareado unas dos olivas, comenzó Lola su tarea solitaria de coger aceituna debajo de la oliva… con la niebla por decorado, pareciera que en el mundo solo estuvieran ella y el olivar, pues ni siquiera podía verse a su padre y hermanos dos olivas más lejos de lo espesa que era, y sabía que estaban ahí porque oía el golpe seco de las varas pegar contras las ramas. Pasaron los minutos, las horas parecían ya, en esa tarea monótona, con la niebla que no levantaba y el tímido sol hoy escondido. De pronto Lola se dio cuenta que ya no escuchaba las varas sonar, “estarán con los mantones”, pensó, mientras arrodillada bajo la oliva miraba entre las hojas intentando ver a su padre y sus hermanos unas olivas más allá… Siguió cogiendo aceituna, y tras varios minutos que parecieron horas un extraño silencio se hizo dueño del campo… ahora sí que parecía que sólo estaban ella y sus queridas olivas, nadie más. Acabó de recoger la aceituna en esa oliva, se levantó para ir a la siguiente, y comprobar que, efectivamente, solo estaba ella en el olivar… “qué raro”, pensó, “no se oye nada”…, pero se volvió a  agachar bajo la oliva atrapando con sus sucias manos las aceitunas negras y frías, echándolas a la espuerta… siguiendo con el trabajo, hasta que, de pronto, entre las ramas, a ras de suelo, una sombra pasó ante sus ojos, rápida, ligera… -“¿Qué podía ser eso… un pájaro?”, pensó ella… ¡pero no, hacía mucho frío para eso, ni siquiera se les oía cantar, estarían acurrucados en sus nidos, protegiendo  a sus familias, sus pollitos, o sus huevos, Lola no sabía… Con estos pensamientos estaba cuando volvió a ver cruzarse frente a ella de oliva a oliva otra sombra pequeña, veloz, tan rápida que, como la vez anterior, no consiguió ver lo que era… definitivamente, no era un pájaro… quizá un ratón o un topo… ella no tenía miedo a los ratones, así que se aventuró a investigar qué tipo de bichejo podía ser ese tan rápido y diminuto…

Se acercó despacio a la oliva donde habían ido a meterse las dos sombras, y miró el centenario tronco húmedo y negro, encontrando en la parte de abajo una abertura pequeña dentro de la cual había una  extraña luz amarilla… Estaba intrigada, llevada por la curiosidad, escudriñando el tronco, mirando hacia la abertura, pensando qué podría ser aquello, cuando notó un tironcillo en su chaqueta y una vocecilla enfadada que le recriminaba desde abajo -“¿te parece bonito, despertar a mis niños una mañana como ésta…?”… Miró y he aquí una mamá ratona con larga falda y cofia blanca mirándola con el ceño fruncido muy enfadada, mientras seguía dándole tironcitos de la ropa… “Perdone usted, señora ratona”, contestó Lola, “no sabía que hacíamos tanto ruido…” …se disculpó tímidamente… La mamá ratona soltó sus ropas, y con sus bracillos, patitas en jarra, le espetó con aire de dignidad ofendida: “señora ratona… ya quisiera esa mosquita muerta tener la clase que yo tengo, porque yo soy de otra clase ¿sabes?”, le dijo con aire de dignidad recuperada. “¿Y de qué clase es usted, si me permite preguntar?”, dijo Lola con curiosidad, mirándose ya una a la otra, de abajo a arriba y de arriba abajo. “Yo soy la clase de animal, que ni es ratón ni es topo, yo soy una ratopa, para servirle a usted, y mi camada son tres ratopillos y una ratopilla, una camada espléndida, si me lo permite”, dijo con orgullo maternal mamá ratopa, extendiendo su brazo-patita hacia el interior de su madriguera en el hueco de la oliva y haciendo una reverencia con el otro. Lola intentó explicarle el trabajo que hacían y que esas olivas eran de sus padres, y cada año debían recoger las aceitunas en esas fechas… De pronto mamá ratopa exclamó un “ah…ya, nosotros nos mudamos aquí el verano pasado, por eso no nos habíamos visto”… Lola sólo alcanzaba a mirar cada vez más asombrada y con los ojos muy abiertos a la diminuta criatura que no alzaba más de 10 centímetros del suelo, mientras esta le contaba que eran una familia que vivió en otra comarca menos bondadosa a unos pocos kilómetros de allí y que vinieron a esta buscando una tierra mejor para criar a sus cuatro retoños, ella y el señor ratopo… Aquí la arena esponjosa y suelta les permitía estar frescos en los días de calor y secos cuando llovía y el barro hacía otros lugares imposibles para ellos. Continuaron la conversación hasta que de pronto la señora ratopa desapareció rápidamente sin decir palabra por el hueco, la luz amarilla se apagó y las ramas de la oliva se levantaron mientras su padre preguntaba “¿se puede saber qué haces ahí tirada bajo la oliva?”. Lola miró hacia arriba y disimulando con una sonrisa le contestó: “coger aceituna”…

Acabó esa jornada y, al anochecer, tras recogerlo todo, abandonaron el olivar, cansados, mojados y medio resfriados. Pasaron unas dos semanas hasta que de nuevo otro día húmedo volvieron al arenal. Aunque Lola la buscó, no encontró la madriguera de la señora ratopa y su familia… y nunca supo qué había sido de sus amiguitos del olivar del arenal. A decir verdad, nunca estuvo segura si todo fue real, o fruto de su imaginación o un sueño un día de niebla algún invierno frío en la recogida de la aceituna.

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Dedicado con cariño a todos los niños y niñas que desde chicos tuvimos que ir a las olivas con nuestros padres en los fríos inviernos de Jaén.