166. Malatripa

Marta Carón Peña

                                                  

El abuelo es como un olivo, viejo y arrugado, pero a la vez fuerte y resistente. No sé cuántos años tiene el abuelo. Aquí, en el valle, todos lo recuerdan desde siempre, y desde siempre, lo recuerdan viejo. Tiene la piel arrugada por el tiempo y los dedos retorcidos por la artrosis.  Igual que el olivo tiene prietas sus hojas, el abuelo tiene prietos sus cabellos. Los esconde bajo un sombrero de paja que le protege de las inclemencias del tiempo. Por estos lares, suele ser del sol.

Sube cada día hasta la pequeña loma y se sienta bajo un olivo perdido. Árbol desertor que quiso crecer lejos de los demás, entre algarrobos y encinas. Ese árbol lo escogió el abuelo porque desde allí, bajo su sombra o su cobijo, según haga sol o llueva, puede vigilar el cortijo.

No sé cuántos años tendrán estos olivos. El abuelo me dijo que hay olivos que llegan a alcanzar mil años. Me pregunto la de cosas que habrán llegado a ver. Batallas campales, desfiles de caballeros andantes, caravanas comerciales, cualquiera sabe.

El abuelo también sabe muchas historias, pero ya no las cuenta, ya no cuenta nada. Igual que estos viejos troncos, permanece en silencio vigilando el cortijo. Cuando era yo un mocoso, sentados bajo la parra del patio de casa, me contaba historias. Algunas eran sobre los olivos, el árbol elegido por Dios. Y no solo por el dios que nosotros conocemos, sino también por los dioses del Olimpo. Hasta los emperadores se coronaban con sus ramas. No sé dónde aprendió todas esas historias, pues jamás aprendió a leer. Pero de todas aquellas historias, mi preferida es la de Malatripa.

—¿Quién es Malatripa? Cuéntame su historia —le pedía al abuelo cuando correteando entre los olivos escuché aquel nombre por primera vez. “Pregúntale a Malatripa” decía el capataz a un jornalero. El abuelo me sentó entre sus piernas y comenzó a hablar.

—Malatripa nació un tres de febrero entre las cañas del arroyo. Aquella/fría mañana, Sofía se había levantado al amanecer como el resto de la cuadrilla de jornaleros. La recogida ya estaba a punto de finalizar, pero aún había trabajo por hacer.  La escarcha cubría el suelo y los animales se resistían a salir del establo. Después de desayunar un chusco de pan con manteca y un café hervido, todos salieron al olivar.»

»Extendían los mantos bajo los olivos. Los hombres vareaban, pues es sabido que no es tarea fácil el vareo. No solo se necesita de pericia para no romper las ramas, sino también de fuerza. pues la vara pesa lo suyo. Las mujeres, arrodilladas, recogían la aceituna y las colocaban en las espuertas para después llevarlas a cribar.

»Sofía era entonces una muchacha de belleza mayúscula y de minúscula inteligencia. En aquellos tiempos aquí nadie iba a la escuela, menos aún una niña, y menos todavía si su padre la consideraba tonta. En cuanto le crecieron los pechos la pusieron a servir. Su padre era entonces molinero de don Faustino, el amo del olivar. Don Faustino buscaba una muchacha que ayudara a Teresa, la cocinera del cortijo, que cocinaba como los ángeles, pero veía menos que un gato de escayola. En cuanto vio a Sofía supo que aquello era lo que necesitaba. Joven, guapa y de pocas luces, fácil de domar. Además de cocinar, le alegraría la vista y si era posible, algo más. Enseguida llegó a un acuerdo con su padre.

»—A real la jornada le doy por Sofía.

» —Mi Sofía vale más. Dos reales.

»—A real y manutención.

»—Trato hecho.

»Así fue como Sofía comenzó a servir en el cortijo dando de comer a todos los jornaleros que pasaban por la cocina. Desde luego, también salía con ellos a la recogida. Hasta aquella mañana que después de una larga ventosidad y un grito, corrió tras las cañas del arroyo.

“Corre Alfredo, que a tu hija le ha entrado el mal del Miserere» gritó alguien. «Cago en to» pensó Alfredo cuando le vinieron a avisar. A su Sofía se le había hecho un nudo en los intestinos, o se le había llenado de mierda esa tripa que no servía para nada.

» —Llamar al médico y al cura —gritaba Alfredo mientras corría hacia el campo.

Yo miraba al abuelo sin entender apenas. ¿Qué mal era aquel tan grande para que se asustaran tanto?  ¿Quién era el tal Miserere?

—Blas había nacido como una defecación. Como un cólico intestinal, como una apendicitis.                                                                                               La apendicectomía duró cuatro empujones y algunos gritos más. Antes del quinto   empujón, Sofía expulsó la causa de sus retortijones intestinales. Quedaron todos sorprendidos por aquel    mal del Miserere que pesaba poco más de dos kilos.  Quizás fuera por la faja, la refaja y por toda aquella especie de vendaje que apretaba la tripa ocultando lo que ahora era evidente, que Blas salió algo maltrecho.

»Decían que se parecía a su madre, a falta de saber quién era el padre, aunque sospechas no faltaron. La verdad es que el niño había nacido antes de tiempo por la falta de espacio y aunque feo, lo que se dice feo, no era para ser prematuro, no se parecía a nadie. Tenía la carita arrugada como la mayoría de los que nacen antes de hora, lloraba como un gatito hambriento y le costaba abrir los ojitos.

A mi cabeza venían las crías de Lola, la gata negra que había parido meses atrás en la cuadra. Me imaginaba a Malatripa como uno de esos gatitos que no dejaban de maullar. El abuelo agarró un racimo de la parra y siguió hablando.

—Cuando pasaron las semanas la criatura se fue arqueando. Se iba retorciendo como una serpiente. Aquello pintaba mal. Su madre lo empezó a mirar de mala forma. Aquello era seguramente un castigo del Señor, por pecadora.

»—Tiene la columna vertebral como un gusano —dijo Andrés, el médico—. Y las piernas, como si hubiera estado galopando en la tripa. Mal pronóstico le veo yo a esto.

»—Eso ha pasado por apretarte el vientre —le dijeron las mujeres del cortijo que no dejaban de dar consejos a la joven e inexperta Madre.

»—Hay que hacer algo con Malatripa —dijo el abuelo llamando al muchacho con aquel mote tan desagradable. — No puedes trabajar y cuidar de un niño en esas condiciones. Así nadie lo va a querer.

»—No lo llame usted así —recriminaban todos.

»—Mejor lo llamo apendicitis —decía Alfredo con sorna cada vez que alguien le reprochaba el mote que le había puesto al crío.

Parece ser que aunque a nadie le gustaba aquel apodo, Malatripa se quedó con él de por vida, eso sí, por los pelos, porque casi no lo cuenta. Contaba el abuelo, que Alfredo, temiendo que cuando llegara don Faustino de la capital a ver cómo había ido la recolección y a revisar la poda, devolviera a Sofía. Lo mejor era sacarse de encima el problema cuanto antes.

—Fue un milagro —continuó el abuelo. —A última hora de la tarde se formó una gran tormenta sobre el olivar. Los hombres que podaban los olivos salieron corriendo al cortijo en busca de refugio. Otros guardaron los animales en el corral y en las cuadras. Tuvieron que darse prisa en cerrar puertas y ventanas pues nunca jamás se había visto llover de aquella manera. Fue tanto el ajetreo que cuando se dieron cuenta Malatripa había desaparecido de su cuna.

»Un par de hombres corrieron al molino en busca de Alfredo. Aunque no le tenía gran aprecio al chico, al fin y al cabo era su abuelo. Alfredo no estaba en el molino. Los hombres dieron media vuelta para marchar, pero quiso la providencia que en ese mismo instante un rayo iluminase la estancia dejando ver un patuco de Malatripa en el suelo. Buscaron entre las espuertas, incluso entre las aceitunas, detrás de las herramientas, por todas partes, pero Malatripa no estaba allí. Entonces aquellos hombres vieron una sombra blanca. Después contarían que les pareció una mujer. Del susto cayó uno sobre una tinaja de aceite que al quebrarse soltó a Malatripa igual que una placenta deja salir a la criatura con el líquido amniótico.

»Cómo sobrevivió en el interior del líquido dorado nadie se lo explica. Que hubiese flotado era del todo imposible. Es bien sabido que el aceite es menos denso que el agua y ofrece menos resistencia. Ni el mejor nadador sobreviviría en una balsa de aceite. En el cortijo se dijo que la imagen que vieron en el molino era la Virgen, otros que era la muerte que no quiso llevarse al bebé. Nunca se supo el tiempo que el niño permaneció en el interior de la tinaja, pero fue el suficiente para que  adquiriese el don que le acompañaría toda la vida.

—¿Qué es un don?

—Es como una virtud, un poder para que lo entiendas, aunque no exactamente. Desde aquel día no se supo más de Alfredo y Malatripa creció al cuidado de todo el cortijo. Pronto se dieron cuenta de que aquel niño tenía algo especial. Hablaba con los árboles y era capaz de vaticinar cómo iría la cosecha o si habría alguna plaga como el barrenillo. Acariciaba los troncos y preguntaba, los olivos le contestaban. Incluso era capaz de saber si aquel año iba a ser húmedo o seco. Pasaba tantas horas en el olivar que algunos afirmaban que era capaz de saber cuántas ramas y cuántas hojas tenía cada olivo.

— ¿De verdad tenía ese poder? ¿Y qué pasó con él?

—El chico había crecido completamente ignorado por don Faustino que tenía tanta gente a su servicio que le era imposible conocerlos a todos. Malatripa no era el único mocoso que corría por sus tierras.  Hasta el año de la gran nevada.

»Don Faustino llegó al cortijo a principios de octubre, antes de la recolección. Lo vieron llegar en un coche tirado por dos caballos negros. Todos dejaron sus quehaceres y salieron a saludarlo. Atravesó el olivar casi de la misma forma que Jesucristo llegó a Jerusalén para la Pascua. Todo eran alabanzas y adulaciones, solo faltaba el pollino. Sin bajar la mirada, levantó el brazo a modo de saludo y entró al patio del cortijo. En ese momento llegó corriendo Malatripa, anunciaba una gran nevada.

»Don Faustino comenzó a reír. Cómo iba a nevar en octubre. Pero todos miraron al muchacho y advirtieron al amo. Aquel niño nunca se equivocaba. Una semana después, el olivar estaba cubierto de nieve. Así fue cómo el amo, se interesó por aquel chico patizambo y un poco chepudo.

Según el abuelo, nunca se pudo demostrar a ciencia cierta quién era el padre de Malatripa, su madre nunca confesó, ni se le vio jamás novio alguno, pero como quien no quiere la cosa, don Faustino lo adoptó oficialmente durante una pomposa ceremonia. Así fue como Malatripa fue nombrado heredero oficial del cortijo.

Científicamente no se pudo encontrar una explicación lógica a lo que ocurrió, pero desde ese momento el olivar de don Faustino prosperó enormemente, y el “Aceite Malatripa” se exportó a todos los rincones de la tierra. Don Faustino y Malatripa se hicieron inseparables, igual que padre e hijo.

Esta tarde, cuando el sol pintaba de dorado las hojas de los olivos, subí a la loma a buscar al abuelo. Estaba de pie, abrazado al tronco. Creo que le estaba contando algo porque el abuelo habla con los árboles y ellos le contestan. Dejé que terminara y lo ayudé a bajar despacito, pues sus piernas arqueadas siempre le han dificultado caminar por el camino pedregoso.

—¿Qué le dijiste al olivo? —le pregunté.

Pero el abuelo no habla. Solo lo hace con los olivos. En realidad se parece a ellos, retorcido y encorvado, de piel aceitunada y con olor a aceite. Desde aquella primera vez que escuché su nombre, no dejé de hacerlo. En el valle, todos han necesitado alguna vez de Malatripa. Para mí, siempre será el abuelo, aunque sé que un día me recogió en una acequia. Y es que el abuelo y yo tenemos algo en común. Nuestro padre fue un olivo.