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165.- Ojos oliva

Mar de los Ríos

 

Esta casi amaneciendo. El cielo abandona poco a poco el negro azabache. Te intuyo alejarte sobre mis naves recortadas sobre el mar y pienso que el nosotros se evapora, igual que el rocío de la noche. Todavía es ayer, todavía eres mi presente, apenas nos queda un suspiro… La brisa marina ondea mi pelo y acaricia mi fina piel con el movimiento de mi túnica. Subida en esta soledad de la muralla más alta de mi mausoleo, siento estallar nuestro amor desde mi pecho hacia ti en mil pedazos. Pero tú todavía no lo sabes.

Respiro hondo, intento tranquilizarme, primero soy reina, luego soy madre y después tu amante.

Va saliendo el sol por poniente; qué hermosura, un nuevo día para los demás… Desde aquí se ve muy bien toda Alejandría. Giro la cabeza hacia el templo. Puedo intuir también las sombras de sus retorcidos troncos esperando el verde oscuro de sus hojas  que les brindará en un rato la luz dorada. Ha sido el árbol de nuestra pasión, ¿recuerdas? El olivo.

En Egipto yo los conocí de niña y trepé por ellos jugando con mis hermanos en el real jardín de mi padre, Ptolomeo. Pero los más importantes están plantados alrededor del templo, dando prestancia a la estampa que ofrece el conjunto, rodeándolo como centinelas. Porque son la fuente de la luz perpetua de los dioses. Su función principal para mi reino se dividía por tanto entre, obtener el elixir que daba luz a las lámparas de nuestras noches y la salud a nuestros cuerpos. Yo misma, en la hermosa biblioteca ya perdida, aprendí cómo usar el oro verde para emplastos y remedios. Pero no había tenido la oportunidad de probar las olivas encurtidas como las comen en Roma y en Grecia, fundamentalmente hasta que llegaste tú a mi vida. Adoras las olivas, su olor y su sabor a campo romano, a paz en medio de la batalla, creo que representan la esencia de tu carácter. En Alejandría las olivas no formaban parte de los banquetes reales ni del alimento del pueblo o de los soldados hasta que llegaste tú.

Porque asocio esos pequeños frutos amargos a la primera noche que visitaste a mi barco buscando a la reina de reinas. Ya me conocías de lejos a través de César, mi antigua pareja y tu dueño hasta que fue asesinado por sus propios senadores. No, Marco Antonio, nunca fue el mío, ya te lo he dicho mil veces aunque no me creas. César fue para mí el hombre serio y correcto que atendió y entendió a una muchacha de veinte años que decía ser la faraona de Egipto y que su hermano y esposo Ptolomeo de apenas quince había conseguido echar al desierto. Emerger desde un saco hasta sus pies, tal como mi introdujo mi más fiel sirviente en mi propio palacio para que me escuchase, fue de los más audaz y efectivo. Quedó conmovido por mi discurso valiente de diez minutos, probablemente el más importante de mi vida. Sin aquella muchacha atrevida y que miraba directamente a los ojos del extranjero más poderoso que podía ocupar su cama,  nunca hubiese venido el después: tú, nuestros hijos, nuestros viajes surcando el Nilo disfrutando de esta tierra…, la misma que te ha acogido con respecto. Cariño, no. La gente de Egipto solo ama a su faraona, a ti te toleran porque la encarnación de su diosa Isis así se lo pide, pero hasta ahí, los conozco muy bien.

Y a partir de que César fue eliminado de la manera en que muere la divinidad, se abrió paso tu momento y nuestra vida juntos.

Te acercaste a Egipto, a mí, con otros ojos. Yo había estudiado tus gustos, amor, la estrategia siempre es el camino del triunfo y yo ya lo sabía. Busqué los vinos más refinados, exigí la iluminación más estudiada que hiciese resaltar mis mejores tapices bordados en oro y plata. Saqué brillo a mis platos de oro con piedras preciosas, encendí velas perfumadas con mirra, canela y cardamomo… Y en medio de todo ese ambiente emergía la mujer más inteligente que te hubieses cruzado en mil años. ¿Qué podía fallar? Tú aquella noche ya no eras solo un general romano, eras un varón hercúleo, perfumado y atractivo, poderoso y con tu aperitivo favorito como ofrenda para mí. Aquella noche unimos tus olivas a mis manjares hechos de dátiles y de las mejores carnes de caza de mi reino. Recuerdo tu gesto pasando del asombro al deleite cuando ibas descubriendo las maravillas del refinamiento oriental, la opulencia alejandrina con el sello Cleopatra. El suelo lleno de pétalos de rosa hasta la rodilla fue de las cosas que más te complacieron. Nuestros cuerpos desnudos sobre ellas contribuyeron a que la velada se convirtiera en  inolvidable. Desde entonces fuimos todo lo inseparables que nuestras responsabilidades nos dejaron ser. Hasta hoy, hasta ahora mismo.

Con los años supimos conjugar Roma con Egipto.  En la traducción del acicale, por ejemplo, algo que nos encanta a ambos y que incluye la catarsis preliminar de una inmersión sagrada en agua perfumadas. Cambiaste mis baños de leche, manzanilla y azahar, por los de aceite de oliva y flor de loto. Trenzamos nuestros cuerpos tantas veces en mi tina… Y de la contundencia romana y la exquisitez alejandrina vino el fruto de nuestros mellizos Alejandro y Cleopatra de diez años y el pequeño Ptolomeo de cinco. Ya sabes que también adoran las olivas porque las identifican contigo. Ahora estarán siendo escondidos por mis criadas en la sala más profunda del sótano. También esperarán inquietos a que amanezca, la ciudad entera sabe que has salido a enfrentarte con los barcos de Octavio apostados en mi bahía desde ayer. Saben que su padre ha ido a defender a Egipto al frente de mis naves contra otro César que ha decidido declararme la guerra, que quiere incluir a Egipto dentro de sus proezas a cualquier precio, como todos los poderosos desde hace miles de años. Les he prometido a los niños paz a cambio de su disciplina silente. He pedido que les lleven frutas, agua y velas perfumadas.

Se apagan las teas que iluminan el templo. Se hace de día.

Y puedo constatar ahora cómo las naves de mi ejército se acercan a las romanas de manera amenazante. Esperan la señal. Por supuesto que ignoras que he pactado nuestra rendición. Los marineros que deslizan mis barcos sobre el mar que te trajo a mí, llevándote en cabeza, subirán los remos como símbolo de entrega, es cuestión de minutos. Porque no habrá más derramamiento de sangre inútil, mi amor. Ese es mi trato, esa es la voluntad de la reina de Egipto. Ahora, ya lo han hecho, ya has conocido mi plan que tomarás por traición, no lo sé, no creo que ya importe. Le he jurado a Octavio que si me deja medio día más, verá tu cuerpo inerte colgando de las ventanas de mi palacio, esa será la imagen de la anexión de Egipto a Roma. Jurar en vano es muy infantil, pero los romanos se lo creen todo. Aunque esta vez sea la primera vez que puedan hacerlo.

Bajo de las murallas en busca de los niños. Debo de tranquilizarlos y mentirles también. Les llevaré tus olivas favoritas, las negras y les diré que su  padre vendrá pronto a verlos con la victoria en la espada. Cómo me gustaría también poder abrazar en este momento a mi primogénito, Cesarion, de diecisiete años y que confío aún siga vivo en el rincón de la India a donde mandé esconderlo, lejos de los enemigos. Aunque irán a por él. La tierra no es lo suficientemente grande como para apagar el odio romano contra la faraona que no ha permitido que Egipto sea una de sus provincias y que ha osado a tratarlos como huéspedes. Irán contra toda mi estirpe, pero que yo no lo vea si puedo evitarlo.

—Ya estoy aquí, mis queridos niños. Esta noche la reina de Egipto, vuestra madre, ha encontrado tiempo para lo realmente importante, contaros una instructiva fábula de Esopo. He elegido la que deberéis grabar a fuego en vuestros recuerdos para siempre. Yo las leí todas en mi infancia en la biblioteca de nuestra hermosa ciudad de Alejandría, el centro del saber que construyeron nuestros ancestros, los Ptolomeo. Estaba muy cerca de nuestro palacio también mirando al mar de Egipto. Sí, mi pequeña Cleopatra, se quemó cuando vosotros no habíais nacido todavía. Fue allí donde aprendí casi todo lo que sé, los ocho idiomas que domino, donde descubrí que la tierra donde vivimos es redonda y el radio exacto de su magnitud, donde me empapé de la medicina necesaria para poder curar de todo mal a mis niños inquietos y donde memoricé las poesías más bellas jamás escritas. Pero hoy quiero brindaros la fábula de, `El lobo y el cordero´. Venid aquí los tres junto a mí.

Había una vez un lobo que vio a un cordero en la orilla de un río un tanto alejado de él, justo por debajo de su posición en sentido de la corriente.  Rápidamente, como buen lobo quiso comérselo, pero antes de lanzarse sin más a su persecución, deseó ofrecerle un pretexto, esperando que el cordero lo creyera. A pesar de que la bestia estaba parada río arriba, acusó al cordero de no dejarle beber agua limpia por revolver el fango del fondo. El cordero contestó que al estar el lobo por encima de su parada junto al río, no era posible que así fuera. Al comprobar el fracaso de su argumento, entonces el lobo acusó al cordero de haber insultado a sus padres el año anterior en aquel mismo sitio, a lo que el cordero contestó que eso era imposible, que hacía un año él aún no había nacido. Por fin el lobo dijo que, aunque el cordero se justificaba muy bien, no por ello le permitiría marchar, que no iba a dejar de comérselo.

—¿Y se lo comió, mami? (Dice Ptolomeo entre lágrimas)

Los abrazo a los tres contra mi pecho y los beso con todo mi amor.

—Cada cordero, cuando encuentre a un lobo cerca, deberá de pensar si debe de escucharlo para ganar tiempo o puede escapar antes de que le hable, esa es la moraleja. Esta fábula no tiene un solo final.

Los acomodo al lado de las lámparas de aceite, les digo que ya es hora de dormir, que si tienen sed o hambre recuerden la fruta y el agua que les dejaron. Les pongo cerca las olivas de su padre y un retrato de ambos a sus pies. Hoy la ciudad está muy revuelta y no deben de salir del escondite de mamá hasta que venga alguien a buscarlos. Cleopatra Selene asiente, abraza a sus hermanos, toma el mando que le acabo de pasar y me lanza un beso antes de que cierre la puerta tras de mí. Ella ha entendido perfectamente la fábula, será una gran reina.

El resto de mi misión se acerca. No tengo miedo, es la impotencia la que tira de mis sandalias subiendo los peldaños llorando. Sale a mi encuentro mi sirvienta más fiel. Me dice que has picado el anzuelo; al llegar al palacio atravesando una ciudad convulsa has pensado ante mi ausencia que César ya me había ejecutado. Y entonces te has hundido tu egregia espada sobre nuestra cama…, te conozco tan bien…

He podido contener este momento diecinueve años. Hasta aquí he llegado, mi amado Egipto. ¡Os dije a todos que erais mis huéspedes, no mis dueños! Vuestra violación he decidido no verla.

Respira hondo, Cleopatra, ya está casi todo hecho. Miro el cuenco dorado lleno de olivas negras que me brinda ahora mi fiel criada y que dan sentido a mis manos temblorosas. Como mis ojos, me decías. Suben conmigo hasta nuestros aposentos para cruzar juntos.

 

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