165. La vuelta a casa

Juan Antonio Mira Sánchez

 

Nunca había escuchado unas persianas sonar así. Era un ruido destartalado y desagradable, y al entrar en sus oídos, James se despertó de golpe, incapaz de abrir los ojos por la luz que de repente entraba por la ventana. —Vaya unas vacaciones me esperan—, pensó. Tras tantas horas de viaje estaba destrozado y lo único que le apetecía era seguir durmiendo. Si por él fuera, habría seguido hasta la hora de comer, como muchas veces hacía en su casa. Para su pesar, allí no era posible. Allí parecía imperar la disciplina, y estar en la cama después de cierta hora no estaba permitido. Separó los párpados con esfuerzo y lo primero que vio fue a su abuela, sonriente, con el mismo gesto amable que siempre tenía, o al menos, el que él siempre le había visto.

—Venga, dormilón, que ya está el desayuno puesto. Corre que si llegas tarde tus primos se lo comen todo.

Tras decir eso, abandonó la habitación sin alterar su expresión de felicidad. Resignado, James se incorporó y quedó durante unos segundos mirando a un punto fijo de la pared en el que no había nada, pensativo y sin acabar de despertar del todo. Escuchó el cantar de los pájaros y volvió la vista hacia la ventana, viendo a través de ella parte del paisaje. Curioso, se acercó para ver mejor y quedó impresionado. Desde allí podía ver un océano de tejados y, rodeando todo, un sinfín de montes cubiertos de olivos. Había llegado de noche, y por ello no lo pudo apreciar. Ahora, con el sol iluminando todo, le parecía algo impresionante. Por lo demás, no encontraba allí nada que resultara digno de interés y hubiera preferido cualquier otro sitio para estar. Intentó convencer a sus padres, pero no cedieron. Ellos se justificaban diciendo que, tras tantos años sin ir, era hora de que conociera sus raíces y a su familia.

Sin pensarlo más, se vistió y bajó al salón. Ahí estaba toda la familia alrededor de la mesa, pendientes de él, y que lo recibieron con una intensidad que le parecía exagerada. Se sentó en un hueco que quedaba vacío y se encontró con su desayuno: una rebanada de pan tostado con aceite.

No le gustó. Lo miró, remolón, casi con asco, sin decidirse a darle el primer bocado.

—¿No te gusta? —preguntó su primo Mateo, sentado frente a él.

—Bueno —titubeó, no queriendo resultar desagradable—. Nunca lo he probado.

—¿En serio? ¿Como se puede ser de Jaén y no haber probado el pan con aceite?

—Yo no soy de Jaén —respondió con un punto de orgullo—. Yo soy de Londres.

—¡Anda ya! ¿Qué vas a ser tú de Londres?

—Nací allí. ¿De dónde voy a ser si no?

—Tú nacerías allí, pero tus padres son de aquí —Mateo golpeó la mesa con un dedo—, de Valdepeñas de Jaén, y tú llevas esa sangre. Y bien orgulloso que tienes que estar.

—¿Te acuerdas cuando venías de pequeño? —preguntó su abuelo con tono tierno.

James negó con un tímido movimiento de cabeza.

—¿Como se va a acordar? —respondió su abuela—. Si el pobre la última vez que vino era un niño que todavía iba con el chupete en la boca.

—Ya tengo ganas de ver a tus padres —intervino uno de sus tíos—. ¿Cuándo van a venir?

—Para el mes que viene, cuando cojan vacaciones. Se quedan unos días y luego nos volvemos a Reino Unido.

—Y todos estos años que habéis estado sin venir, ¿a dónde ibais los veranos?

—Pues a todos lados. Cada año íbamos a un sitio distinto.

Crecido por las miradas de admiración que todos le dedicaron, comenzó a relatar detalles de sus viajes, enumerando un sinfín de lugares que consideraba dignos de mención y hablando más en un momento de lo que había hablado en todo el tiempo que llevaba allí. Poco a poco la conversación fue mutando hasta volverse ajena e insulsa para él, y James, sin ningún interés ya en ella, pasó a mantener una actitud ausente.

—Tú tenías que ir a la cooperativa a por aceite ¿verdad? —preguntó la abuela— Que se vaya contigo, así sale de casa y ve el pueblo.

—Claro —Mateo miró hacia él mientras se limpiaba las manos con una servilleta—. Acábate eso y nos vamos.

James, inapetente y a quien todo molestaba, no tenía ganas de salir a la calle, pero la idea de estar allí durante todo el día le parecía peor. Al menos así le daría un poco el aire y disfrutaría de las vistas que, aunque no lo quería aceptar, le encantaban.

Cogió la rebanada de pan y se la llevó a la boca con la intención de deborarlo deprisa y sin pensar. Quería acabar rápido para pasar el mal trago que le suponía comer eso. Terminó enseguida, pero no por las razones que tenía en mente, sino porque, una vez su paladar lo probó, quedó encantado. Su abuela, viendo el ansia con el que comía, le ofreció más y él aceptó, provocando en todos una sonrisa de satisfacción.

Montaron en el coche, un todoterreno sucio, lleno de polvo y barro tanto fuera como dentro. Tenía bastantes años, pero todavía cumplía bien con su cometido, que no era otro que moverse por el pueblo y el campo cargado de peso, como en el pasado hacían los animales, y lo hacía a la perfección. Arrancó y comenzaron a callejear, subiendo y bajando cuestas. A James le gustaba la variedad del pueblo, siendo cada calle y cada casa distinta a la de al lado, y le maravillaba ver como los montes de olivos rodeaban todo. Sí le molestaba que, a cada poco, su primo se paraba para hablar con alguien. Con aire orgulloso les decía a todos que él era su primo, que venía de Londres y que iba a pasar allí un tiempo. Le irritaba tanta interrupción que hacía que, un trayecto de apenas distancia, se tardase tanto en recorrer, pero le agradaba ver el carácter afable de la gente del lugar. Se detuvieron al fin frente a una fachada blanca, con la pintura descascarillada por algunas partes y un cartel enorme con el nombre de la cooperativa. Aparcaron justo enfrente y pasaron al interior sin molestarse en cerrar el coche. En una de las paredes había una foto antigua, según la leyenda del marco, del año 1960. En ella había un grupo de gente de apariencia rústica, miembros por entonces de la cooperativa, todos sonriendo.

—Este de aquí —su primo señaló una de las caras—, es el abuelo. ¿Has visto que joven estaba ahí? Si te fijas bien, os dais un aire.

Observando con detenimiento, James logró identificar los rasgos de su abuelo en los de aquel joven sonriente que lucía en blanco y negro y que, en aquella época, sería un poco mayor que él. También, aunque no dijo nada, se sorprendió al encontrarse parecido, y recordó lo que su primo le dijo sobre la sangre.

No sabía por qué, pero aquella foto le resultaba hipnótica. No podía parar de mirarla, y solo apartó la vista de ella cuando su primo lo llamó para que le ayudara a cargar en el coche las cajas de aceite.

—Antes de volver a casa —su primo sonrió—, quiero enseñarte algo.

—¿El qué?

—Bueno, en el desayuno nos has estado contando todas esas cosas impresionantes que has visto en tus viajes. Pues imagino que no querrás irte de Jaén sin ver algo digno de contar a tus amigos. ¿No?

—Claro —James no pudo disimular su curiosidad—. ¿Qué es?

—Ya lo verás.

Arrancaron y avanzaron callejeando por el pueblo hasta dejarlo atrás. Llegaron a unos caminos pedregosos en los que el coche se movía con más dificultad y, de repente, sin saber por qué, se detuvieron. Con una sonrisa en la cara, Mateo tiró hacia arriba del freno de mano, se quitó el cinturón de seguridad y bajó del coche. A su alrededor no había más que olivos por todos lados. Olivos iguales a los que se podían ver desde cualquier punto del pueblo, y que parecían cubrir todo en esa zona. James se bajó del coche imitando a su primo, sin entender que hacían allí.

—¿Por qué hemos parado?

—¿No querías ver algo impresionante? Pues aquí lo tienes. Ante ti está el olivar más grande del mundo.

Mateo estiró un brazo y giró sobre sí mismo, señalando todo lo que los rodeaban. James frunció el ceño, molesto por lo que le parecía una broma de su primo.

—De aquí sale el veinte por ciento del aceite que se produce en todo el mundo. ¡El veinte por ciento! Y que sepas que todo esto viene de la época de los romanos. ¿No te parece impresionante?

—Supongo —James se encogió de hombros.

—¿Supones?

—Es que solo son olivos. No sé por qué le dais tanta importancia.

Mateo lo miró en silencio durante unos segundos en los que fue cambiando su expresión. Primero parecía molesto, después curioso, y al final, condescendiente, dibujando a la vez una sonrisa.

—Yo entiendo que para alguien como tú, que no te has criado aquí, esto te parezca poca cosa. Pero para nosotros es nuestra vida. Es a lo que siempre nos hemos dedicado.

—Yo eso lo entiendo, pero ¿nunca has pensado en hacer otra cosa?

—¿Otra cosa? Como qué.

—Pues no sé, algo que te guste.

—Es que precisamente esto es lo que me gusta —Mateo amplió su sonrisa—. Esto que ves es un patrimonio que tenemos y que aportamos al mundo. ¿Recuerdas la foto que has visto antes? Esa gente hacía lo mismo que yo hago, y antes que ellos lo hacían otros, y así hasta remontarnos siglos atrás. Yo he cogido el relevo de todos ellos, he recibido lo que ellos hicieron, lo mantengo, y cuando yo no esté, otras generaciones seguirán. Ni empieza ni acaba conmigo, yo solo soy una parte de ello, una parte insignificante, pero poder decir que formo parte de algo tan grande, algo que está tan por encima de mí, es maravilloso. No se me ocurre una profesión que me pueda hacer sentir más importante que esta. A tus ojos puedo ser solo un paleto que trabaja en el campo. A los míos, soy uno de los encargados de mantener este patrimonio único en el mundo, y eso es mucha responsabilidad. El día que esto desaparezca —Mateo volvió a señalar alrededor—, Jaén ya no será Jaén. Jaén y los olivos son la misma cosa, y nosotros, cultivando los olivos, hacemos Jaén.